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Entrada 43

Las escaleras de caracol retemblaban bajo nuestros pies, a medida que íbamos subiendo hacia el tercer piso, en medio de crujidos nada tranquilizadores. Pequeños chorretones de oxido caían de las junturas, a medida que los miembros del equipo íbamos subiendo tramo tras tramo. Daba la sensación de que aquella escalera ya era poco utilizada antes incluso del Apocalipsis, posiblemente a causa de su mal estado. Todas las superficies, hasta donde alcanzaba la vista, estaban cubiertas de una espesa capa de ceniza y polvo, que se levantaba a nuestro paso en forma de nubes blancas que nos hacían estornudar y que le daba un aspecto irreal y un tanto siniestro a la atmósfera. Alguien, un par de puestos por detrás iba silbando entre dientes, nervioso. Era agobiante.

Finalmente llegamos a la tercera planta. Una puerta de emergencia, reforzada por una cadena de gruesos eslabones nos cortaba el paso en aquel punto. Me dejé caer, sin resuello, sobre uno de los últimos escalones, al igual que la mayoría del grupo. El aire extremadamente seco, el calor generado por la bola de napalm y el polvo que se arremolinaba a nuestro alrededor nos provocaba una sed terrorífica.
Con manos torpes desenrosqué la cantimplora y pegue un par de tragos largos. Resoplando, le pasé la cantimplora a Broto, que había desplomado sus buenos ciento y pico kilos de peso a mi lado, haciendo trepidar toda la estructura. El informático bebió durante un largo rato. Fascinado, era incapaz de apartar mi mirada de su nuez, que subía y bajaba mientras se trasegaba media cantimplora como quien bebe un chupito. Finalmente tomó aire y me tendió de nuevo el recipiente, con un largo eructo y un sentido “gracias”.

-¿Cómo vamos a abrir esa puñetera puerta?- Me preguntó, tras un rato de agradable silencio.

-No tengo ni idea, pero no me cabe la menor duda de que Tank tendrá algo pensado al respecto-Respondí, buscando inútilmente un cigarrillo dentro de mi bolsa. Recordé de repente que mi último paquete había quedado apoyado en uno de los asientos del Super Puma que nos había llevado hasta allí.

-¿No te parece raro lo del helicóptero?- Musitó de repente Prit, a mi lado. Me sobresalté, sorprendido. No lo había oído llegar, silencioso como un gato sobre sus zapatillas deportivas. El ucraniano llevaba un buen rato callado y pensativo. Conocía suficientemente bien a Pritchenko como para saber que algo le rondaba la mente.

-¿A que te refieres?- pregunté, bajando la voz.

-A que aterrizar en medio de esa plaza de ahí abajo y dejar el aparato abandonado entre esa masa de fiambres es bastante estúpido- replicó Víktor, mientras observaba aparentemente distraído como un par de legionarios colocaban una delgada tira de plástico explosivo en los goznes de la puerta- Lo lógico hubiese sido aterrizar el tiempo justo para que el equipo desembarcase y a continuación elevar vuelo, y permanecer dando vueltas por la zona hasta que llegase el momento de recogernos de nuevo. Pero dejar el aparato ahí abandonado, en medio de esa plaza es…es…. No tiene sentido, eso es todo-concluyó Prit con un movimiento de cabeza.

El ucraniano tenía razón. Docenas de No Muertos continuaban afluyendo a la plaza, llamados por el ruido de los disparos. Muchos parecían desorientados por el calor que desprendían los cuerpos carbonizados del suelo, pero la mayoría avanzaban lenta y silenciosamente, como siempre, hacía el pie de la escalera, atraídos por nuestra presencia. Algo más de un centenar de ellos rodeaban el aparato, e incluso uno o dos se las habían ingeniado para acceder a su interior, o al menos eso me parecía desde la distancia. Realmente, desde allí no lo podía distinguir demasiado bien a causa del humo y el polvo.

-¿Podremos volver al helicóptero, verdad?- preguntó Broto, que había escuchado nuestra conversación con expresión ansiosa.

-Lo dudo mucho-repliqué-Pero espero que Tank tengo pensado algún plan alternativo, porque si no…-Mi frase quedó colgando en el aire durante un par de segundos, antes de ser interrumpido por el movimiento apresurado al levantarse de los que estaban sentados delante de nosotros.

-¡Atrás!¡Todo el mundo atrás!- Uno de los legionarios había desenrollado un cable desde la sustancia plástica de la puerta hasta un punto situado un par de escalones más abajo y en aquel momento lo conectaba a una caja metálica del tamaño de un paquete de cigarrillos con un botón en su parte superior.

-¡Mierda!, Esto va a hacer mucho ruido. Vámonos de aquí, colega- masculló por lo bajo Prit mientras ayudaba a Broto a levantarse. El catalán había enredado su mochila entre dos barrotes de la escalera y parecía un enorme caracol atascado, tratando inútilmente de liberarse. Finalmente lo levantamos entre ambos y abandonamos aquel descansillo.

Nos colocamos detrás del legionario del explosivo. Tras cerciorarse de que no quedaba nadie en el piso superior, el artificiero levantó el seguro del botón. Abrí un poco la boca, anticipándome a la explosión, tal y como me habían enseñado en el curso acelerado en las islas, para no dañarme los tímpanos.

Justo en ese instante sonaron un par de ráfagas de ametralladora en la parte baja de las escaleras, junto con unos gritos excitados. Los No Muertos habían comenzado a subir y los de la parte trasera de la columna les estaban dando de lo lindo. Su posición era ventajosa, pero con tan poco munición como teníamos no podrían mantenerlos a raya mucho tiempo.

Algo por el estilo debió pensar el artificiero. Con un movimiento de muñeca apretó el detonador. Una explosión sorda, apagada, poco más que un petardazo, y una nube de humo de olor químico nos llegó desde la planta superior. Un trozo de cemento de considerables dimensiones salió disparado por encima de la barandilla, para caer sobre la masa de No Muertos de la plaza, pero eso fue todo, al menos por lo que podíamos ver desde allí.

-¡Hay que subir!-Oí rugir a Tank desde el centro de la columna- Los de adelante ¡Moved el culo, cojones!-

Prit y yo nos miramos. Como habíamos sido los últimos en bajar éramos los primeros de la fila, junto con el artificiero y el sudoroso informático. El resto se había olido la tostada y nos habían “cedido” amablemente la vanguardia, entretenidos como estábamos levantando a Broto.Menuda faena.

-Estamos jodidos ¿verdad, colega?-pregunté, desolado, mientras me colocaba inconscientemente la parte superior del neopreno.

-Quien sabe- contestó el ucraniano con una sonrisa tensa en la cara, mientras revisaba por enésima vez el cargador de su HK- Quien sabe…pero por si acaso, pégate a mi culo ¿de acuerdo?-

Y con paso decidido subió el último tramo de escaleras, listo para entrar en el interior del edificio.
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