?

Log in

No account? Create an account
 
 
mundocadaver
08 March 2007 @ 07:32 pm
Las imágenes del viaje no cesan de pasar una y otra vez ante mis ojos, incansables. Definitivamente, a lo largo de estos últimos días es cuando hemos podido darnos cuenta del autentico alcance de todo esto. Por si nos quedaba alguna duda, ahora ya estamos totalmente seguros de que la civilización humana se ha ido al cuerno definitivamente.

Las primeras horas fueron las peores. Mientras nos dirigíamos hacia el sur bordeando la costa portuguesa a unos pocos cientos de metros de altitud, nuestra mirada se paseaba con asombro por todas partes. El caos y la desolación eran generalizados.

Lo primero que llamaba la atención era la luz. La atmósfera estaba inusualmente clara, casi trasparente. Habida cuenta que ya hacía meses que las fábricas habían dejado de funcionar y que ya no había tráfico polucionando el ambiente, lo entendía un poco mejor. De todas formas aquel aire límpido tenía un punto de irreal y fantástico. Si no fuese por el permanente olor a carne descompuesta, basura y restos orgánicos que parece flotar por todas partes uno casi podría pensar que está en un territorio virgen de hace cinco mil años. Una breve mirada a los fiambres que se pasean por todas partes enseguida hace añicos esa ilusión.

Las carreteras, por su parte están totalmente intransitables. Cada pocos kilómetros, las líneas negras de asfalto se veían punteadas por restos de vehículos, o en ocasiones, monstruosas colisiones múltiples que obstruían la vía por completo. En un par de ocasiones incluso vimos algunos viaductos que se habían venido abajo o carreteras totalmente cubiertas por desprendimientos de tierra. Un tramo especialmente inclinado de la autopista que unía Oporto con Lisboa se había transformado en un espumoso y salvaje torrente a lo largo de unos cuantos kilómetros, en los cuales las aguas provenientes de una presa desbordada corrían libremente, creando cabritillas de espuma contra los restos de vehículos que se habían transformado en sorprendentes escollos.

La naturaleza, poco a poco iba reclamando su terreno. Las orgullosas construcciones humanas, sus asombrosos y a veces casi increíbles logros de ingeniería civil están siendo lentamente devoradas por la maleza, el agua, la tierra y lo que sea que Dios quiera poner en su camino.

Un crujido en los cascos del intercomunicador me sacó de golpe de aquellas ensoñaciones. El jodido aparato había decidido volver a funcionar.

-Estamos casi secos- La voz de Víktor resonaba metalizada en mis oídos- Voy a dar una vuelta sobre esta zona. Estar atento. Busca buen sitio para tomar tierra-

Y ten los ojos bien abiertos, pensé yo para mi mismo. Ni un puto susto mas, ahora que falta tan poco.

Los anteriores repostajes habían transcurrido razonablemente bien, pero cualquier precaución era poca.


Tan solo había que recordar lo sucedido el día anterior.



En una de las anteriores paradas, en un lugar perdido entre Portugal y Extremadura habíamos tomado tierra en el aparcamiento de un polvoriento restaurante de carretera. La explanada de cemento estaba totalmente desierta, excepto por un herrumbroso Volkswagen Polo y un Seat León abandonado. El letrero luminoso del restaurante estaba cubierto por una gruesa capa de polvo y en general todo tenía un aspecto abandonado y solitario. Estoy seguro que éramos los primeros seres humanos que pasábamos por allí en el último año.

El Sokol tomó tierra en medio de una gigantesca nube de polvo. Antes de que éste se empezase a posar Prit y yo ya habíamos saltado a tierra, cada uno por un lado del aparato, con un HK en las manos y con el regusto del miedo en la boca, mientras oteábamos desesperadamente entre los jirones de polvo, tratando e adivinar la figura tambaleante de un No Muerto.

Sólo cuando el polvo se posó y vimos que la explanada seguía desierta se empezó a calmar el ritmo de mi corazón. Cuando las turbinas del Sokol se apagaron, un silencio sepulcral se extendió sobre el aparcamiento. No se oía ni el mas mínimo sonido, ni siquiera el piar de los pájaros.
Seguramente todos los bichos con plumas se habían asustado con el estruendo del helicóptero al aterrizar. O a lo peor, me corregí mentalmente, es que no quedaba ni un jodido pájaro vivo en aquella zona. Que todo podía ser.

Por un instante tuve la inquietante sensación de que éramos los últimos hombres sobre la faz de la tierra. De repente, Lúculo maulló inquieto rompiendo aquel extraño hechizo. Tocaba moverse.

Rápidamente, Pritchenko se acercó a la red de transporte y ayudado por Lucía desengancho la argolla superior. La resistente red de carga se deslizo por encima de la pila de barriles amarillos rellenos del queroseno CB-1-A.. Apartando tres o cuatro toneles vacíos, el ucraniano echó a rodar uno de los bidones lleno hasta los topes hacia el helicóptero. Una vez allí, con un gesto diestro por repetido mil veces, destapó el barril e introdujo dentro un tubo de goma conectado al depósito de combustible del Sokol. Pronto, el queroseno empezó a fluir dentro de los tanques del pájaro.

Ahora, era tan sólo una cuestión de minutos, pero durante ese lapso, éramos extremadamente vulnerables. Con el pájaro en tierra, la red de carga abierta y un bidón de productos altamente inflamables bombeando hacia los depósitos, un despegue rápido quedaba descartado. No, definitivamente, si los No Muertos aparecían por allí de golpe, estaríamos bien jodidos.

Tras asegurarme de que nada se movía por los alrededores, le hice una seña a Prit y abrí uno de los compartimentos de la cabina trasera del Sokol, para coger un cigarrillo. Fruncí el ceño, contrariado. Tan solo me quedaban un par de Camel arrugados y con olor a humedad. Habíamos conseguido suficientes provisiones y medicamentos en el hospital, pero de tabaco andábamos extremadamente cortos.

Miré hacia el restaurante, dubitativo. Era una churrasquería de carretera del tres al cuarto, pero me jugaba un millón de euros a que tenían una máquina de tabaco junto a la puerta o al fondo, debajo de la tele. Debería echar un vistazo, pensé, al fin y al cabo esto está totalmente abandonado. Que peligro puede haber.

Me giré hacia el grupo, para avisarles. Lucía y Prit estaban de espaldas, en una discusión acalorada sobre la mejor manera de apilar los barriles vacíos en la red. Sor Cecilia dormía placidamente, disfrutando de aquellos minutos en tierra lejos de las aterradoras alturas y Lúculo.... bueno, Lúculo estaba aseándose como solo los gatos saben hacerlo, indiferente al resto del mundo. Me encogí de hombros y me encaminé hacia el restaurante. Sería cuestión de un minuto.