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Entrada 40

-¿Cómo coño vamos a aterrizar ahí?- Preguntó Broto, visiblemente nervioso-¡ Nos harán picadillo antes incluso de que podamos salir del helicóptero!

-Tranquilo, che- Respondió Marcelo, curiosamente tranquilo- Todo está previsto, no vos preocupés- E impasible, se encendió un cigarrillo mientras miraba con ojo clínico a la muchedumbre de debajo.

Lo cierto es que me hubiese gustado estar tan tranquilo como el argentino, pero sin embargo, en mi fuero interno estaba convencido de que era el informático quien tenía razón. Mientras Viktor trazaba vuelta tras vuelta sobre la explanada situada a los pies de la torre del Hospital de La Paz, la situación no dejaba de empeorar. Justo debajo de nosotros se arremolinaba una multitud que debía rondar los cinco o seis mil No Muertos, y cada minuto que pasaba mas y mas monstruos confluían en la explanada, provenientes de todas las calles adyacentes.
La puerta del Hospital parecía la salida de un estadio al acabar un partido, con docenas de esos seres apelotonándose y pugnando por salir, trastabillando y tropezando.

Por un segundo pude contemplar horrorizado como incluso unos cuantos de ellos caían al vacío desde las ventanas hechas pedazos de las plantas superiores. Me consta que esos seres no tienen tendencias suicidas, pero el hecho de ver a nuestro helicóptero revoloteando a su altura había sido mas fuerte que el sentido de la conservación de algunos No muertos que pululaban por las plantas superiores. Sedientos de sangre, se habían lanzado por el hueco de las ventanas en un vano intento por alcanzarnos. Los que caían, simplemente se limitaban a girar dando vueltas, como un fardo de ropa sucia, hasta que se estrellaban con un sonido sordo contra el suelo, varias docenas de metros más abajo.

-¡Joder, es increíble!- masculló Pauli, mientras le daba un codazo a su colega argentino-¡Ese hijo de la gran puta aún se mueve después del hostiazo que se ha mandado desde la décima planta! ¡No me lo puedo creer!

El argentino estiró el cuello, para ver al No Muerto que la pequeña catalana le señalaba con tanto interés. Aquel pobre diablo era un tipo joven, desnudo de cintura para arriba, que había tenido la mala fortuna de no romperse el cráneo en la caída. Sin embargo, debía haberse dejado la espina dorsal en el intento, porque estaba tumbado en el suelo, con un reguero de líquidos oscuros manando de su cuerpo, seguramente por haber reventado todos sus órganos internos a causa del impacto, mientras se veía sacudido por movimientos espasmódicos, al tiempo que trataba en vano de incorporarse.

-No te preocupes, Paulita- comentó de manera casual el porteño- No le queda mucho.

-¿Por qué dices que no le queda mucho?- pregunté ¿Qué diablos vamos a….?

Mi pregunta quedó interrumpida por un chisporroteo en el intercomunicador del Super Puma, seguido por la voz seca de Tank.

-¡Ya es suficiente! ¡Deben haber salido casi todos!¡Adelante, Segundo Grupo!

El helicóptero trazó una larga elipse, alejándose de la vertical de la plaza. Antes de que tuviese tiempo a plantearme que diablos estaba pasando, un sonido ronco cortó en seco todas las conversaciones apresuradas de la cabina. El helicóptero se ladeó imperceptiblemente cuando todos los tripulantes nos acercamos al lado derecho, tratando de identificar el origen del sonido. Y entonces, totalmente asombrado, pronuncié un sonoro y rotundo “Joder”.


Al principio no podía ver nada. Después, al cabo de unos segundos, adiviné dos pequeños puntos moviéndose a gran velocidad, recortados contra el cielo, dirigiéndose hacia nosotros. A medida que el tamaño de los puntos aumentaba empezamos a distinguir todos los detalles de aquellas máquinas voladoras, que ronroneando devoraban los metros que les separaban de la plaza.

