?

Log in

No account? Create an account
 
 
mundocadaver
07 September 2007 @ 12:21 am
Bajamos por unas escaleras estrechas hasta una sala cerrada. En la puerta, dos agentes de expresión torva montaban guardia. Nada mas traspasar el umbral me quedé petrificado. Mi amigo yacía en una esquina, desnudo de cintura para arriba, con un montón de hematomas en todo el cuerpo. Prit tenía el ojo derecho totalmente cerrado a causa de la hinchazón, y un enorme labio abultado se adivinaba debajo de su bigote manchado de sangre reseca.

Al verme, el pequeño ucraniano se incorporó, renqueante. Parecía estar molido.

-Prit ¿Pero qué demonios te han hecho? ¿Estás bien?- Las preguntas se agolpaban en mi boca, mientras mis manos palpaban rápidamente las costillas de Viktor, tratando de adivinar si tenía algún hueso roto.

-Escúchame- respondió entre tosidos el eslavo- no se que historia te habrán contado, pero yo no he sido ¿Me oyes? ¡Yo no he hecho nada!- Me agarró la manga, casi con desesperación- ¡No les creas!-

-Prit- respondí con calma, mientras le pasaba un brazo por encima del hombro- No tengo la mas mínima duda de que me dices la verdad. Si lo dudase, aunque solo fuese por un segundo, no merecería ser tu amigo. No te preocupes, viejo. Te sacaré de este embrollo-

-Espero que seas mejor abogado que enfermero- Me respondió Viktor con sorna, mientras levantaba su mano izquierda para mostrarme sus dos dedos amputados.

El recuerdo de mis penosos esfuerzos para hacerle una cura de urgencia en un lejano concesionario de Mercedes consiguió arrancarme una amarga sonrisa. Aquel pequeño y condenado ucraniano y yo habíamos pasado muchas aventuras juntos. No pensaba dejarle en la estacada.

-Soy lo mejor que puedes permitirte, así que sería conveniente que no fuese muy exigente- Le respondí bromeando, mientras le pegaba un puñetazo amistoso en el brazo- Y para empezar no me importaría que a partir de ahora te dirigieses a mi con la corrección y el respeto que merece un letrado-

Ante esto, Prit me respondió con algo poco decoroso referido a mi madre, mientras esbozaba una sonrisa que le arrancó un ramalazo de dolor al agrietarse de nuevo su labio partido.

- Bien, por lo visto nos tiene usted a su disposición, señora Pons- me volví hacia la militar que nos observaba atentamente- Ahora dígame, ¿Dónde diablos está Lucía? ¿Y Lúculo?

Antes de que pudiese darme una respuesta vi como se recortaba en la puerta de aquel camarote una silueta femenina terriblemente familiar, ágil y alta. Por un instante pareció dudar en la entrada, como si temiese dar un paso adelante. A la luz que se filtraba por el ojo de buey podía adivinar la piel de sus brazos, cubiertos de pecas, de las que podría hacer un mapa con los ojos cerrados, de tantas veces que las había contemplado en silencio. En medio de aquellos brazos que yo sabía suaves como el terciopelo, una enorme bola de pelo naranja se removía inquieta, pugnando por librarse del abrazo y saltar al suelo. Finalmente, con un maullido de indignación, Lúculo consiguió zafarse y en cuatro rápidos saltos lo tenía ronroneando en mi regazo, contento por reunirse de nuevo conmigo.

Antes de que me diese tiempo a hacer cualquier clase de comentario ingenioso, Lucía ya había cruzado la sala. Mis labios la buscaron, sedientos de su sabor, mientras nos fundíamos en un enorme e intenso abrazo. Finalmente, cuando nos separamos, pude ver con más claridad a mi chica. Tenía un feo moratón en la sien izquierda, y parecía estar visiblemente más delgada y algo pálida, pero por lo demás estaba tan guapa como siempre. Un brillo de furia titilaba en sus ojos verdes, arrasados por las lágrimas.

-¿Sabes lo que han hecho esos….esos…..?- La ira apenas le permitía articular palabra, pero captaba perfectamente el mensaje.

