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mundocadaver
20 April 2007 @ 12:49 pm
Notaba las manos pegajosas por el sudor. Oía a mis espaldas los esfuerzos del ucraniano y de Lucía para poner en marcha aquella bomba de forma manual (evidentemente no había electricidad que hiciera funcionar el motor de achique). La monja se había unido a ellos, con su carácter voluntarioso, para echar una mano, pero el espacio dentro de la jaula era tan reducido que apenas hacía nada mas que estorbar. Sin embargo entendía perfectamente que estuviese allí. Yo tampoco querría estar a solas cuando los heraldos de la muerte se acercan hacia ti a paso lento.

Por mi parte, yo tenía mis propios problemas. Los No Muertos avanzaban trastabillando por la pista hacia nosotros, incansables como siempre. Estábamos a unos quinientos o seiscientos metros de la terminal. Era una distancia considerable para recorrer arrastrando los pies, así que aún disponíamos de unos cuantos minutos. El problema era que quizás no fuesen los suficientes para poner la bomba de combustible en funcionamiento y poder cargar los litros necesarios el depósito del Sokol.

El HK tenía 30 balas en el cargador, y llevaba además otros dos clips de munición sujetos en el cinturón. Eché cuentas mentales y pronto fui consciente de que era imposible que yo detuviese aquella marea No Humana, o que la pudiese ralentizar de alguna forma . Tenía menos de cien proyectiles contra una masa que debía sumar por lo menos doscientos o trescientos individuos. Y por si eso no fuera suficiente, además, no había disparado aquel arma mas que un par de veces, en un curso apresurado que nos había impartido el ucraniano en un descampado donde habíamos tomado tierra, días atrás.

Sabía que no era un gran tirador, y menos a aquella distancia. Todos los No Muertos que había eliminado hasta el momento habían caído casi cuerpo a cuerpo y con unas considerables dosis de suerte por mi parte.

-¿Qué coño estás haciendo?- me gritó Lucía- ¡Dispara!... ¡Dispara, joder!- Aquella muñequita podía utilizar el lenguaje de un camionero con una facilidad pasmosa, sobre todo cuando se asustaba.

-¡Por favor! ¡Haga que paren!-La Hermana Cecilia, presa del pánico se sumó a los gritos de la joven.

Haga que paren. No te jode. Claro, me voy junto a ellos y les convenzo para ir a tomar unas cañas al bar del aeropuerto. O a la playa, a tomar el sol y a jugar al volley, ya puestos.

Notaba el pánico reptando por mi interior, frío y sigiloso. El tiempo parecía haberse detenido. No era capaz de pensar con claridad, y pese a los gritos, permanecía con una rodilla en tierra, en medio de la pista, completamente agarrotado. De repente, uno de los No Muertos, un tipo alto, de mediana edad, vestido con unas bermudas y una camiseta desteñida, tropezó con su vecino y cayó al suelo cuan largo era. Una de sus chancletas había desaparecido hacía tiempo, y el pie descalzo estaba completamente destrozado por la fricción contra el suelo. En aquel momento era consciente hasta del mas mínimo detalle, del color blanquecino del hueso que asomaba por el talón destrozado de el Largo, y que brillaba en la distancia bajo el sol, del delicado perfume a podredumbre que el viento traía desde aquella masa, de las briznas de hierba que asomaban la cabeza tímidamente por una grieta del asfalto, junto a mi rodilla, de...

-¡DISPARA!- El grito, o mejor dicho, el rugido, había salido de la garganta de Prit, que enrojecido por el esfuerzo y con las venas del cuello a punto de estallar, bombeaba como un poseído la palanca de achique.

Aquello me sacó de mi estado hipnótico. Coloqué la mira Hensoldt del HK tal y como me había explicado el ucraniano, la ajuste a 3x, su máxima ampliación, y apunté hacia la multitud, con la mente totalmente en blanco.

A través de la mirilla podía ver las caras de los No Muertos como si estuviese justo a su lado. Hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos, altos y bajos, todos se confundían en un mar de rostros vacíos de expresión, pero con un resplandor siniestro en sus globos oculares apagados. Nada me daba mas pánico que aquellos ojos muertos y vacíos. Me recordaban los ojos de un tiburón gris que había tenido la oportunidad de ver en una inmersión, años antes, a muy pocos metros. Era aquella misma mirada, oscura, , sin sentimientos y que provocaba que los pelos de la nuca se te erizasen de pánico.

