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ENTRADA 1

En algún lugar sobre el Sahara Occidental

Año 1 del Nuevo Mundo

El pequeño lagarto debía llevar horas inmóvil bajo la piedra recalentada por el sol. De vez en cuando sus pequeños flacos se inflaban y desinflaban , mientras respiraba el aire tórrido y caluroso, que como una bocanada salida del infierno, le rodeaba. Asomaba de vez en cuando su rasposa lengua bífida, un recordatorio de que aún seguía con vida, mientras esperaba, paciente, a que llegase la noche para poder salir de cacería en aquel rincón inhóspito y desolador del desierto que era su hogar.

Súbitamente, percibió un infrasonido que hubiese sido totalmente inaudible para cualquier ser humano, de haberse encontrado alguno allí. El pequeño lagarto se acurrucó instintivamente en el hueco bajo la piedra, preguntándose en su diminuto cerebro si aquel ruido supondría alguna amenaza para su vida en la forma de algún desconocido y temible depredador.

Pronto aquel sonido se transformo en un ruido audible, primero un ligero tremor, que fue en un crescendo continuo hasta convertirse durante unos segundos en un rugido atronador. Luego, poco a poco, el sonido fue decayendo hasta finalmente, desaparecer por completo.

El pequeño lagarto asomó cautelosamente su cabeza. Con sus ojos legañosos parpadeó un poco, mientras se habituaba a la intensa luz del mediodía. Por un instante contempló el límpido y despiadado cielo azul del Sahara Occidental, que tremolaba de calor en aquel mediodía trasparente.

Si hubiese asomado tan solo medio minuto antes, habría sido testigo de un espectáculo absolutamente inusual en aquel rincón del mundo. Habría visto pasar un enorme Sokol con un desgastado logo de Xunta de Galicia, pintado de amarillo y blanco y con una singular red de carga llena de bidones, la mayoría ya vacíos colgada de su panza. Y si hubiese mirado con mas atención quizás hubiese podido ver al piloto, un tipo pequeño, cuarentón, rubio y de poblados bigotes, con tres dedos amputados en la mano derecha, que dirigía el aparato con expresión cansada y mecánica y a los pasajeros, dos mujeres de edades dispares y un hombre con barba de pocos días.

De haber podido observar mas de cerca, habría visto como el hombre acariciaba lentamente a un enorme gato persa que dormía placidamente en su regazo, al tiempo que su dueño observaba con aire ausente el paisaje desértico que se abría ante sus ojos, mientras su mente estaba muy, muy lejos de allí.

Pero el lagarto nunca supo nada de aquello. Ni los pasajeros del helicóptero fueron conscientes de la presencia del pequeño reptil tan solo unos cientos de metros debajo de ellos.

Era lógico. Todos ellos, los humanos y el reptil, tenían tan solo una misma idea en sus mentes.


Sobrevivir.


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-Prit!!- Prit!!- ¿Me oyes? ¡Jodido ucraniano psicópata!!-

Maldije por lo bajo. El puñetero intercomunicador del helicóptero se había estropeado una vez mas. Era la tercera ocasión que sucedía desde que habíamos despegado desde las cercanías de Vigo. De repente, tuve que agarrarme con fuerza al soporte lateral mientras el pesado helicóptero daba un nuevo tumbo al cruzar una bolsa de aire caliente. Prit, indiferente a las sacudidas, continuaba pilotando alegremente a toda velocidad, mientras tarareaba una espantosa versión eslava de James Brown que me martilleaba inmisericorde los oídos.

Apoyé a Lúculo en su cesta, observando con envidia como aquella enorme bola de pelo naranja, tras estirarse y desperezarse como solo los felinos saben hacer, se volvía a dormir placidamente, indiferente al terrible estruendo que generaban los motores de nuestro pájaro. Tras cinco días consecutivos de vuelo, aquel sonido, incluso filtrado a través de los cascos protectores, me estaba volviendo loco. Me pregunté como demonios hacía Lúculo para soportarlo. Capacidad de adaptación de los gatos , supongo.