La sujete por los hombros, mientras le susurraba palabras tranquilizadoras al oído. Mientras lo hacía, notaba como una corriente de determinación me iba invadiendo lentamente. Por primera vez en meses me sentía de nuevo con las pilas cargadas. Volvía a sentirme inundado del extraño valor que me había permitido sobrevivir cuando el mundo se había ido al infierno un año antes.

La capitana Pons dijo algo en aquel momento referido a “bajar a tierra de una vez”, pero ni siquiera fui capaz de prestarle atención. Tenía prácticamente a toda mi “familia” a mi alrededor y me sentía enormemente aliviado. La ausencia de Sor Cecilia me pesaba como una losa, pero estaba convencido de que la monja, dotada de un espíritu inquebrantable, saldría adelante. Del resto, incluido el problema de Prit, nos encargaríamos en su momento. A mayores retos nos habíamos enfrentado, y habíamos sido capaces de salir adelante.

Sujetando a un maltrecho Prit entre Lucía y yo, salimos de aquel pequeño camarote sin mirar atrás. Íbamos a bajar a tierra. Por fin íbamos a saber como era el nuevo mundo de los escasos supervivientes. Por fin sabríamos que era lo que quedaba de la raza humana.Y estabamos preparados para ello. Fuese lo que fuese. Y al diablo con las consecuencias.
 
 
mundocadaver
07 September 2007 @ 12:24 pm
Viernes 12:06 pm

Estamos en tierra. Antes de salir del barco nos han facilitado un enorme fajo de documentación: Pasaportes, certificados de cuarentena, cartillas de racionamiento, permisos de circulación y una pequeña tarjeta plastificada que nos identifica a Prit y a mi como “Personal Auxiliar de la Armada Clase B”. A Lucía sin embargo le han facilitado otra distinta, de color anaranjado, que simplemente la clasifica como Residente Civil. No se si esto va a suponer algún problema.

Para Lúculo no me han dado nada, excepto el consejo de que lo vigile bien. Por lo visto, no han sobrevivido muchos gatos, y “están bastante solicitados”. No se que han querido decir con eso, pero me mosquea.

Antes de salir del barco he podido conseguir esta libreta, de la mesa del oficial encargado del papeleo. Es gruesa, con tapas duras y con el emblema del “Galicia” grabado en la cubierta. Tenía ganas de retomar mi diario, y creo que ha llegado el momento de empezar a hacerlo.

El trayecto hasta el puerto ha sido bastante corto, algo menos de diez minutos. Lo hemos hecho en un pequeño buque auxiliar de la Marina que aparenta tener al menos cien años, empujado por un petardeante motor de dos tiempos. Por lo visto, esta antigualla tiene un motor tan primitivo que acepta gasoleo de la peor calidad, inaceptable para un motor mas moderno, así que la han puesto de nuevo en servicio. Yo por mi parte no me he sentido seguro hasta que hemos tocado el muelle. Me daba la sensación de que nos íbamos a ir al fondo de la bahía en cualquier momento, acompañando a aquel cascarón que debía datar de las Guerras de África, por lo menos.

El puerto de Tenerife está abarrotado. Cientos de personas parecen afanarse de un lado a otro, ocupados en sus quehaceres. Por regla general todo el mundo parece tranquilo, bien alimentado, bien vestido y sano. No puedo decir que vea a la gente inmensamente feliz, pero al menos están bastante serenos. Supongo que la mayoría aun se pellizca para estar seguros de que han sobrevivido a este infierno.

Según me ha comentado el patrón del barco que nos ha traído a tierra, en la Isla viven cerca de medio millón de habitantes. Puede que parezca mucho, pero es que se con total seguridad que antes de la Epidemia vivían en Tenerife más de ochocientas mil personas. Cuando llegaron las interminables oleadas de refugiados de Europa y América en los primeros días del Apocalipsis, la cifra total de habitantes debió alcanzar en algún momento una cifra superior a varios millones de personas, con toda seguridad….

¿Qué demonios ha pasado con toda esa masa? ¿Dónde se han metido?. No se que diablos pasa, pero lo que es seguro es que falta gente. Mucha gente. Ya me enteraré…

Un tipo de uniforme está en el muelle, comprobando nuestra documentación. Parece que todo está correcto. Ahora nos está indicando que bajemos a tierra. Vamos a ver que pasa.