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mundocadaver
24 May 2007 @ 07:17 pm
El cielo ya se estaba tiñendo de un color rojo sangriento cuando el helicóptero albiceleste se posó sobre la cubierta del “Galicia”. Marcelo estiró el brazo hacia la puerta corredera y nos indicó con un gesto que bajásemos del aparato. Súbitamente, el ambiente se había cargado de tensión. El argentino no disimulaba el hecho de que le había sacado el seguro a su arma, e incluso la jovial Pauli tenía ahora una expresión seria y concentrada...... amén de un enorme revolver plateado apuntado descuidadamente hacia nosotros, que en sus pequeñas manos parecía tener el tamaño de un cañón. Personalmente estaba convencido de que si disparaba aquella arma, la pequeña Pauli saldría disparada hacia atrás por el retroceso, pero con toda seguridad no valía la pena tratar de comprobarlo. Eso, y el hecho de que tanto el piloto como el copiloto, igualmente armados con sendas armas de mano se habían girado hacia la parte trasera de la cabina, nos convencieron definitivamente para abandonar la relativa seguridad del aparato y saltar a cubierta.

Un viento cálido y con olor a tierra nos asaltó nada mas poner los pies sobre la cubierta metálica del Galicia. Sobre la pista de aterrizaje del barco tan solo estaba el helicóptero que nos había llevado hasta allí y dos pequeños aparatos de cubierta bulbosa y acristalada que no pude reconocer. Helicópteros ligeros de reconocimiento, probablemente. Ansiosamente, eché un vistazo hacia el tope del mástil, tratando de distinguir en el claroscuro del crepúsculo los colores de la bandera que ondeaba. Me quedé estupefacto al comprobar que junto a la bandera española, otra enseña flameaba con la brisa del final del día, un gallardete que aunque inusual, no me era desconocido. Era una bandera azul oscuro, con el escudo cuartelado de España en el centro, junto con el Toisón de Oro y las aspas de San Andrés. Una bandera que había visto muchas veces en la televisión, pero pocos, muy pocas en persona. Era la bandera personal del Rey de España. Un rápido vistazo a las otras naves surtas en el puerto me permitió comprobar que en la mayoría de ellas flameaba la misma combinación de insignias.

Me rasqué la cabeza, tratando de entender aquello, pero pronto tuve algo mejor en lo que pensar. Saliendo en fila de una puerta situada en la base de la superestructura aparecieron en cubierta una docena de personas enfundadas en trajes de aislamiento bacteriológico. Las viseras que cubrían sus caras estaban polarizadas, así que no podía distinguir sus rostros, ni su sexo o edad. Por la altura y la forma de andar, deduje que la mayor parte de ellos eran hombres, aunque sin duda tres o cuatro eran mujeres. A medida que se iban acercando hacia nosotros me fui acercando inconscientemente a Prit, que a su vez, y de manera instintiva, cubría mis espaldas.

- Esto no me gusta nada, viejo – me espetó el ucraniano, mientras no perdía de vista al grupo.

-Si ves que las cosas se ponen feas, saltamos por la borda todos a la vez ¿me oyes?- murmuré- tu ocúpate de la monja que yo me encargo de Lucía y del gato-.

- No creo que a Lúculo le emocione la idea de ir nadando hasta la costa..... ni a mi tampoco- apuntó el ucraniano con un escalofrío- Odio nadar en sitios donde no veo el fondo-.

- Prefiero agua salada a plomo, Prit- contesté, cortante- Y creo que tu piensas lo mismo-

- Lo que yo creo es que es mejor que nos quedemos quietos de momento- respondió el ucraniano. Su mirada de soldado saltaba de un lado a otro, calculando fríamente nuestra situación- Fíjate donde queda la borda- me indicó Viktor- El trecho es demasiado grande como para que podamos cubrirlo antes de que nos frían a balazos. Además…-añadió discretamente- mira allí arriba-.

Seguí la dirección que me indicaba el ucraniano con la mirada. Ataviados con el característico traje de combate de la Armada, un par de soldados apostados detrás de una ametralladora pesada en un saliente de la estructura, a unos veinte metros de altura sobra la cubierta, tenían campo de tiro abierto sobre toda la pista. No podríamos ni toser sin que ellos se enterasen.

Lucía había oído perfectamente nuestra conversación y nos miraba con expresión asustada. Suspiré, desalentado. Por lo visto no quedaba otra salida que aceptar lo que aquella gente quisiera hacer con nosotros.

El primero de los individuos vestidos con traje bacteriológico había llegado a nuestra altura. No podía ver sus ojos a través del cristal polarizado, pero podía adivinar su mirada examinando cada detalle de todos y cada uno de los miembros de mi “familia”, incluido el pequeño Lúculo, que no paraba de rebullirse en brazos de Lucía. He de reconocer que éramos un grupo muy pintoresco, casi chocante, por lo que supongo que el largo rato que estuvo contemplándonos estaba mas que justificado.