-¿Qué…? ¿Qué….? ¿Pero que…..? ¿Qué coño es eso?- Acerté a preguntar, estupefacto. Tenía la sensación de estar viviendo alguna clase de extraño sueño.

-¡Son dos “Buchones”!- respondió David Broto, alborozado, mientras pegaba la nariz al cristal de la ventanilla- ¡Oh, joder, los están haciendo volar!¡Es increíble!- El informático pegaba botes de excitación mientras me señalaba los dos aparatos, que en aquel momento ya eran perfectamente visibles y trazaban una elegante vuelta en torno a la torre de La Paz.

-¿Alguien puede explicarme que coño es un “Buchón” y de donde han salido, por favor?- pregunté exasperado, por encima de la enorme algarabía que reinaba dentro del helicóptero. Todo el mundo hablaba o gritaba a la vez, y aquello parecía una casa de locos

-¡Son dos Buchones, dos Hispano Aviación!- me gritó por encima del ruido David Broto, mientras no le sacaba ojo a los aviones de hélice que continuaban aproximándose.

Al ver la expresión de mi cara, se dio cuenta de que no había entendido nada, por lo que continuó explicándose- ¡Después de la II Guerra Mundial, el gobierno franquista consiguió de alguna manera los planos y las licencias del ME-109, el avión de caza del ejercito nazi, y comenzó a fabricarlos para equipar al ejercito del Aire español. Como las fábricas de motores alemanas habían sido destruidas en la guerra, decidieron colocarle los motores Rolls-Royce de los Spitfire ingleses. Estuvieron en servicio casi hasta los 60, pero hace años que solo quedan unos cuantos ejemplares en los museos ¡Dos Buchones! ¡ Esto es algo increíble!- barbotó excitado el informático, mientras su atención se centraba de nuevo en los aeroplanos.

Jodido Tank, pensé para mis adentros. De alguna manera el otro equipo había conseguido en tan solo un par de horas poner en marcha aquellos dos pájaros de los años 40 que cogían polvo en el Museo del Aire, y ahora se cernían amenazadores sobre la multitud de No Muertos que parecía haber enloquecido con la barahúnda de los motores que los sobrevolaban.

-Fíjate bien, compañero- Me dijo Marcelo, mientras me hacia un hueco a su lado en la ventanilla abierta donde apoyaba la MG- Empieza el espectáculo.

Los dos Buchones hicieron un último giro a poco más de un kilómetro y enfilaron directamente la plaza situada a nuestros pies. Solo entonces fui consciente de que debajo de cada uno de los aparatos pendían los contenedores de color rojo que había visto carretear trabajosamente al otro equipo en el autobús del aeropuerto. Allí colocados bajo las alas, con su forma de puro, comprendí de golpe que era lo que iba a pasar.

-¡NAPALM!- Grité, sin poder contenerme. Oh, joder, aquello iba a ser terrorífico.

Los dos aeroplanos cruzaron la plaza a muy poca altura, apenas a poco más de cien metros. Como si hubiesen estado esperando una señal, de repente los contenedores rojos de debajo de sus alas se desprendieron y cayeron girando lentamente sobre la multitud que estaba en tierra.

Las espoletas se activaron al cabo de un par de segundos, en cuanto los contenedores tocaron tierra. Varias enormes bolas de fuego y humo negro explotaron casi simultáneamente. Las gigantescas llamas se elevaron durante unos instantes a una altura asombrosa, mientras un formidable estallido retumbaba en toda la ciudad.
El helicóptero se sacudió de repente, como sacudido por un gigantesco puñetazo de aire. Oí que Prit soltaba un enorme chorro de palabras en ruso. Me pregunté que diablos pasaba por la cabeza del ucraniano en aquel momento. Las bolas de fuego se habían transformado en una única y gigantesca pelota anaranjada, veteada por líneas oscuras de humo, mientras salpicaduras del gelatinoso Napalm salpicaban aquí y allá. Me aparté de la ventanilla, sofocado por el intenso calor que generaba el fuego. Pese a estar a varios cientos de metros podía sentir la temperatura descontrolada que salía de aquel infierno. La propia estructura de la plaza, rodeada de altos edificios, la había transformado en una gigantesca cazuela, concentrando el efecto del napalm. Las llamas se reactivaban a si mismas a causa de los remolinos de aire que generaba el propio calor, en un efecto seguramente imprevisto.

