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mundocadaver
15 March 2007 @ 07:35 pm
La puerta, naturalmente estaba cerrada. Miré a mi alrededor. Unas macetas con plantas mustias decoraban la fachada, cubierta por un alero polvoriento. En el suelo, tirado de cualquier manera yacía un cartel de helados descolorido por el sol. A su lado, una sombrilla hecha jirones, un par de sillas de plástico y una mesa polvorienta completaban el panorama. En una esquina, acumulando tierra, una cazadora vaquera de color indefinido se pudría lentamente, en el mismo sitio donde alguien la había dejado caer de cualquier manera, como si no hubiese tenido tiempo para apoyarla en un lugar mejor.

La puerta parecía resistente, pero no así una de las ventanas de la fachada lateral. Era una vieja ventana, de marco de madera, que daba a la cocina. El paso del tiempo y el calor generado por la parrilla de la carne situada justo a su lado, en el interior, la habían ido arqueando a lo largo de los años, y ahora presentaba una pequeña holgura de un par de centímetros por su parte inferior.

Desenvainé el cuchillo que llevaba sobre los riñones y inserté la hoja en aquella holgura. Tan solo tuve que palanquear un rato hasta que un apagado “crac” me indicó que el pestillo se había quebrado. La hoja de la ventana, vieja, pero perfectamente engrasada, giró silenciosamente sobre sus goznes, dejándome paso franco al interior, fresco y sombrío.

Con cautela me introduje en la cocina, tratando de perforar la penumbra con mis ojos. El cambio del luminoso exterior a la relativa oscuridad del interior me había dejado sin visión por unos segundos. Sin embargo, no podía pensar en eso, porque el olor a podrido allí dentro era sofocante. Con una manga traté de taparme la nariz, mientras los ojos me lagrimeaban y las arcadas me subían por la garganta.

En cuanto me habitué a aquella media luz, pude ver con detalle el interior de la cocina. El olor provenía de una enorme nevera industrial abierta de par en par, donde kilos y kilos de carne de cerdo y ternera se pudrían lentamente desde hacía meses. Sobre la mesa de trabajo, algo que debía haber sido un costillar de cerdo bullía cubierto de miles de gusanos blancos, que reptaban incluso sobre el mango del cuchillo apoyado a su lado. A su lado, un manojo de tomates putrefactos esperaban eternamente a que alguien los hiciese rodajas para una ensalada que jamás sería servida. Sobre la cocina, había una sartén chamuscada, con un enorme cerco negro de humo marcado en el techo. La llave de aquel hornillo estaba abierta, pero el gas se había agotado hacía mucho tiempo, tras mantener la llama encendida durante días, seguramente. Aquel sitio no había ardido hasta los cimientos de milagro.

La imagen general era de una huida apresurada. Con pánico, tanto que ni siquiera se habían detenido en lo mas elemental. Podía imaginarme que era lo que los había asustado tanto.


Abrí con cautela la puerta de la cocina. El comedor, en claroscuro, estaba compuesto por una docena de mesas, varias de las cuales tenían restos putrefactos de comida sobre ellas. Un bolso solitario colgaba del respaldo de una silla, abandonado por su dueña en la huida apresurada.

Mi mirada se paseó por la sala desangelada hasta que finalmente se posó en una maquina expendedora de tabaco, situada en una esquina del zaguán, junto a la barra de la cafetería.. Un calendario presidía el mostrador, detenido para siempre en febrero del año pasado, entre botellas de coñac y fotos y bufandas del Real Madrid. Me colé detrás de la barra y empecé a revolver cajones, hasta que en el tercero, al lado de un motón de facturas, encontré un manojo de llaves. Sonreí, satisfecho.Alguna de ellas tenía que ser por fuerza la de la maquina de tabaco.

Mientras abría la máquina,desde fuera me llegaba amortiguado el sonido de los vacíos bidones de metal al entrechocar entre ellos. Eso significaba que Prit y Lucía debían estar cerrando la red de carga, para despegar de nuevo. Subitamente me entró una absurda sensación de angustia, al imaginarme que despegaban sin mi y me dejaban olvidado en aquel rincón sucio y perdido de la mano de Dios. El pensamiento era totalmente infundado, pero como todas las ideas estupidas, en una mente poco descansada como era la mía en aquel momento,tomó forma de realidad.No disponía de demasiado tiempo. Apresuradamente metí en un macuto todas las cajetillas de tabaco que pude, incluso las de peor calidad, derramando varias por el suelo con las prisas. No sabía donde podría encontrar el próximo estanco en ese viaje.

Estaba a punto de salir cuando sentí la llamada de la naturaleza. Después de mas de siete horas consecutivas de vuelo, mi vejiga estaba a punto de explotar. Prit afirmaba sin empacho que era posible orinar en una botella en el helicóptero. No es que dudase de la palabra del ucraniano, pero es que a mi la idea de mear delante de una monja y de una cría de diecisiete años no me acababa de convencer, así que me había aguantado las ganas. Hasta ese momento.

