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mundocadaver
29 November 2007 @ 12:22 am
El tacto de la escalera de mano era áspero, y además se balanceaba violentamente mientras uno a uno íbamos descendiendo por ella hasta la pista del aeropuerto. Justo delante de mí bajaba Marcelo, el alto y silencioso argentino que nos había rescatado en Lanzarote meses antes. Aquel tipo estaba tan hermético como de costumbre, cosa extraña en un argentino, sin duda, pero sin embargo desprendía seguridad en todos sus movimientos. Yo, por mi parte, precedía a Pritchenko, que, excitado por estar de nuevo en el baile, tarareaba por lo bajo una melodía ucraniana indescifrable. Broto, el informático y la pequeña Pauli ya estaban en la pista, esperándonos junto a uno de los enormes trenes de ruedas del tren de aterrizaje.

Despistado, casi pegué un brinco cuando mis pies tropezaron con el cemento de la pista. Ya está, me dije. De nuevo aquí, una vez mas en el follón. Miré añorante hacia arriba, hacia la portilla del avión, hacia la seguridad. Desde la ventanilla lateral de la cabina de mando el copiloto, atento a toda la operación, nos dedicó un saludo burlón, mientras cerraba el plexiglás con gesto brusco. Condenados hijos de puta. Ellos estarían allí, calentitos y seguros mientras nosotros arrastrábamos nuestro culo por medio Madrid plagado de No Muertos. Sin embargo no había otra solución. Apenas quedaban dos docenas de personas en el mundo que supiesen pilotar un aparato de aquel tamaño, y nosotros teníamos allí a dos de ellas. Valían su peso en oro. No merecía la pena darle mas vueltas al asunto. Habría que jugar la partida con las cartas que nos habían tocado.

Me junté con el resto de los miembros de mi grupo, mientras aferraba con manos sudorosas la pistola que me habían entregado para aquella operación. Era una Glock de nueve milímetros, muy parecida a la que había tomado del cadáver del soldado de la Brilat en la puerta de mi casa, hacía un millón de años. Además, llevaba más de una docena de cargadores repartidos por varios bolsillos de mi mochila, así como en un par de fundas cosidas en la pernera de mi neopreno.

Había tenido que aguantar las miradas incrédulas y los comentarios graciosos de los legionarios durante todo el trayecto hasta allí a costa del neopreno, pero algo me decía que era una buena idea seguir vistiendo aquella prenda. Al fin y al cabo, me había mantenido vivo hasta aquel momento, y si algo funciona… ¿Por qué demonios cambiarlo? Además, tenía la convicción irracional de que mientras lo llevase puesto nada malo nos podría pasar ni a Prit ni a mi. De todos modos, hacía que me sintiese mejor, y solo por eso ya merecía la pena.

Observé que uno de los legionarios estaba hablando en aquel momento con Tank, con gesto preocupado. Algo no iba bien. Desde la distancia pude entender que uno de los grupos, el que se había dirigido al acceso que daba al Museo del Aire, no respondía a las llamadas de radio. Mierda.

Sentí que el pánico erizaba el vello de mi nuca. Si no éramos capaces de asegurar todos los accesos de aeropuerto, en poco minutos aquella pista estaría cubierta de miles de No Muertos. Serían tantos que el avión ni siquiera podría rodar para el despegue, no sin que las turbinas aspirasen media docena de cuerpos y reventasen en mil pedazos. Estaríamos atrapados para siempre.

En la valla que rodeaba toda la pista, una alta alambrada de acero reforzado de mas de tres metros de altura, ya se empezaban a congregar las primeras docenas de No Muertos. Eran una multitud de hombres, mujeres y niños que no cesaban de zarandear la empalizada, produciendo un sonido cacofónico y desordenado. Sonaba como si una pandilla de monos borrachos aporrease una malla de acero. Noté el sudor corriendo por mi espalda. Aquella valla de metal y cemento parecía firme, pero si por algún motivo cedía en un punto, estaríamos auténticamente jodidos.
En poco más de diez minutos ya se había congregado una muchedumbre de centenares de No Muertos junto al recinto, hasta donde se extendía la vista. Si no me equivocaba, en el plazo de una hora serían miles, o docenas de miles. Era capaz de imaginarme la enorme procesión de cadáveres que se debían estar acercando en aquel momento hacia Cuatro Vientos por los restos colapsados de la M-30. Lógico. Con el barullo que habíamos montado se nos tenía que haber oído en la otra punta de la ciudad abandonada.

-¡Ustedes!¡Vengan aquí!- Kart Tank nos llamó con un gesto seco, mientras extendía un mapa sobre el suelo- No tenemos mucho tiempo. Alfa Cuatro no da señales de vida y eso significa que deben haber tenido algún contratiempo serio-

“Contratiempo serio”. Bonito eufemismo.

- La puerta que comunica la pista con los hangares del museo está cerrada. Aquí estamos seguros- continuó Tank, mientras echaba un vistazo a aquella puerta a través de sus binoculares- Supongo que se deben haber quedado atrapados al otro lado, pero no tenemos tiempo para comprobarlo. Debemos continuar con el plan, antes de que se congreguen aquí un millón de estos seres-

- La valla parece que aguanta perfectamente- argumentó David Broto, el informático, con voz dubitativa. Se le veía asustado, como al resto.

-Esa valla no ha sido diseñada para aguantar la presión de varios miles de cuerpos contra ella, señor- Replicó el legionario que estaba al lado de Tank, un sargento alto y muy moreno, con profundas arrugas en la cara y expresión seria- Créame, si les damos el suficiente tiempo, se juntarán muchos de esos hijos de puta ahí fuera, y entonces esa jodida valla cederá, y no le va a gustar lo que sucederá entonces, señor-


-¡No tenemos tiempo que perder!- interrumpió Tank, tajante, mientras señalaba dos solitarios helicópteros, que me sonaban vagamente familiares, posados cerca de la torre de control - ¡Corran hacia sus respectivos helicópteros y póngalos en marcha como sea! ¡Me da igual lo que tengan que hacer, pero esos pájaros tienen que estar volando YA! ¡Tienen quince minutos, ni uno mas, o habrá problemas para todos!- Se giró de nuevo hacia el legionario, que permanecía de pie, inmutable, a su lado- ¡Sargento, que sus hombres organicen patrullas por el perímetro, pero que no se acerquen a menos de tres metros de la valla!… ¡y queme esos condenados cuerpos, antes de que empiecen a oler!