Kurt Tank parecía encantado con aquello, a juzgar por sus comentarios por radio. En cierto sentido, tenía toda la razón del mundo. No iba a quedar mucho en pie allí abajo, después de aquello.

Al cabo de unos instantes que se me hicieron interminables la bola de fuego comenzó a decrecer, una vez consumido todo el combustible, mientras las columnas de humo negro se iban concentrando en una solitaria y altísima única columna que tenía que ser visible a kilómetros de distancia.

-¡Mirad eso!- aulló uno de los legionarios- ¡Los hemos jodido bien jodidos, si señor!

Todo el helicóptero prorrumpió en gritos excitados. La enorme muchedumbre que un momento antes se concentraba en la plaza se había visto reducida a unos cuantos cientos de antorchas humeantes que se tambaleaban, consumiéndose en medio de las llamas, y desplomándose poco a poco. La inmensa mayoría de los cuerpos ardía lentamente en el suelo, despidiendo unas llamas de color azulado o de un verde venenoso, conformando una inmensa capa negruzca que tapizaba toda la extensión de la plaza. Una vaharada penetrante a carne quemada asaltó mis fosas nasales, hasta el punto de hacerme lagrimear. Aquella era una escena salida del Averno.

-¿Cómo han podido arder así?- le preguntaba Broto a Pauli, en aquel momento- ¡Es alucinante! ¡ La mayoría se ha achicharrado hasta los huesos en pocos minutos. Es… es…. es…la hostia!!- acertó a balbucear, incapaz de apartar su mirada de aquel tapiz carbonizado.

-Es muy sencillo- respondió la catalana, mientras se ajustaba las cinchas de su chaleco- La mayor parte de los que estaban ahí abajo llevaban muertos mas de un año, o No Muertos, o como cojones los quieras llamar. El hecho es que, pese a que lo hacen muy lentamente, están sufriendo un proceso de putrefacción continuado, y todo proceso de descomposición genera….

-Gases- le interrumpí quedamente, entendiendo de golpe lo que acababa de suceder.

-Metano, en su mayor parte- asintió Pauli- Cuanto mas tiempo llevan en ese estado, mayor concentración de gases y de grasas saturadas de metano tienen en sus cuerpos. Los que han ardido como cerillas seguro que cayeron en los primeros días y llevaban dando vueltas por ahí desde entonces. El resto….- señaló con la barbilla a las pocas figuras que se tambaleaban aún de pie en medio de la dantesca plaza- Posiblemente solo llevasen unos cuantos meses como No Muertos. ¡Y ahora vamos a remediarlo!- terminó con un grito dirigido a todo el grupo.

El grito de Pauli levanto aullidos de aprobación en todos los presentes. La excitación recorría a oleadas la cabina, mientras el helicóptero descendía lentamente hacía tierra, confiados en una misión mas fácil de lo previsto.

Sin embargo, yo no sentía nada de eso. Tan solo una infinita tristeza, pensando en las miles de vidas que, de algún modo, acabábamos de segar. Angustia, pensando en que todos los de abajo no eran muñecos de trapo, sino personas que algún día habían tenido vida y sueños propios, y que no se merecían haber acabado así. Desolación, pensando en que solo por circunstancias y azar no había terminado yo como la mayoría, como uno de los innumerables No Muertos.

Pero sobre todo sentía miedo, pánico, me atrevería a decir.

Porque en breves instantes íbamos a entrar en aquel Hospital. Y de todo aquel equipo, solo Viktor Pritchenko y yo intuíamos por experiencia los horrores que nos podían esperar allí dentro.
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