El primer disparo fue alto, y no rozó ni siquiera al No Muerto al que apuntaba. Los seis o siete siguientes fueron mas atinados, y pronto cuatro cuerpos yacían desmadejados sobre la pista del aeropuerto. Sin embargo, en ese lapso de tiempo, los No Muertos habían avanzado otros cincuenta metros y cada vez estaban mas cerca. Preso del pánico, fui consciente de que solo podría cazar a un puñado de ellos, como sumo, antes de que estuviesen encima de nosotros. Empecé a rezar.

Un tosido salió de la manguera conectada a la bomba de achique. A continuación una serie de sonidos metálicos retumbaron bajo el suelo y un penetrante aroma a benceno de aviación impregno el aire. El depósito estaba abierto. Súbitamente, un chorro de combustible saltó de la boca de la manguera apoyada en el suelo, salpicando la pista de cemento.

Un grito salvaje de alegría salió de la garganta de Pritchenko, mientras Lucía palmeaba alegremente a su espalda, pero pronto aquel grito murió en su garganta. El chorro, fuerte al principio, paso en cuestión de segundos a ser un chorrito, después un hilo, y al cabo de un instante, nada.

-No puede ser- murmuraba el ucraniano por lo bajo-¡No puede ser!-

-¡Lucía!- Le oí gritar, mientras cambiaba el cargador de mi HK. Los No Muertos ya estaban a menos de doscientos metros- ¡Dime que pone el indicador de presión que tienes delante, en cuanto presione este purgador! ¿preparada?-

-¡Cuando quieras, Prit!- respondió la muchacha.

El ucraniano presionó una válvula y un agudo silbido empezó a sonar al tiempo que un chorro de aire que olía poderosamente a combustible, salía de la parte superior de la bomba.

-¿Qué pone el dial?-Grito Viktor- ¿Qué pone? ¿Qué pone?-

-¡Marca 900!- Respondió Lucía, tan asustada y confusa como los demás- Los No Muertos ya habían avanzado otros cincuenta metros, y ahora mas de una docena de cuerpos salpicaban la superficie de cemento de la pista. Pero ya estaban cerca, muy cerca.

-Mierda!- Gritó el ucraniano, dándole una patada a la válvula.- Mierda!- repitió una vez mas mientras arrojaba furiosamente una llave inglesa hacia la multitud que se nos acercaba.

Me giré por un momento para observarle, extrañado por oírle jurar en español. Los ojos de Pritchenko estaban anegados por las lágrimas, y su expresión era de absoluta desolación.

-El deposito está vacío. Solo tiene presión de aire en su interior.- su mirada vagaba perdida, sobre los No muertos. -Está vacío-

-Se acabó- musité por lo bajo.

-Se acabó-repitió Prit con una tristeza infinita en la voz y con los brazos caídos a los lados.

Miré a Lucía, terriblemente pálida, apoyada contra la verja de la estación de bombeo. Observé que Prit también observaba a las dos mujeres y a continuación miraba ostensiblemente el HK que tenía en las manos. No dejes que tengan que sufrir la indignidad de ser No Muertas, decían sus ojos.

No hacía falta que me dijese nada. Sabía que era lo que tenía que hacer. No dejaría que aquella turba nos cogiese con vida.. Confiaba en tener la suficiente sangre fría para ser capaz de llegar hasta el final y que no me temblase el pulso al llegar mi turno.

Me giré hacia Lucía, que ahora estaba blanca como el papel, y temblando como una hoja. Sin embargo, una expresión de firmeza brillaba en sus ojos.

Con un leve movimiento de cabeza, asintió, mirando hacia mi. Sabía lo que iba a pasar. Leí un “te quiero” en sus labios. “Yo también”, respondí mientras notaba como mi alma se desgarraba por lo que iba a pasar. Me estremecí. Las lágrimas corrían por mis mejillas y no podía ver con claridad.

Levanté el arma y apunté hacía Lucía. Al cabo de unos segundos un tableteo resonó en toda la pista. Lucía cerró los ojos y se estremeció anticipándose al impacto de las balas, pero lo único que se encontró cuando abrió los ojos fue mi expresión atónita y la cara embobada de Pritchenko y sor Cecilia.

Aquel tableteo no era de un arma de fuego. Era de un rotor de helicóptero. Y se acercaba.

-Allí!- gritó el ucraniano, señalando un minúsculo punto en el horizonte, que iba creciendo por momentos. -¡Viene directo hacia nosotros!-.

Decir que sentimos renacer la esperanza es quedarse muy corto. Sin embargo, el helicóptero, fuera quien fuese su piloto, aún tardaría al menos un par de minutos en llegar hasta alcanzarnos.

Y los No Muertos ya se agolpaban sobre nosotros, a menos de cien metros. No nos iba a dar tiempo, de ninguna manera..