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mundocadaver
30 November 2007 @ 01:12 am
Sin darme cuenta, comencé a correr hacia los helicópteros, con Pritchenko a mi lado. Alguien nos había tendido un largo paquete envuelto en hule, que pesaba una barbaridad. Pronto comencé a jadear, maldiciendo entre dientes cada vez que aquel condenado fardo me resbalaba entre las manos. Íbamos siguiendo a Pauli y a Marcelo, que llevaban entre ambos un par de cajas de madera no menos pesadas que el bulto que nos habían empaquetado a Viktor y a mi. Broto, por su parte nos seguía al trote, cargado con su mochila, y una expresión angustiada pintada en su rostro.

Cuando alcanzamos el helicóptero me desplomé al lado del aparato resoplando como un tren de mercancías. El otro equipo aún estaba corriendo en dirección a las pequeñas avionetas estacionadas en un lateral de la pista de despegue. Intrigado, observé que el pequeño autobús eléctrico se dirigía hacia ellos, transportando una serie de vainas cilíndricas pintadas de rojo. Supuse que serían contenedores de material vacíos, listos para ser cargados de medicamentos en cuanto llegásemos a nuestro destino.

Si llegábamos.

Lo cierto era que cada vez giraba la vista hacia el vallado que delimitaba la pista se me ponía la carne de gallina. Docenas de No Muertos seguían afluyendo de todas partes, incesantemente. Aquella zona estaba densamente poblada antes del Apocalipsis, y a menos de dos kilómetros había un enorme centro comercial. Aquel punto tenía que ser una zona “caliente” a cojones. Hasta a Viktor se le había borrado la sonrisa de la cara.

-Tené, pibe- Marcelo se giró y le tendió algo con el puño cerrado a Broto- Guárdalo por si acaso, y utilízalo bien. Te puede hacer falta-.

El informático cogió lo que el argentino le daba. Por un segundo se quedó contemplando aquel objeto con cara de no entender nada. Lentamente levantó la mirada y abrió la palma de la mano. En ella brillaba un reluciente proyectil de cobre de 9 Mm.

-¿Para que me das esto?- pregunto, extrañado.

-Es la tuya. No se si vos habés dado cuenta, pero ahora mismo tenemos mas podridos a nuestro alrededor que munición disponible. Aún acertando todos y cada uno de los disparos, nos quedaríamos cortos. Así que si te ves en problemas, ya sabés….¡Pum!- remató Marcelo, mientras apuntaba una imaginaria pistola a su sien.

Broto empalideció visiblemente, mientras se guardaba el proyectil en su bolsillo, con manos temblorosas. Era el único en la expedición que iba desarmado, y supongo que en aquel momento había caído en la cuenta que quizás no había sido buena idea rechazar la Glock que le ofrecieron en las Canarias.

-¡Oh, vamos, Marcelo, no seas tan cabrón y deja al chaval en paz!- espetó Pauli, mientras le propinaba un amistoso puñetazo al argentino.

-Pura aritmética, chico- continuó el argentino, haciendo caso omiso de Pauli, mientras señalaba alternativamente nuestras armas y la multitud salvaje del otro lado de la valla- Pura aritmética- Tras esto se giró hacia el helicóptero y comenzó a desempaquetar el bulto que habíamos acarreado Viktor y yo.

-No le hagas caso- dijo Pauli en tono tranquilizador, girándose hacia el tembloroso David- Tan solo quiere meterse contigo. No le gusta estar aquí, no le gustan los No Muertos y no le gusta tener que hacer de niñera de gente inexperta como tu, así que está de mal humor. Si todo va según lo planeado, no estarás mas cerca de los No Muertos de lo que estamos ahora, así que no te preocupes ¿Vale?-

Miré a la pequeña catalana y pude distinguir un brillo de preocupación en sus ojos. Las cosas no iban a ser tan sencillas como le acababa de decir a Broto, y ambos lo sabíamos. Por lo menos sus palabras parecían haber tranquilizado al informático. Algo era algo.