Me tercié el fusil al hombro, y desabrochándome los pantalones por el camino, para ganar tiempo, me dirigí hacia el baño. Me situé delante de uno de los urinarios y pronto sentí una inmensa sensación de alivio.

Al terminar, y justo cuando me iba a abrochar los pantalones vi una mano reflejada en el pulsador del urinario, justo detrás de mi. Y detrás de la mano, el brazo, y el resto de aquella hija de puta. Era gorda, oronda, con el pelo crespo y ensortijado, o lo que quedaba de el. Algo o alguien le había devorado media cara y arrancado los brazos de cuajo. Fugazmente pude ver uno de los brazos semidevorado en el suelo del baño, en medio de un cuajarón de sangre reseca, mientras el otro , el que había visto al abrir la puerta, le pendía sujeto al hombro por tan solo un par de tendones, balanceándose macabramente cada vez que su propietaria se movía.

Antes de que me diese tiempo a girarme, aquella bestia se me echó encima, aplastándome contra la pared. Noté su fétido aliento en la nuca, mientras oía sus dientes chocando contra el cañón del fusil, cruzado en bandolera en mi espalda. Era enorme, debía pesar sus buenos ciento y pico kilos, y se movía con la torpeza propia de los No Muertos.

Afortunadamente no tenía brazos, ya que de lo contrario me hubiese dejado listo para los papeles allí mismo, pero la situación seguía siendo terriblemente comprometida. Apoyando las manos en la pared impulsé mi cuerpo hacia atrás, con aquella cosa firmemente agarrada con los dientes al cañón del fusil, mientras mis pies resbalaban espasmódicamente en el suelo del baño.

Nos caímos rodando al suelo. Liberándome como pude de aquel peso muerto, empecé a gatear de espaldas hacia la puerta, contemplando con espanto como aquel monstruo hacía presa con sus dientes en una de mis botas y la atacaba con feroces dentelladas. Histéricamente comencé a golpearla con mi otro pie, en medio del agujero rojizo que algún día había sido su cara.

No quería morir. Así no. En los baños de un sucio y perdido bar de carretera, con los pantalones desabrochados y arrastrándome por el suelo. No de esa manera.

Cogiendo con las dos manos uno de los virotes que siempre llevaba en la funda adosada a la pierna (el arpón había quedado en el helicóptero), lo levanté por encima de mi cabeza y la clavé con fuerza en el centro de su cráneo. Con un suave sonido viscoso la punta de acero se deslizó dentro de la cabeza de aquélla cosa, hasta tocar alguna parte dura del interior, donde quedó encajada.

Apoyándome en la pared me puse en pié, sin perder de vista al cuerpo de la No Muerta ni por un instante. Como siempre me sucede en estos casos, empezaba a notar un profundo malestar y un intenso sudor frío recorriendo todo mi cuerpo, ahora que todo había acabado.Todo había sucedido en algo menos de quince segundos. Con manos temblorosas traté de encender un cigarrillo, pero tuve que desistir tras un par de intentos. No era capaz ni de hacer girar la rueda del mechero.Había sido un visto y no visto, quince segundos. Cristo Bendito, no podía creerlo.

Salí del baño tambaleándome, con el regusto amargo de la bilis en la boca, mientras notaba el bajón de la adrenalina en cada poro de mi piel. No soy capaz de acostumbrarme, ni creo que nunca lo sea. Cada vez que mato a uno de esos seres, incluso sabiendo que no están vivos, me siento enfermar. Cada vez que veo mi vida en peligro la angustia y el terror me paralizan. Todas las noches, desde hace meses, pesadillas horribles son mis compañeras habituales de cama.

No soy el único. Veo como se mueve Lucía por las noches, huyendo en interminables pesadillas. He visto a Prit despertándose de golpe, bañado en sudor frío y con una mirada enloquecida en los ojos. Después se pasa horas mirando al infinito, con expresión ausente y pegándole trago tras trago a una botella de vodka. Me imagino que cuando yo me despierto por las noches, mi expresión es la misma. De todas formas, no creo que ninguno de nosotros haya sido capaz de dormir mas de cinco horas seguidas desde hace meses.

Encendí uno de los cigarrillos con manos temblorosas, mientras descorría el cerrojo de la puerta principal y salía de nuevo al exterior. La luz del sol me hizo entrecerrar los ojos por un momento, mientras miraba a mi alrededor, algo desorientado. Giré la cabeza hacia el Sokol, cuyas enormes aspas ya empezaban a trazar lentamente enormes círculos en el aire. Desde la ventanilla del copiloto, Lucía me observaba con aire escrutador, mientras Pritchenko se afanaba en comprobar todos los niveles antes de iniciar el vuelo.

Me acerqué hacia el helicóptero, arrastrando los pies por el polvo, mientras notaba la intensa mirada de Lucía taladrándome, adivinando que algo me había sucedido en el interior de aquel polvoriento restaurante abandonando.. Me sentía cansado, cansadísimo, y agotado emocionalmente. Aquel pequeño episodio era un resumen de lo que era mi existencia en ese momento. Aquella pesadilla era interminable.