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Entrada 44

Acordándome de todos los muertos de Tank, subí el último tramo de escaleras pisándole los talones a Víctor. El descansillo estaba tal y como lo habíamos dejado apenas unos segundos antes, con la salvedad de que la puerta parecía haber sido arrancada de la pared por el puñetazo de un gigante. Donde antes habían estado los goznes tan solo quedaban dos enormes agujeros de los que se desprendía una fina lluvia de hormigón y ladrillo triturado. La puerta en si misma yacía retorcida contra la barandilla donde habíamos estado apoyados.

Prit se hallaba arrodillado frente al vano de la puerta, con el HK apuntado hacia el interior. Resoplando, me situé a su lado, esperando su siguiente movimiento. Tenía claro que el ucraniano sabría manejar la situación mucho mejor que yo.

--Ahí dentro está mas oscuro que el culo de un grillo- resopló por lo bajo.

-Espera- repliqué, volviéndome hacia atrás- ¡¡Broto! ¡Broto! ¡Me cago en la leche, acércate hasta aquí, joder!.

El catalán trotó hasta nuestra posición, dejando caer su fusil en el trayecto. Azorado, se detuvo a recogerlo de nuevo, golpeando entonces con su mochila al artificiero que estaba justo detrás de él. Un torrente de juramentos acompañó al pobre informático hasta nuestra posición.

-Eh, tío- le dije cuando se arrodilló a mi lado, apoyándole una mano en el hombro- Procura tranquilizarte ¿Vale?- Broto asintió con la cabeza, mientras sus ojos giraban desorbitadamente en todas direcciones. Estaba claro que preferiría estar en cualquier otro lugar en aquel preciso instante.

-¿Tienes una linterna en tu mochila?- pregunté.

-S-s-s-si- respondió Broto, revolviendo en su macuto. Tras una furiosa búsqueda, sacó triunfalmente una Polar Torch muy similar a la que yo había llevado conmigo hacía una eternidad, el día que me vi en la tesitura de escapar de mi casa, en Pontevedra o quedarme allí hasta morir de hambre.

Agité la linterna, como de costumbre y a continuación la encendí, apuntando hacia el interior del edificio. El humo y el polvo levantado por la explosión aún no se había despejado por completo y miriadasd de pequeñas motas bailaban alocadamente en el haz de luz que proyecté hacia el interior, reflejándose en un millón de direcciones.
De repnte una sonora explosión sacudió la atmosfera y toda la escalera retemblo con violencia, seguido de un crijido desgarrador, como si un gigantesco folio se rasgase en dos pedazos.

-¿Qué ha sido eso?- Pregunté. Alarmado.

-Creo que han volado un tramo de escaleras un poco mas abajo- Respondió Pritt, tras echar un vistazo por encima de la barandilla. Al apoyarse en el tramo de hierro oxidado este cedió con un gemido, soltando una nubecilla de óxido. El ucraniano retrocedió cuidadosamente, mirando con desconfianza todo el rellano.

-Toda esta mierda de estructura se puede venir abajo en cualquier momento, sin necesidad de mas explosivos. –Afirmó mientras se acercaba a la puerta arrastrando nuestras mochilas- ¡Salgamos de aquí antes de que sea demasiado tarde!.

Viktor estaba en lo cierto. La vieja estructura, que ya amenazaba ruina antes de nuestra llegada, ahora se encontraba en un estado límite. El intenso calor del napalm y las vibraciones producidas por nuestro equipo al subir habían dejado a las escaleras al borde del colapso, pero la explosión para volar un tramo de escalones e impedir así el acceso de los No Muertos había sido la puntilla. Toda la estructura crujía y temblaba, a punto de derrumbarse, mientras chorros de polvillo de cemento caían por doquier.

-¡Vamonos de aquí!- aulló alguien por detrás, y aquel grito pareció espolear a los legionarios hacia la puerta. Creí reconocer la voz de Marcelo y la de Tank jaleando a sus hombres para que subiesen la escalera, pero no me quedé a comprobarlo. La situación se empezaba a poner complicada.

Los pernos que sujetaban la escalera al edificio empezaban a saltar con un sonido metálico, transformados en peligrosos proyectiles metálicos de doce centímetros de longitud y la situación empeoraba por momentos. Un tramo situado más arriba se soltó con un enorme estruendo y cayó rebotando a lo largo de varios pisos hasta estamparse contra el suelo, varias decenas de metros más abajo. Oí un aullido de dolor cuando alguien resultó alcanzado por un fragmento de acero, pero no pude distinguir de quien se trataba. La nube de polvo que ya nos envolvía no me permitía distinguir más allá de apenas medio metro.

Agarrando una manga de Broto me lancé hacia el interior del edificio. Viktor nos seguía, brincando como un perdiguero, y justo detrás suya se apelotonaban dos docenas de aterrorizados legionarios, sobre la superficie tambalenate de la estructura.

