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mundocadaver
09 April 2007 @ 08:08 pm
Nos alejamos lentamente de allí, no sin que antes Prit,, por odio, precaución, o piedad introdujese la hoja de su cuchillo en el cerebro del No Muerto a través de un ojo, lo cual apagó inmediatamente los gruñidos.

La exploración del resto del pueblo no deparó grandes sorpresas. Alguien(posiblemente los mismos que habían exterminado a todos los No muertos del lugar) había limpiado a fondo aquel sitio. No pudimos encontrar nada de provecho, ni comida, ni combustible agua, armas o de ningún tipo (del que empezábamos a estar alarmantemente escasos). El pozo del pueblo, terriblemente profundo, estaba situado a la sombra de un cobertizo, justo enfrente de la puerta de la mezquita. El agua era extraída mediante un motor de bombeo, pero de aquel motor no quedaba ni rastro. La persona o personas que habían saqueado el pueblo a conciencia se habían llevado todo lo de provecho, incluso aquel motor, del que ahora solo quedaban los pernos que en algún momento lo habían mantenido sujeto al suelo.

Las casas de adobe empezaban a agrietarse bajo el sofocante calor del desierto. Unas cuantas de ellas habían perdido sus tejados a causa del fuerte viento de la zona, dejando su interior a la vista. Posiblemente, si nadie lo remediaba, en el plazo de un par de años el desierto devoraría aquel poblado, haciéndolo desaparecer, como si no hubiese existido nunca.

El sol comenzaba a ponerse sobre el océano, tiñendo el cielo de un espectacular color rojizo, mientras la temperatura refrescaba por momentos. Decidimos pasar la noche en aquel lugar. Tras haberlo revisado a fondo, no habíamos encontrado ni un solo No Muerto, aparte del montón de cadáveres de aquel callejón y un par de cuerpos mas pudriéndose dentro de una de las casas. Decidimos montar nuestro campamento en el interior de la mezquita, el único edificio del pueblo que tenía el suelo recubierto de alfombras.

Aquella noche, sentado en la playa a oscuras, con un cigarrillo en las manos y bajo un cielo tachonado de estrellas me sentí relajado por primera vez en muchos meses. En aquel momento, fui consciente de que lo había conseguido y que aún estaba vivo.

Y entonces, por primera vez desde que había salido de mi casa, rompí a llorar.





II PARTE
CANARIAS


- ¡Virgen Santísima! ¡Estamos salvados!- la voz de la hermana Cecilia trinaba de emoción, mientras el contorno brumoso de Lanzarote, la isla mas oriental del archipiélago se perfilaba en el horizonte. Miré con curiosidad a la pequeña monja, que ante la vista de la cercana tierra parecía haber salido de su estado de permanente vigilia y en aquel momento saltaba excitada por el pequeño espacio disponible en la cabina de pasajeros. Lucía por su parte nos había regalado a Viktor y a mi un par de sonoros besos y un achuchón a cada uno que casi nos corta el aliento.

Y no era para menos. La meta estaba cerca.

Habiamos despegado del continente africano un par de horas antes. El viento de cola nos había hecho recorrer la distancia mas rapidamente de lo que habíamos calculado y ahora, con las luces del mediodía, la isla de Lanzarote brillaba como un espejismo en medio de un mar de un profundo color turquesa. Era la imagen mas bonita que había visto en meses.

Me giré sonriente hacia Prit, quien con gesto sereno me dijo que en unos veinte minutos estaríamos sobre tierra. Y dentro de cuarenta pretendo estar tomándome una cerveza helada, apuntó a continuación. O mejor, un barril entero y un paquete de puros canarios en el bolsillo, añadió con aire pícaro, tras pensárselo durante un segundo. Mientras tanto, por detrás podía oir como Lucía le explicaba de manera acelerada a Sor Cecilia que no veía el momento de conseguir algo de ropa “ en una tienda guai”que no le quedase tres tallas grandes. Algo adecuado para una chica y que realce mi figura, dijo exactamente.

El ambiente dentro del Sokol era de fiesta. Hasta el pobre Lúculo, contagiado por la excitación que percibía en el ambiente, pegaba saltos eléctricos de un lado a otro de la cabina, obligándonos a introducirlo de nuevo en su cesta entre grandes maullidos de protesta por su parte. Yo, por mi parte, me sentía inmensamente aliviado. Habíamos conseguido realizar un viaje sin vuelta atrás de mas de dos mil kilómetros sin haber sufrido ningún percance, lo cual, dadas las circunstancias, era un logro mas que considerable. Me sentía satisfecho.

Comencé a trastear con la radio, buscando una frecuencia de contacto con la isla, para anunciar nuestra llegada. Lo ultimo que queríamos era que algún dedo nervioso apretase un gatillo antes de tiempo. Eramos nuevos en el barrio, y debíamos actuar con cautela.