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mundocadaver
21 November 2007 @ 09:34 pm
Creí que sería algo parecido al aroma de la carne asada, pero no. Es un olor más denso, mas pesado, con un punto picante al final que resulta algo inquietante, como si tu pituitaria supiese de algún modo que ese aroma no está bien. Y por extraño que parezca, al cabo de cinco minutos ya ni lo notas. Sin embargo cuando entras en el edificio y vuelves a salir de nuevo al cabo de unos minutos, el olor te asalta de nuevo, asfixiándote, como un abrazo excesivamente fuerte.
Ese olor.
Ese aroma.
El perfume de la carne quemada de docenas de cadáveres arrojados en una pira.

Mientras escribo, veo como los legionarios siguen arrojando cuerpo tras cuerpo a la fosa abierta en un lateral de la pista. Los primeros cuerpos tuvieron que ser rociados con gasolina para que prendiesen, pero ahora la grasa de los cadáveres alimenta el fuego, que ruge con furia cada vez que un nuevo cuerpo cae en las llamas. Parece mentira que solo llevemos tres horas aquí. Me da la sensación de que ha pasado un siglo.

El vuelo fue una experiencia sedante. El rugido de las turbinas llegaba amortiguado a la cabina a través del grueso aislante de las paredes. Todos los presentes parecían sentir una extraña sensación de euforia, totalmente fuera de lugar. Tardé un buen rato en darme cuenta de que era lo que la ocasionaba aquello. Allí arriba, a miles de metros del suelo, estábamos totalmente a salvo de los No muertos. Era completamente imposible que durante la duración del vuelo aquellos malditos seres nos pudiesen alcanzar, y eso hacía que todo el mundo se sintiese extrañamente relajado y despreocupado, posiblemente por primera vez en muchos meses. Quizás, pensé, esto sea como el momento de pausa en una película de terror, ese momento donde los protagonistas charlan tranquilamente a la luz del día, sentados en el porche, tras haber superado los horrores nocturnos de la casa encantada. Sin embargo, pensé para mis adentros, normalmente ese solo es el preludio de una noche de horror aún mayor….. Confiaba en que no fuese el caso.

En el avión viajábamos un pelotón de quince legionarios y dos “equipos de infiltración” de cinco miembros cada uno, según la definición rimbombante que había dado el jefe de la misión. En total, veinticinco personas, que junto con el piloto y el copiloto del Airbus sumábamos un total de 27. Un bonito número. Si no estuviésemos volando directamente hacia el corazón del infierno, aquello parecería un viaje de Paso de Ecuador, a juzgar por la alegría artificial y forzada que reinaba a bordo.

El oficial al mando, al que habíamos conocido en las islas, era un personaje sorprendente, que no deja de llamar mi atención. Su nombre es Kurt Tank, aunque prefiere que le llamen Hauptmann Tank, o Tank, a secas. Era militar en el ejército alemán, y el Apocalipsis le pilló como a otros muchos compatriotas suyos, de vacaciones en las Canarias, donde tenía una casa. Cuando fue evidente que no podría volver a su país (porque ya no existía país a donde volver) el Hauptmann (Capitán) Kurt Tank decidió alistarse en las destrozadas unidades militares supervivientes. Era la opción más lógica, el camino que siguieron muchos, un camino arriesgado y peligroso, sin duda, pero que al menos te permitía estar armado y defender tu propia vida. Que no es poco.

Se podría suponer que un tipo con un nombre tan sonoro, militar, y siendo alemán, por añadidura, debería tener una presencia imponente, pero su aspecto dista mucho de la arquetípica imagen del SuperArio. Tank es más bien delgado, pálido, con unos inquietantes ojos glaucos en su cara que parecen taladrarte cada vez que te mira. De modales pausados y delicados, en conjunto da una imagen suave, blanda. Pero nada mas lejos de la realidad. Por lo que cuentan es un tipo capaz de llevar a sus hombres a los extremos más impensables. Cuentan que de una misión de “infiltración” llevada a cabo hace dos meses en Cádiz, volvieron tan solo él y otros dos miembros de su equipo. Un tipo duro. Un lobo con piel de cordero. Aun no se muy bien que pensar del Hauptmann Tank. El tiempo lo dirá.

El aterrizaje en la pequeña pista de Cuatro Vientos fue una autentica experiencia. Desde un principio sabíamos que un Airbus 320 era un pájaro demasiado grande para aquel pequeño y viejo nido. El tamaño de la pista del aeródromo, construido a principios de los años 20, no permitía su uso por naves civiles de aquel porte. Sin embargo, y teniendo en cuenta que no teníamos que ceñirnos a la normativa de aviación, ni respetar rutas de vuelo, y que además podríamos sobrevolar la ciudad a baja altura sin que nos lloviesen una tonelada de denuncias, se había planeado que la aproximación a la pista sería a muy baja cota y a la mínima velocidad posible, por lo que entonces la operación podría ser viable.