Me giré hacia el interior de la cabina de pasajeros. Sor Cecilia estaba fuertemente amarrada a uno de los sillones, rezando monótonamente por lo bajo mientras manejaba de forma mecánica el rosario de su mano derecha. Realmente la pequeña monja, con su hábito impoluto y unos enormes cascos de color rojo sobre su cabeza ofrecía una estampa chocante. La única pega era el ligero color verdoso de su cara y la expresión de angustia que ponía cada vez que el helicóptero atravesaba una zona de turbulencias.

Estaba claro que lo de volar no iba para nada con la monja, aunque he de reconocer que había aguantado todo el viaje estoicamente. Ni una sola queja había salido de sus labios en aquellos cinco días.

Justo en la bancada de enfrente, estirada voluptuosamente a lo largo estaba Lucía. La muchacha vestía unos cortos pantaloncitos beige tremendamente ceñidos y una camiseta de asas manchada de grasa del rotor del helicóptero (Se había empeñado en ayudar a Prit a revisar las hélices en la última parada). En aquel momento estaba profundamente dormida y un mechón de cabellos rebelde le resbalaba sobre los ojos. Estiré la mano y se lo aparté de la cara, procurando no despertarla.

Suspiré. Tenía un problema con aquella muchacha y no sabía como resolverlo. A lo largo de aquellos cinco últimos días Lucía había estado permanentemente pegada a mi.... y yo a ella. Estaba claro que ella me deseaba y se había propuesto seducirme por todos los medios. Yo, por mi parte, no podía negar que me sentía también profundamente atraído por aquella morena de interminables piernas, curvas voluptuosas y ojos de gata, pero al mismo tiempo trataba de mantener la cabeza fría.
En primer lugar, no era el momento ni el lugar para iniciar un romance y por otra parte, y no menos importante, estaba la diferencia de edad. Ella era una adolescente de tan solo dieciséis años (ya diecisiete, me corregí mentalmente) y yo un hombre de treinta. Eran casi catorce años, por Dios.

Lucía se movió en sueños, mientras murmuraba algo incomprensible con una expresión de gozo en la cara que me hizo tragar saliva. Necesitaba aire fresco.

Pasando por el estrecho pasillo que comunicaba la zona de carga y pasaje con la cabina me dejé caer en el asiento del copiloto, al lado de Pritchenko. El ucraniano se giró y me dirigió una luminosa sonrisa, al tiempo que me estiraba una termo de café que tenía en una pequeña funda colgando a su espalda. Acepté el termo con desmayo y le pegue un largo trago. Unos enorme s lagrimones afluyeron a mis ojos, mientras tosía incontrolablemente, tratando de respirar. Aquel café debía llevar casi un cincuenta por ciento de vodka en estado puro.

-Café con gotas mucho mejor para pilotar- dijo el ucraniano mientras me arrebataba el termo de las manos y le daba un prolongado trago sin pestañear. Tras hacer bajar medio termo de golpe, se dio un puñetazo en el pecho y eructó estruendosamente. A continuación se giró de nuevo hacia mi.

-Si señor. Mucho mejor- Chasqueó la lengua satisfecho y me dedicó otra de sus espléndidas sonrisas- En Chechenia toda mi escuadrilla tomaba vodka solo...... pero allí era mas frío- remató con una carcajada.

Meneé la cabeza, dejando a Viktor por imposible. Dentro de la cabina hacía calor, mucho calor. El ucraniano vestía unos gastados pantalones militares e iba con el torso descubierto, brillante por el sudor. Completaba su atuendo un imposible sombrero negro de cowboy que había encontrado colgado en la pared de un bar y unas gafas verdes de espejo, bajo las que asomaban sus imponentes bigotones. Recordaba vagamente a un personaje de Apocalipsis Now.

Lo cierto es que Viktor pilota admirablemente bien. El primer día, cuando despegamos desde Vigo, fue capaz de levantar el pájaro con los deposito llenos a rebosar y una red de carga con mas de dos toneladas de bidones de combustible colgando de la panza del Sokol como si tal cosa. Es admirable.
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