Mientras tanto, Pritchenko se había deslizado en la cabina de mando y pulsaba frenéticamente un montón de controles, mientras comprobaba los niveles de combustible y fluidos del enorme y blanco SuperPuma. Gran parte del panel de mando estaba iluminado, lo que indicaba que al menos el sistema eléctrico y la batería estaban intactos. Menos mal.

Había algo que llamaba inmediatamente la atención en aquel aparato. Pese a ser una nave militar, estaba pintada íntegramente de blanco, desde el morro a la cola, excepto una franja azul y roja que recorría un costado. El lema “Fuerza Aérea Española”, se leía a duras penas debajo de la gruesa costra de polvo y cenizas que cubría todo el SuperPuma, tras meses yaciendo en aquella pista abandonada.

Armándome de valor, tiré de la palanca de apertura de la puerta. Con un gemido, el portón lateral se abrió, transformándose en una escalera de acceso. Amartillando la pistola, subí los tres escalones, mientras notaba como la adrenalina, esa vieja conocida, volvía a rugir en mis venas, como una droga.

Para mi sorpresa, en vez de los asientos corridos comunes había unos confortables sillones de cuero, cubiertos de una capa de polvo mas fina que la del exterior; de algún modo había logrado filtrarse hasta allí.

Me introduje con cautela en el aparato, intrigado. Mis ojos tardaron un par de segundos en adaptarse a la penumbra del interior, ya que las ventanillas estaban cubiertas totalmente de suciedad por el exterior. Casi a ciegas, le propiné una patada a algo caído en el suelo. Era un objeto alargado y cilíndrico, que se fue rodando hasta una esquina con un sonido apagado. Me agaché a recogerlo. Era un bastón de caoba, con una empuñadura de plata repujada y una especie de sello grabado. Extrañado, me acerqué a la puerta, para tratar de distinguir el dibujo.
De golpe, mi mirada se detuvo en una fotografía que campeaba en un marco situado justo encima del mamparo interior. Me quedé congelado por unos segundos, mientras mi mente trataba de asimilar aquel diluvio de información. Ya sabía quien era el dueño del bastón. La hostia puta. Increíble, pero cierto.

Broto entró en aquel momento, arrastrando su pesada mochila, y descubrió la foto a su vez.

-Seguramente los evacuaron desde el Palacio de la Zarzuela hasta aquí en este helicóptero- comentó, como quien habla del partido de ayer- Aquí les esperaría un avión, y después, ya sabes….-

Después, aquel SuperPuma había estado tragando sol, lluvia, polvo y ceniza durante meses, hasta que habíamos llegado. Por eso en Canarias sabían que en Cuatro vientos habría al menos un helicóptero esperando por nosotros. Hasta aquel momento. Que cosas.

-¿Qué coño hacéis ahí atrás?- gritó Pauli, mientras aparecía por la puerta arrastrando una de las cajas de madera- ¡Echad una mano, joder, que estas putas cajas no van a entrar solas!-

Como rayos, Broto y yo nos abalanzamos sobre la primera caja. Un jeroglífico de siglas bailaba sobra la tapa, pero pude distinguir perfectamente las cifras “7,62 X 51 mm” estarcidas en negro sobre la madera. Munición de ametralladora. Levanté la mirada. Marcelo había desenvuelto el paquete de hule que habíamos arrastrado Viktor y yo hasta allí. Una enorme ametralladora MG 3, de aspecto malévolo y aún brillante de aceite reposaba en su interior. Silbé por lo bajo. Desde luego, por potencia de fuego, no iba a ser. Faltaba por saber si aquello sería suficiente.

Un tosido bronco sonó desde las turbinas, acompañado de una nube de humo mezclada con polvo. Las palas de la hélice comenzaron a girar lentamente mientras el motor del Super Puma cobraba vida de nuevo con un silbido.

-¡Todos a bordo!- rugió Prit desde la cabina de mando-¡Nos vamos!-