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mundocadaver
21 March 2007 @ 06:40 pm
-¡Responde!! Dabai, Dabai!! ¿Me oyes?- La voz de Prit resonaba entre crepitaciones y crujidos por el intercomunicador. Perdido en mis pensamientos no le había oído hasta ese momento. Sacudí la cabeza, alejando los recuerdos de mi mente.

-Cuéntame, Prit- Grité a través el micrófono por encima del aullido de las turbinas, mientras el helicóptero trazaba una amplia espiral en torno a un punto por debajo de nosotros.

- Creo que ese podría ser un buen punto para tomar tierra- Me dijo el ucraniano cuando me deslicé como una anguila en la cabina de pilotaje.

Seguí la dirección que me indicaba el pequeño piloto con el dedo. Estábamos volando sobre un villorrio de mala muerte recostado a la orilla del océano Atlántico, justo donde las arenas del Sahara se hundían bajo las frías aguas del mar. Aquel sitio no tenía mas de quince o veinte casas, una mezquita de adobe encalada, media docena de largas pateras de pesca apoyadas en la playa y unos raquíticos campos de cultivo alrededor del poblado. Una carretera polvorienta que corría de norte a sur atravesaba el poblado, perdiéndose en la distancia.

En la entrada sur del pueblo había una amplia explanada, a mas de doscientos metros de las casas mas cercanas, rodeada por una cerca roñosa de maderas y arbustos espinosos. Aquello debía haber sido un corral de cabras en su momento, pero ahora no había ni rastro de las mismas. Era un sitio perfecto para tomar tierra.


Con una graciosa pirueta final, Prit zambulló el aparato en una prolongada ese hasta quedarnos estáticos a unos cinco seis metros sobre el nivel del suelo, justo encima del antiguo corral. Con un sonoro sonido metálico los barriles, en su mayor parte vacíos, entrechocaron entre si al posarse la enorme malla de carga sobre la superficie. Con un ligero toque a uno de los mandos, el ucraniano niveló el aparato justo al lado de la red de carga. Al cabo de unos segundos el Sokol tomo tierra una vez mas, levantando un autentico huracán de arena a nuestro alrededor y deshaciendo a medias el enramado que componía la empalizada.

Cuando la tormenta de arena se calmó pudimos vislumbrar con mas calma el espacio que nos rodeaba. Tan solo el sonido del viento al colarse entre las ruinosas casas de adobe rompía el silencio sepulcral que reinaba en la aldea. Casi al instante empezamos a notar el calor sofocante que nos rodeaba. Debíamos estar por lo menos a unos 45 grados centígrados. El aire era denso, espeso como un caldo caliente, de tal manera que incluso costaba esfuerzo respirar. Aquel villorrio, situado justo a las puertas del desierto no debía haber sido nunca un lugar agradable para vivir, ni siquiera en sus mejores tiempos, y ahora, ruinoso y deshabitado, ofrecía un aspecto ominoso.

Con cautela Prit y yo salimos del recinto cerrado para echar un breve vistazo al exterior, y de paso estirar un poco las piernas, algo necesario tras varias horas de monótono vuelo. La calle principal del pueblo, una miserable carretera donde los trozos de asfalto desaparecían entre enormes baches cubiertos de arena, parecía no haber sido hollada en meses.

Viktor y yo nos dirigimos con cautela hacia la población, procurando caminar por el centro de la calzada, fijándonos muy bien donde pisábamos. Aquel villorrio estaba muy cerca de la zona donde actuaba el Frente Polisario antes de que se desencadenase el Apocalipsis y muchas de las cunetas de las escasas carreteras de la zona aún estaban sembradas de minas polisarias o del ejercito marroquí. Hubiese sido una ironía absurda morir despanzurrado por una mina cuando nos quedaba tan poco para llegar a las Canarias.

Al llegar a una de las primeras casas nos asaltó un fuerte olor agrio, como a leche cortada. Aquello nos extrañó profundamente. No era el tipico olor a putrefacción que nos había acompañado desde que comenzamos nuestro viaje. Era mas suave, distinto, algo picante, incluso.

Viktor y yo nos miramos y sin mediar palabra amartillamos silenciosamente nuestras armas, el ucraniano mucho mas resuelto que yo. Con una profunda inspiración giramos la esquina de la casa de golpe, mientras apuntabamos descontroladamente a todas partes.

-Pero....- La expresión de Pritchenko era de total desconcierto, y supongo que la mía no debía ir a la zaga.- ¿qué demonios es esto?-

-Ni puñetera idea, Prit- Respondí mientras bajaba el arma y me rascaba la cabeza, intrigado- Pero no me hubiese gustado estar aquí cuando sucedió esto-

Frente a nosotros, en un estrecho callejón, se apilaban una buena docena y media de cuerpos tirados de cualquier manera sobre el suelo, como tanto otros que habíamos visto a lo largo del camino.

La diferencia era que aquellos cuerpos -indudablemente muertos, por otra parte- no estaban descompuestos como cabría esperar. El calor extremo, la suma sequedad del ambiente y el aire tórrido del desierto habían completado un trabajo de momificación perfecto. Los restos harapientos de ropa apenas podían cubrir unas extremidades esqueléticas de color caoba profundo, renegridas y chamuscadas por el sol. La piel tirante como el parche de un tambor cubría aquellos despojos, apilados en el fondo del callejón.

Con precaución nos acercamos un poco a los cuerpos, que desprendían un característico olor agrio que ahora reconocía perfectamente. Aquellos cadáveres recordaban a las momias de los faraones que se podían ver en el Museo del Cairo. Le di una patada al que tenía mas cerca. Sonó como si hubiese pateado un trozo de leña. Estaban secos, totalmente deshidratados.

Casi todos los cadáveres presentaban heridas de bala en la cabeza, y restos de sangre acartonada en la ropa, además de numerosas heridas y mutilaciones. Estaba claro lo que habían sido aquellos seres en otro momento, antes de que alguien los liquidase.

Prit se agachó para recoger un brillante casquillo de cobre caído en el suelo. 5,56 OTAN, dijo tras echarle un breve vistazo. Posiblemente un HK como el que llevas colgado a la espalda, añadió. Después guardó silencio. No hacia falta que añadiese nada mas.

El ejercito marroquí todavía usaba el viejo Cetme español de 7,62 mm que España le había vendido por miles cuando habían renovado su arsenal en los 90. Eso implicaba que aquello no lo habían hecho los marroquíes, al menos elementos regulares. Quien y cuando había sido, era una incógnita.

De repente, un gruñido profundo surgió desde el montón de cadáveres de la derecha. El ucraniano y yo pegamos un salto como si nos hubiesen pegado una descarga electrica. El gruñido se repitió una vez mas, profundo y rasposo, pero ni un movimiento alteró la quietud del montón de despojos.