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mundocadaver
10 June 2007 @ 03:53 am
pintura del techo tenía un desconchado, justo sobre mi litera. Había estado observando ese desconchado, día tras día a lo largo del último mes, hasta llegar a memorizar perfectamente su forma. Suspirando, me incorporé, al tiempo que me pasaba la mano por la cara. El tacto de la barba que lucía desde hacía un par de semanas, me hizo ser consciente del paso del tiempo. Los primeros días me habían facilitado artículos para afeitarme, pero desde el día que había impedido que se llevasen a Lúculo me habían quitado todo tipo de objeto cortante o punzante, y suponía que en aquel momento debía parecer un vagabundo, o algo peor, con aquel ridículo pijama de hospital color verde pálido.

Mi enorme y peludo gato pegó un brinco desde el suelo, y aterrizó en mi regazo con esa elegancia innata que tan solo poseen los felinos (y como había hecho siempre, desde que no era mas que una minúscula bola de pelo lloriqueante, apoyando sus cuartos traseros justo sobre mis testículos al posarse). Con una mueca de fastidio cogí a Lúculo por su redonda tripa y lo apoyé en la litera, justo a mi lado, donde empezó a ronronear, mientras le rascaba detrás de las orejas.

Al principio me había desgañitado, exigiendo hablar con la persona al mando, amenazando, pidiendo, rogando, ordenando y finalmente suplicando, pero todo había sido en vano. Finalmente, con la voz rota y enronquecida, me dejé caer contra la pared de mi pequeña celda de dos por dos metros. Mi camarote no tenía ventanas, y por todo mobiliario contaba con un par de literas superpuestas, un pequeño banco donde sentarse atornillado a una pared, una pileta de lavabo (sin agua corriente) y un inodoro al que le faltaba la tapa. Las paredes eran gruesas láminas de acero soldadas al suelo y al techo, y este último, con una especie de respiradero situado en el medio, parecía haber sido añadido también con posterioridad. Me daba la sensación de que tenía cuartos similares por encima, a los lados y por debajo.

Posiblemente, habían transformado la enorme bodega de carga del Galicia en una gran colmena de celdas, capaces de acoger a todos los refugiados que llegasen a la isla. Súbitamente, había recordado un documental que había visto en una ocasión sobre aquel buque. La bodega del Galicia podía ser inundada por completo con agua de mar a través de un enorme portón situado en su popa, ya que donde en aquel instante estaba, normalmente tendrían que alojarse varias lanchas de desembarco. Con un escalofrío comprendí que lo que había tomado por un respiradero en el techo no era sino una vía de entrada de agua a la celda en caso de necesidad. Los constructores de aquel centro de cuarentena habían pensado en todas las posibilidades, incluido un motín. En caso de necesidad, simplemente con apretar un botón, podrían ahogar a toda la gente alojada en aquella bodega. Rápido, fácil y sobre todo, discreto. Aquello había bastado para sacarme las ganas de montar un follón. Eso, y el hecho de que por el silencio, me daba la sensación de que aquel buque debía estar prácticamente vacío. Posiblemente mi grupo y yo fuésemos los únicos huéspedes del Galicia.

Tres veces al día me pasaban una bandeja de comida por la ranura habilitada en la puerta. El menú aunque pobre, era variado. Había sobre todo arroz, lentejas, comida liofilizada (A la que, después de un año había llegado a aborrecer) y para mi sorpresa, vegetales frescos (lechuga, zanahoria, patatas...) aunque en poca cantidad. No soy capaz de describir el placer que sentí el día que en la bandeja vi un tomate fresco. Hacía casi un año que no tomaba vegetales frescos, y si no hubiese sido por los complementos de vitamina C que habíamos ingerido regularmente desde el Meixoeiro, posiblemente hubiésemos desarrollado algún tipo de anemia, y probablemente algo peor, como el escorbuto, a causa de la alimentación desequilibrada. Aquel pequeño tomate me supo mejor que cualquier cena de gala que hubiese disfrutado en mi vida.

Mientras lo mordía, con los ojos cerrados, y sentía resbalar su jugo por mi garganta, me imagine por un momento que nada de todo aquello estaba sucediendo, y que cuando abriese los ojos estaría en el salón de mi casa, preparando una ensalada, antes de tirarme en el sofá con Lúculo para ver un partido en la tele. Lamentablemente, cuando abrí los ojos, lo único que vi fue el jodido desconchón del techo.

Una vez al día entraban en mi celda tres médicos que me tomaban muestra de sangre, temperatura, pulso y presión arterial, al tiempo que verificaban que no me estaba convirtiendo en un No Muerto. Al principio venían escoltados por un par de soldados armados que se quedaban en el pasillo (la diminuta celda no daba mas de si), pero pronto mi actitud sumisa les hizo ganar confianza y al cabo de un par de semanas ya realizaban su chequeo sin escolta, posiblemente por considerarla innecesaria. Hasta aquel día, dos semanas atrás.