Podría.

Ahí estaba la chispa del asunto.

Así que allí estábamos, dando vueltas a menos de mil metros de altura sobre el extrarradio de un Madrid absolutamente muerto y desolado, mientras enfilábamos nuestra ruta de aproximación a la pista.

A través de la ventanilla podía ver los enormes barrios de las ciudades dormitorio que perlaban el entorno de la antigua capital. Normalmente eran zonas que no solían tener mucha vida de día, mientras la mayor parte de sus residentes estaban en sus puestos de trabajo en la ciudad, pero la total ausencia de movimiento generaba una sensación difícilmente explicable. Los chistes y las risas fáciles que nos habían acompañado todo el camino hacia un buen rato que se habían acabado en el avión. En aquel momento, un silencio denso y espeso como el petróleo lo había sustituido, mientras cada uno se sumergía en sus pensamientos, y el miedo, pegajoso, se instalaba en el corazón de todos y cada uno de los presentes.

Resultaba sorprendente ver como afrontaba cada uno aquella situación. Los militares, como han venido haciendo todos los de su profesión desde hace siglos, eran los que parecían sobrellevar mejor aquel compás de espera, al menos aparentemente. La mayor parte de ellos revisaba concienzudamente su equipo de combate, mientras tres o cuatro, en una esquina, se limitaban a echar una cabezada, aprovechando aquellos últimos momentos de tranquilidad. Aquellos legionarios (El llamado “Equipo Uno”, con muy poca imaginación) serían los que tendrían que salir en primer lugar para asegurar el perímetro e iban a correr un gran riesgo, algo de lo que eran conscientes. Todos sabíamos que si las cosas se descontrolaban y no eran capaces de asegurar la pista y el edificio cercano, la misión tendría que ser abortada, y tendríamos que despegar rápidamente, dejándolos abandonados a su suerte.

En cuanto a los demás, los que tenían experiencia militar, como el bueno de Prit, parecían estar ocupados pensando en otras cosas. El pequeño y flemático ucraniano mascaba chicle ruidosamente, mientras que con su afiladísimo cuchillo (el mismo con el que había degollado a una No Muerta en Vigo, salvándome la vida) tallaba una figurita de madera, con mas buenas intenciones que maña. De todas formas, aquello parecía ayudarle a controlar la ansiedad que estoy seguro, tenía que sentir.

En el asiento de al lado estaban sentadas dos caras conocidas. Tardé un rato en darme cuenta de quienes eran, hasta que la chica se puso a parlotear nerviosamente y reconocí su risa aguda. Eran Marcelo y Pauli, dos de los miembros del equipo de rescate que nos habían sacado in extemis del aeropuerto de Lanzarote. Por lo visto, alguien había decidido en base a algún arcano criterio, que ya que habíamos volado juntos en aquella ocasión, ahora daría buen resultado que formásemos parte del mismo “Equipo de Infiltración”. Inquieto, me pregunté si sería culpa nuestra que les hubiesen destinado a aquella misión, que ciertamente, no era plato de gusto.

El quinto miembro de nuestro equipo era, junto conmigo, el único civil de toda la operación. Se llamaba David Broto y sería nuestra llave a los almacenes de medicamentos del Punto Seguro Dos. Era un catalán callado, tranquilo, de unos veintitantos años, corpulento, de pelo negro y con una intensa mirada profunda, que no podía ocultar un profundo sufrimiento interior que residía en algún lugar de su alma.

Supuse que, como la gran mayoría, habría sufrido alguna perdida personal en los Días Oscuros del caos, y que, por algún motivo, aún no había sido capaz de superarlo. Hay mucha gente así estos días, quizás cerca de la mitad de los supervivientes. Son personas aparentemente normales, sanas y en buen estado, hasta que te asomas a sus ojos y ves que por dentro están totalmente arrasadas. Comen, respiran, hablan, ríen y hasta en ocasiones bromean, pero solo lo hacen mecánicamente. Su espíritu está muerto. Es gente que no ha sido capaz de superar el hecho de haber perdido toda su vida, su familia y su historia personal en el plazo de unas pocas horas. Gente que se siente culpable por haber sobrevivido mientras todos sus seres queridos se quedaban por el camino. Gente que se pregunta cual ha sido el significado de todo esto, o peor aun, que significado puede tener todo ahora. Gente perdida. Gente rota, buscando una razón para vivir.

Stress postraumatico, dicen algunos. Y una mierda. Es algo mucho mas profundo, que nadie es capaz de definir. Alguien me ha contado que pese a esa situación emotiva tan generalizada no se ha dado ni un solo caso de suicidio en las Islas desde que se estabilizó la situación. Ni uno solo. Parece ser que los supervivientes, pese al horror que nos sumerge, estamos dotados de unas inmensas ganas de sobrevivir.

Instinto, quizás. Fe, a lo mejor.

Quien sabe.

