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mundocadaver
24 January 2007 @ 10:48 am
Teníamos bastante claro que nuestra mejor vía de salida era a través del hueco del montacargas. No solo evitábamos tener que cruzar de nuevo medio Hospital a oscuras, sino que además era el acceso más rápido al exterior. Una vez en el almacén de recepción de productos de la planta superior simplemente tendríamos que abrir una ventana para tener una visión amplia de todo el valle que se extendía a los pies del Hospital.

Sin embargo, pronto descubrimos que trepar por el cable de un ascensor es algo bastante más difícil de lo que parece en las películas. No solo están completamente recubiertos de grasa, sino que además, el ruido que montabamos subiendo podría haber atraído a una legión de esas cosas hacia nosotros. Sin embargo, las circunstancias, como pudimos comprobar, nos favorecieron, al menos por un rato.

Al llegar a la planta superior Prit abrió la puerta del montacargas con extrema suavidad, preparado para arrojarse de nuevo al interior a la menor señal de peligro. Yo por mi parte, trataba de mantener lo mas tenso posible el cable, para que en caso de problemas nos pudiésemos deslizar con rapidez hasta la planta baja.

Deslizandose como una anguila, Viktor desapareció tras la puerta del piso superior. Durante unos quince interminables segundos no pude oir ni el mas mínimo ruido. Cuando pensaba q mis nervios estaban a punto de estallar, el ucraniano apareció de nuevo tras la puerta y me hizo una seña para indicarme que el camino estaba libre. Curiosamente libre, debo añadir.

Por primera vez en dos meses sentí la luz del sol directamente sobre mi piel, y la sensación fue tan fantástica que me quede paralizado por un momento, disfrutando de aquel maravilloso placer . Estábamos en almacén de la planta superior. Un pesado portalón metálico, por donde antaño entraban los camiones de los proveedores, estaba abierto de par en par, posiblemente abandonado de cualquier manera en el momento de la evacuación del complejo Hospitalario. Por allí entraba la luz del sol. Noté como los nervios me atenazaban la boca del estomago. Si aquella enorme puerta estaba abierta, eso significaba que nada impedía a los No Muertos pasear con total libertad por el interior de aquella enorme sala. Pero sin embargo no había ni rastro de ellos. Ni el mas mínimo.

Cautelosamente Prit y yo asomamos la cabeza al exterior. Era un precioso día de principios de otoño. Aunque el sol brillaba intensamente en un cielo totalmente despejado, un fuerte viento del noreste hacía que la sensación térmica fuese muy baja. Pero aquel viento, a su vez, traía un intenso olor a madera quemada. Hasta yo podía percibirlo en aquel momento.

Mi mirada se paseaba nerviosamente de derecha a izquierda, tratando de localizar cualquier posible movimiento sospechoso, pero no había ni un alma a la vista. Tan solo docenas de pájaros, con movimientos atolondrados, volaban hacia todas partes, completamente desorientados. El ambiente estaba cargado de electricidad, como una especie de tensión contenida que se palpaba en todas partes.
De repente, Pritchenko me pegó un codazo en las costillas para reclamar mi atención. Seguí con la mirada la dirección que me indicaba silenciosamente con su dedo. Sobre las colinas que rodeaban aquel extremo del valle, en una longitud de mas de dos kilómetros, una espesa columna de humo se elevaba, tranzando enormes espirales negras que se agitaban con furia. Un maligno resplandor anaranjado teñía el horizonte, dándole un toque siniestro e irreal a toda aquella escena.
Me quedé completamente horrorizado contemplando la escena. Un incendio. Un puto incendio forestal. Me parecía recordar vagamente que un par de días antes una fuerte tormenta seca (gran cantidad de aparato eléctrico pero sin precipitaciones) había caido por la zona. Puede que aquel incendio lo hubiese provocado un rayo de aquella tormenta. O una bombona de butano abandonada al sol durante meses. O cualquier otra condenada cosa que en aquel momento no era capaz de imaginar. Quien sabe.

Lo único cierto era que aquel incendio, sin nadie que le hiciese frente, estaba cobrando unas dimensiones pavorosas, arrasando todo lo que se encontraba a su paso. De repente, como si alguien hubiese leído mis pensamientos, una potente explosión sacudió de golpe la atmósfera, al tiempo que una enorme bola de fuego anaranjada se elevaba sobre el horizonte. El fuego acababa de devorar un vehículo, puede que mas de uno a la vez, dada la magnitud de la explosión. Aquello se estaba transformando en un monstruo.

Ese pensamiento me hizo recordar de golpe la extraña ausencia de No Muertos por las inmediaciones. Puede que su primitivo raciocinio, si es que se puede llamar así a su comportamiento, les hubiese dictado la orden de escapar a toda velocidad de las llamas. No me extrañaría nada. Al fin y al cabo, esos seres parecen actuar impulsados por sus instintos mas primarios, como las bestias. Y uno de los impulsos mas elementales en la naturaleza es el de la autoconservación. De alguna manera que no alcanzo a comprender, los No Muertos habían percibido el peligro, y simplemente, se habían alejado de él, hacia otras zonas mas seguras. Oh, posiblemente las llamas atrapasen a docenas, cientos, quizás miles de ellos, pero aún así, quedarían todavía millones de esas almas condenadas vagando por ahí. No, el fuego en si no era la solución del problema, sino que suponía otro problema aún mayor, un cubo de mierda más para añadir al barreño ya rebosante en el que chapoteábamos lo supervivientes.

Un par de jabalís, surgiendo del enmarañado bosque en que se había transformado el jardín delantero, atravesaron corriendo la explanada desierta del aparcamiento, en dirección opuesta al muro de llamas. Prit y yo nos miramos, sin decir nada. Si los animales huían del fuego era porque su instinto les dictaba que aquel lugar ya no era seguro. Quizás deberíamos tomar ejemplo, decía su mirada.

De todas formas, no hacía falta un instinto muy afilado para darse cuenta de todo eso. Simplemente fijándose donde estaba el frente del incendio y de donde soplaba el viento era fácil deducir que el incendio caería sobre el hospital en un par de horas, tal vez cuatro. Nada mas. Ese era el tiempo del que disponíamos.

No había tiempo que perder.