Una mañana habían entrado los tres tipos del personal médico en mi celda (a los que se reconocía fácilmente por un brazalete rojo que lucían en el lado derecho de su traje bacteriológico). Antes de empezar el chequeo uno de ellos me dijo que tenían que llevarse a mi gato para “hacerle unas pruebas clínicas”. Algo en el tono de la voz de aquel tipo me puso en alerta. Largos años de experiencia profesional como abogado me habían enseñado a detectar los sutiles matices y cambios de voz que emitimos de manera inconsciente cuando mentimos. Y aquel tipo, que no era un buen mentiroso, estaba mostrándome todo el catálogo.

La decisión la tomó alguna parte de mi subconsciente antes de que me diese cuenta de lo que estaba haciendo. Cuando el Doctor Mentiroso se agachó para coger a Lúculo, que estaba enroscado a mis pies, empujé con mis brazos su nuca, al tiempo que levantaba rápidamente mi rodilla, estampándola contra su nariz.

Mentiroso pegó un alarido de dolor, mientras un chorretón de sangre de color rojo intenso que manaba de su nariz rota manchaba la parte interior de su máscara de plexiglás. Mientras se retorcía angustiado en el suelo, aproveche que la sorpresa había dejado paralizados a los otros dos tipos y salté sobre ellos.
Cogí el brazo derecho del más alto y tiré de él con fuerza hacia mí. El Doctor Alto tropezó con Mentiroso, que seguía en el suelo, para acabar estrellándose contra la pileta del lavabo. Apenas tenía sitio para moverme, así que cuando Mentiroso se levantó del suelo le propiné una patada en la espalda que le hizo chocar de nuevo con Alto.
El brazo izquierdo de este había quedado enganchado entre el inodoro y la pileta así que cuando Mentiroso chocó contra él, el hombro de Alto trazó un ángulo imposible, al tiempo que un crujido espantoso salía de su extremidad. Aquello sonaba a fractura múltiple.

Me giré hacia el tercero, pero esté ya estaba en el pasillo, dando la voz de alarma. Súbitamente fui consciente de lo que había hecho. Me quedé de pie, paralizado, en medio de la celda, mientras Mentiroso y Alto, en medido de gemidos de dolor, salían de la celda apoyándose entre ellos. Alguien cerró la puerta a sus espaldas y apagó la luz, dejándome a oscuras.

Temblando, había cogido a Lúculo entre mis brazos y me había acurrucado en la litera, mirando fijamente hacia la puerta. Ya está, me dije, ahora la has jodido de verdad. En cualquier momento alguien va a abrir esa puerta y te van a dar la del pulpo, o algo peor. Puede que hayas firmado tu sentencia de muerte, gilipollas. En fin, por lo menos que no te vean suplicar, pensé para animarme. El orgullo es algo absurdo, pero cuando es lo único que te queda en una situación desesperada, se convierte en tu mayor valor.

Así que allí me quedé acurrucado y expectante, tenso como la cuerda de un laúd, esperando que en cualquier momento entrasen tres o cuatro animales en la celda y me diesen una (merecida) paliza de campeonato o un tiro en la frente.

Sin embargo, nada sucedió en la siguiente hora. Ni en el siguiente día.

De hecho, nada sucedió.

El único cambio, desde ese día fue que se acabaron las revisiones médicas. Me seguía llegando la comida a diario, a través de la portilla, y estoy seguro que me examinaban a través de la mirilla de la puerta, pero nadie volvió a entrar en mi celda en las dos siguientes semanas, ni a hablar conmigo. Aquella situación, en aquel diminuto cuarto, era desquiciante. Recordaba las historias que había leído en un curso de Derecho Penitenciario sobre los internos de las prisiones de máxima seguridad de Estados Unidos, que encerrados de por vida en diminutas celdas, acababan por perder la razón. Me preguntaba si mi destino iba a ser el mismo.

Esos pensamientos ocupaban mi mente aquella mañana, mientras me rascaba pensativamente la incipiente barba. De repente, unos pasos sonaron en el pasillo, junto con unas voces que no pude distinguir. Los pasos se detuvieron repentinamente frente a mi puerta. A continuación sonó un tintineo de llaves, mientras la cerradura giraba ruidosamente. Me levanté de la cama, poniendo a Lúculo a mi espalda. Ahora si que vienen a por ti, pensé, mientras tensaba todos los músculos de mi cuerpo, preparado para lo que fuera.

Una figura femenina se recortó en el claroscuro de la puerta, con los brazos en jarras. Bizqueé, tratando de adaptar mi vista a la luz que entraba por la puerta. La figura dio un paso y entró dentro de la celda, y entonces pude distinguirla perfectamente. Por un instante, ambos nos contemplamos en silencio. De repente, la mujer habló.

-Soy la comandante Alicia Pons, responsable del cuerpo médico- Su voz sonaba firme, pero suave al mismo tiempo- Ha superado el periodo de cuarentena, no sin algunos “problemas”- Notaba el sarcasmo que teñía su voz, que enseguida se transformó en un tono mucho mas serio- De hecho, no es usted el único miembro de su grupo que ha sufrido algún incidente. De cualquier forma, déjeme decirlo que lo han logrado. Estoy aquí para darles la bienvenida formal al Área Segura de Tenerife-