El avión pegó un último giro con cierta brusquedad, mientras el ruido nos indicaba que las ruedas del tren de aterrizaje habían salido y ya estaban extendidas. El sonido de los motores se elevó otras dos octavas mientras los reactores gemían tratando de frenar las casi cincuenta toneladas del A320 que se precipitaban sobre la pista de Cuatro Vientos. Preocupado, me di cuenta, como todos los demás, que aquel sonido tenía que estar produciendo un efecto inmediato sobre las docenas de miles de seres que se agolpaban en la ciudad. Si no me equivocaba, justo en aquellos momentos, miles de No Muertos debían estar saliendo de su letargo y levantando sus cabezas mientras el rugiente aparato pasaba volando sobre ellos, casi rozando los tejados de los edificios.

Un timbrazo sonó en el teléfono adosado en un mamparo, al lado de Kurt Tank. Para aligerar peso del aparato habían retirado no solo la mayor parte de los asientos, sino también un montón de material considerado no imprescindible, y eso incluía el sistema de altavoces de la cabina. Aquel teléfono comunicaba directamente con la cabina de los pilotos, unos cuantos metros mas adelante. El Hauptmann Tank cogió el aparato y cabeceó un par de veces, mientras le decían algo a través del teléfono. Con un seco “gracias” colgó y se giró hacia nosotros.

-¡El piloto informa que en menos de un minuto vamos a tocar tierra!- gritó por encima del rugido de las turbinas- ¡Puede que el aterrizaje sea algo movido, así que abróchense los cinturones!

Algo asustado, apreté mi cinturón todo lo que pude, mientras oía a Prit a mi lado mascullando algo en ruso. Supuse que se estaba acordando de la madre del piloto, o de la de Tank, o quizás simplemente le molestase el hecho de estar allí sentado, sin poder pilotar él personalmente. Nunca se puede saber con Víktor.

-¡Esto no va a ser fácil!- continuó arengando el alemán, con su marcado acento, mientras trataba de mantenerse en pie, agarrado a un portaequipajes- ¡En cuanto el aparato se detenga quiero que el Equipo Uno salté inmediatamente a tierra y ocupe las posiciones asignadas! ¡Limpien la zona, comprueben el perímetro y ante la duda disparen primero y pregunten después! ¡Pero como alguno de los helicópteros que están posados en la pista sufra el mas mínimo rasguño les juro por Dios que las sacaré las tripas por la boca a patadas al patán que se la cargue! ¿Entendido?- Rugió.

Un gruñido de asentimiento surgió de quince gargantas, mientras quince pares de manos legionarias húmedas de sudor amartillaban quince HK y se ajustaban las trabillas de los cascos.

Un brusco golpe nos sacudió a todos, acompañado de un terrorífico chillido del tren de aterrizaje. Un rugido sordo se elevó de las turbinas mientras el piloto ponía éstas en modo reverso a máxima potencia, tratando de detener el enorme Airbús en el pequeño espacio disponible. “Demasiado rápido” oí murmurar a Pritchenko, mientras observaba preocupado por la ventanilla como se deslizaban rápidamente las marcas de control de la pista Estaba de acuerdo con él.

Un espeso humo negro empezó a manar de repente de las ruedas del tren de aterrizaje. El piloto había bloqueado los rodamientos, en un intento desesperado por aminorar la velocidad del aparato sobre la pista, y las gomas comenzaban a deshacerse como consecuencia de la fricción, en medio de un intenso olor a caucho quemado. Caí en la cuenta que si sufríamos un reventón a aquella velocidad era probable que el aparato se desnivelase y comenzase a rodar descontroladamente por la pista, hasta acabar convertido en una bola de fuego. Sentí que se me encogían los testículos, de puro terror. En aquel instante estuve convencido de que íbamos a morir irremediablemente.

Parecía que el A320 se iba a desintegrar en pedazos antes de poder detenerse por completo. Sin embargo, poco a poco y de manera gradual, el Airbus fue reduciendo su velocidad, mientras toda la cabina trepidaba violentamente y la estructura del aparato emitía unos sonidos nada tranquilizadores. Algo se desprendió con violencia en la zona de carga, estrellándose ruidosamente contra el suelo, pero eso fue todo. Finalmente, con un maullido quejumbroso, el aparato se detuvo por completo, mientras las turbinas aún maullaban, agotadas por aquel enorme esfuerzo estructural.

En aquel instante, los legionarios se levantaron y coordinadamente se dirigieron hacia la puerta. Mientras dos accionaban el mecanismo de apertura, un tercero fijaba una escala de cuerda en un soporte, para descender hasta la pista. Antes de que fuese capaz de pestañear tres veces los quince se habían descolgado por completo y se repartían en grupos sobre el asfalto agrietado.

Al cabo de pocos segundos oímos el primer disparo, y al poco rato, un par de largas ráfagas y una explosión rompieron el silencio de la pista.

El baile acababa de comenzar.