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mundocadaver
13 December 2007 @ 08:40 pm
Madrid está muerto.

Creo que no queda nadie aquí, un lugar donde un día vivieron, respiraron y soñaron casi seis millones de personas. Nadie excepto Ellos, claro está. Se que no me debería sorprender, pero no puedo evitarlo.

La ciudad se extiende, silenciosa, a lo largo de kilómetros, y ni un solo sonido rompe su quietud. El SuperPuma cruzaba la ciudad a toda velocidad, y las calles y plazas se deslizaban rápidamente bajo nosotros a no mucha altura. Prit dice que es mejor así, ya que seremos menos visibles y que el sonido de los motores rebotará de tal manera que será imposible localizar su origen, pero pasar tan cerca de los tejados de los edificios me pone sumamente nervioso, sobre todo en un aparato tan poco fiable como este. Por todas partes se repiten las mismas escenas. Avenidas vacías, solo punteadas aquí y allá por algún vehículo atravesado de cualquier manera en la calzada. Restos de basura, cristales rotos y esqueletos apolillados parecen estar por todas partes. El parque del Retiro parece haberse transformado en una autentica jungla, y muchos de su caminos ya ni se distinguen, devorados por la maleza. La Castellana es un inmenso paseo fantasmagórico, solo cruzado por enormes torbellinos de polvo que sacuden las pocas farolas que quedan en pie. Sorprendentemente, los diez carriles de esta enorme vía están totalmente despejados de vehículos, seguramente por haber sido cerrada al tráfico antes del colapso final, pero eso tan solo sirve para darle un aspecto aun mas fantasmal. Un solitario Volvo con las ventanas cubiertas por barrotes soldados es el extraño contrapunto que rompe el vació de la avenida. No puedo ni imaginarme que llevó a su conductor a detenerse, ni que habrá sido de él o ella.

Aquí y allá se pueden contemplar enormes montoneras de esqueletos y momias apolilladas, marcando los lugares donde alguien hizo frente a los No Muertos. En todos los casos esas montañas de restos están cerca de un charco de brillantes casquillos de cobre vacíos. Lamentablemente, las montañas de restos, aunque abundantes, son tan solo una pequeña gota de agua comparada con el enorme océano de No Muertos que infesta las calles.

Es un espectáculo singular. Las aceras y las calzadas están plagadas de miles de esos seres, sumidos aparentemente en un estado de trance, o hibernación, o vete tu a saber que. En cierto modo es como contemplar una foto aérea de una calle, un instante congelado en la vida normal de una ciudad. Lo único que rompe esa ilusión son las ropas rasgadas y cubiertas de sangre de los personajes, y eso los que aún conservan algo de ropa que no parezca un montón de harapos. Sólo cuando el ruido de las aspas o la sombra de nuestro helicóptero pasa sobre los No Muertos parecen salir de su estado de suspensión y reaccionar.

-Mirad allí!- gritó Broto, con incredulidad, apuntando hacia un punto en el suelo.

En aquel momento pasábamos al lado del estadio Santiago Bernabeu. Todas las entradas y salidas estaban bloqueadas con vehículos pesados y contenedores industriales, y la concentración de cuerpos apolillados en las aceras que rodeaban el gigantesco campo era mucho mayor que en otras partes. Una especie de andamio recorría la fachada sur a media altura, comunicando dos boquetes abiertos en la cara del estadio, por algún motivo que ninguno de nosotros acababa de comprender. Estaba claro que aquel había sido en su momento un punto de resistencia, pero ya no parecía haber nadie allí. Las gradas estaban cubiertas de multitud de chozas semiderruidas y algunos plásticos harapientos flotaban fantasmagóricamente, colgados de restos oxidados de hierros. El césped del campo se había transformado en un enorme lodazal, cubierto en mas de la mitad de su extensión por docenas de pequeños bultos irregulares, y en una esquina, donde debería haber estado una de las porterías alguien había dibujado un enorme mensaje que rezaba “AYUDA” con sillas arrancadas del graderío

-¿Qué diablos será eso?- pregunté en voz alta, intrigado, señalando los bultos.

-Tumbas- respondió Marcelo quedamente. Su semblante era sombrío, y pude ver una gota de sudor resbalando por su cuello- Es un cementerio-

Callamos todos por un momento, consternados. Me imaginé la angustia de las personas allí sitiadas, a medida que iban transcurriendo los meses, sus provisiones se iban acabando y nadie respondía a su mudo grito de auxilio. Me figuré la desesperación que debieron sentir cada vez que uno de ellos fallecía a causa del hambre, la enfermedad, los No Muertos o sabe dios lo que. Por un instante pude sentir el pánico sofocante que tuvieron que atravesar, a medida que pasaban los días e iban siendo conscientes de que estaban condenados, que nadie iba a acudir en su auxilio. Era espantoso.

-Fíjate- comento Pauli- las ultimas tumbas parecen estar casi a ras de tierra. Supongo que ya no les quedaban fuerzas ni para enterrar a los suyos-

-¿Crees que aún queda alguien ahí?- pregunté

-No lo creo- respondió Marcelo- pero de todas formas, no podemos pararnos a averiguarlo- Me miró de hito en hito- Esto no es una misión de rescate, boludo, vos lo sabés tan bien como yo-

Me callé mi respuesta. Sabía que el argentino tenía razón, pero me rebelaba a aceptarlo tan friamente. Era consciente de que si yo no me hubiese atrevido a salir de mi casa, hacia año y medio, probablemente sería un indigente medio chalado revolcándome en mi propia miseria dentro de los confines de mi carcel-hogar. Y también me imaginaba la sensación tan horrible que supondría ver pasar un helicóptero por encima de mi y que no me rescatasen. Era mejor no pensarlo ni siquiera.

-¡Todo el mundo listo ahí atrás!- sonó la voz de Kurt Tank por el intercomunicador- ¡Hemos llegado!

Estiré el cuello, para ver a través del parabrisas, y al instante me arrepentí de haberlo hecho. La enorme torre del Hospital La Paz se recortaba nítidamente en el horizonte, como un monolito solitario. Y a sus pies, en medio de los restos destrozados de lo que un día había sido el Punto Seguro Tres, una masa rugiente de No Muertos se giraba en aquel momento hacia el origen del ruido que los había sacado de su letargo.

Nos esperaban. Y no era capaz de imaginarme como íbamos a cruzar aquello.