Por el rabillo de ojo vi como Pauli, Marcelo y los dos tripulantes del helicóptero se dirigían ordenadamente hacia el interior del buque. Se habían despojado de sus monos de vuelo, que habían introducido en unas saquetas plásticas que les habían facilitado a tal efecto, y ataviados tan sólo con unos pantalones cortos y una camiseta parecían considerar aquella situación lo mas normal del mundo.

- No os preocupéis, chicos de la Península- dijo la la pequeña Pauli al pasar a nuestra altura- ¡Nos vemos al salir de la cuarentena!- Y con un alegre movimiento de brazos desapareció por la puerta, seguida por un Marcelo con cara de pocos amigos.

Estupendo. Y ahora que, pensé.

- Bienvenidos a Tenerife. Soy el doctor Jorge Alonso- la voz sonaba distorsionada a través del filtro del traje bacteriológico. El que había hablado era el tipo que estaba mas cerca de nosotros y que parecía estar al cargo de la situación- Quiero que se tranquilicen. Si cooperan y siguen las instrucciones todo irá como la seda. Este es un procedimiento médico rutinario de carácter obligatorio, así que relájense y permítannos hacer nuestro trabajo. Cuanto antes acabemos, antes podrán ustedes salir de cuarentena, así que hagámoslo fácil ¿vale?- su voz sonaba conciliadora, pero firme, a tiempo que nos indicaba la puerta por donde había pasado la tripulación del helicóptero.

Asentí con la cabeza, por toda respuesta. Estaba demasiado aturdido por todos los acontecimientos del día como para contestar.

Los pasillos del buque estaban pintados del color reglamentario de la Armada, con docenas de tuberías y cables recorriendo el techo en un millón de direcciones distintas. Pasamos por delante de varias compuertas, pero todas estaban escrupulosamente cerradas. Al pasar junto a una de ellas dotada de ojo de buey, pude ver al otro lado del cristal a tres o cuatro marineros que se agolpaban tratando de ver de cerca de los “chicos de la Península”, como nos había llamado Pauli. Empezaba a preguntarme que clase de bichos de feria éramos para despertar tanta expectación. Eso podía ser bueno… o malo, muy malo. Ya no sabía que pensar.

Al llegar a un cruce de pasillos nos detuvimos un momento. El que se había identificado como Doctor Alonso volvió a tomar la voz cantante.

-Hombres por aquí, mujeres por allí, por favor-

-Espere- repliqué- preferimos ir todos juntos. Hemos llegado juntos hasta aquí y pretendemos…-

- Me da igual lo que pretendan o dejen de pretender, caballero- me cortó tajante- Las normas son así. Hombres por este pasillo, mujeres y niños por ese pasillo. Colabore, por favor-

-Escuche, sea razonable- contesté, sacando el picapleitos que llevaba dentro- comprenda que todo esto es nuevo para nosotros, así que si no le importa, preferiríamos…-

- Mire amigo- un tipo alto, vestido también con un traje bacteriológico habló en ese momento- esto no es un debate, ni tan siquiera una discusión. Ustedes van a hacer lo que nosotros digamos y punto ¿De acuerdo?. Y si no les gusta, mas les vale que sepan nadar, porque hasta África les queda un buen trecho, así que no jodan mas y hagan lo que ha dicho el Doctor Alonso. ¡Hombres a la derecha, mujeres a la izquierda! ¡VAMOS!- rugió, mientras reforzaba sus palabras esgrimiendo una porra eléctrica en su mano diestra.

Levanté las manos conciliador, y me aparté hacia el pasillo de la derecha. Prit, tras dedicarle una mirada asesina a aquel tipo, se puso a mi lado. Por la expresión del ucraniano, pensé que no me gustaría ser aquel tipo alto y cruzarme con Pritchenko en un callejón oscuro algún día.

Sor Cecilia y Lucía, por su parte, fueron apartadas al pasillo de la izquierda. Súbitamente, Lucía rompió la barrera que nos separaba y se plantó a mi lado, depositando a Lúculo en mis brazos.

-Tienes que llevarlo tu- me espetó, antes de depositar un fugaz beso en mis labios- No olvidaré lo que me dijiste en la pista de Lanzarote-

- Estate tranquila- repliqué torpemente- Todo irá bien- Mi tono de voz no acompañaba a aquella afirmación, pero era lo mínimo que le podía decir.

-¡Tenga cuenta de ella, hermana!- le grité a Sor Cecilia, mientras se alejaban por el pasillo- ¡Cuidaos mucho!¡ Nos veremos muy pronto!.

- ¡No te preocupes, hijo mío! ¡Estamos en las manos de Dios!-

Mas bien en manos de esta gente, hermana, pensé para mi. Y eso no es bueno.

-¿A dónde las llevan? ¿Qué van a hacer con nosotros?- preguntó en aquel momento Pritchenko con una nota de furia contenida en su voz.

Por toda respuesta, el que se hacía llamar Doctor Alonso se encogió de hombros y respondió con voz dulce y suave, pero que me llenó de escalofríos.

- Ya se lo he dicho, amigo mío - dijo, mientras reemprendía la marcha- Cuarentena. Y ahora, si no les importa, por aquella puerta, por favor……