El interior era oscuro como el fondo de un pozo a medianoche, pero maravillosamente fresco comparado con el exterior.Pese a la linterna apenas podía ver nada a través del polvo. Broto se soltó de mi mano con un grito apagado, como si algo le hubiese alcanzado. Me giré a ciegas, palpando con mis brazos por delante, pero lo único que conseguí fue clavarme una esquina afilada en la ingle. Por un segundo me doblé de dolor, tratando inútilmente de respirar. Una sombra pasó a mi lado, empujándome al suelo, y una pesada bota tropezó con mi pierna. Alrededor todo eran gritos, imprecaciones y jadeos, pero el polvillo en suspensión no permitía ver absolutamente nada. De repente la escalera se desprendió por completo, cun un rugido bestial, que hizo temblar el edificio. Un segundo mas tarde, el sonido de los cientos de toneladas de acero oxidado estrellándose en la plaza llegó a nuestros oídos, junto con el rugido de ira de los No Muertos. Consolándome, pensé que la estructura debía haber aplastado a varios cientos de esos malnacidos bajo su peso. Eso era como un vaso de agua en un océano, pero algo era algo.

Tosiendo, traté de incorporarme, mientras a mi alrededor se multiplicaban los gritos. Oí los rugidos de Tank impartiendo órdenes, y una voz que llamaba a gritos a un sanitario, pero por lo demás aquello era un guirigay de mil demonios.

Poco a poco Tank consiguió recuperar el control de la situación. Aquí y allá se fueron encendiendo diversas linternas y la habitación en la que nos hallábamos se llenó gradualmente de un brillo mortecino. Miré a mi alrededor. La primera imagen que me vino a la mente fue la de los bomberos del World Trade Center el 11-S. Todos y cada uno de nosotros estábamos cubiertos por una gruesa capa de polvo y ceniza y teníamos un aspecto fantasmagórico. La caída de la torre había provocado que el falso techo de yeso de aquel cuarto se derrumbase sobre nuestras cabezas. Además, y por algún extraño motivo, el suelo estaba cubierto por una capa de fina ceniza de casi un palmo de espesor, y al entrar tan precipitadamente la habíamos enviado a la cerrada atmósfera del cuarto. Por el marco de la puerta apenas podía distinguir el tenue rastro de luz de la tarde que empezaba a caer sobre Madrid, en medio de aquella enrarecida atmósfera.

Tank comenzó a gritar nuestros nombres en voz alta. Cada vez que pronunciaba uno, un breve “si” o un ahogado “presente” le respondía, entre una tormenta de tosidos y estornudos. Sin embargo, siete nombres no respondieron a la llamada. Sin duda, aquellos que estaban cerrando la retaguardia en las escaleras ahora yacían en el suelo de la plaza, deshechos entre los restos retorcidos de las escaleras, muertos o deseando estarlo.

Prit se arrastró hasta mi lado, con sus enormes bigotes absolutamente blancos y una expresión de ansiedad en el rostro.

-¿Estás bien?- preguntó.

-Creo que no me he roto nada- respondí, mientras me palpaba todo el cuerpo.

-Estás sangrando- me indicó lacónicamente el ucraniano, mientras me señalaba a la frente.

-¡Oh, mierda, no me jodas!- mascullé por lo bajo, tras tocarme la cara y retirarla cubierta de algo color rojo brillante.

No había advertido hasta entonces que unas gotas de sangre caliente me chorreaban desde la cabeza. Algún trozo de yeso me debía de haber alcanzado en medio de la confusión y una pequeña brecha sangraba aparatosamente desde mi cuero cabelludo.

-Yo también estoy bien, gracias- dijo Broto amargamente, en medio de una nube de estornudos- No hace falta que os preocupéis por mi-

-Lucía me va a matar-dijo Pritt, ignorando al catalán, mientras me colocaba un apósito de emergencia en la cabeza- Le pormetí que te devolvería intacto, y tu te dedicas a romperte la cabeza nada mas bajar del helicóptero. Eres un capullo-remató, dándome un puñetazo amistoso en el hombro.

A continuación se giró hacia Broto.

-¿De verdad estás bien? A ver, déjame verte- agarró al informático por un brazo y lo acercó hasta él. Tras inspeccionarlo a gusto, le pasó su cantimplora.

-Enjuagate las fosas nasales y bebe un trago, pero uno tan solo ¿Me has entendido? -le dijo con tono ominoso- No creo que encontremos muchas fuentes de agua en el interior de este edificio, así que será mejor que racionemos la que tenemos-

Broto no le hizo mucho caso, porque estaba tan asombrado como yo con lo que veían nuestros ojos en aquel momento.

-Pritt- musité- ¿Qué coño es todo esto?
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