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mundocadaver
13 December 2007 @ 08:40 pm
Madrid está muerto.

Creo que no queda nadie aquí, un lugar donde un día vivieron, respiraron y soñaron casi seis millones de personas. Nadie excepto Ellos, claro está. Se que no me debería sorprender, pero no puedo evitarlo.

La ciudad se extiende, silenciosa, a lo largo de kilómetros, y ni un solo sonido rompe su quietud. El SuperPuma cruzaba la ciudad a toda velocidad, y las calles y plazas se deslizaban rápidamente bajo nosotros a no mucha altura. Prit dice que es mejor así, ya que seremos menos visibles y que el sonido de los motores rebotará de tal manera que será imposible localizar su origen, pero pasar tan cerca de los tejados de los edificios me pone sumamente nervioso, sobre todo en un aparato tan poco fiable como este. Por todas partes se repiten las mismas escenas. Avenidas vacías, solo punteadas aquí y allá por algún vehículo atravesado de cualquier manera en la calzada. Restos de basura, cristales rotos y esqueletos apolillados parecen estar por todas partes. El parque del Retiro parece haberse transformado en una autentica jungla, y muchos de su caminos ya ni se distinguen, devorados por la maleza. La Castellana es un inmenso paseo fantasmagórico, solo cruzado por enormes torbellinos de polvo que sacuden las pocas farolas que quedan en pie. Sorprendentemente, los diez carriles de esta enorme vía están totalmente despejados de vehículos, seguramente por haber sido cerrada al tráfico antes del colapso final, pero eso tan solo sirve para darle un aspecto aun mas fantasmal. Un solitario Volvo con las ventanas cubiertas por barrotes soldados es el extraño contrapunto que rompe el vació de la avenida. No puedo ni imaginarme que llevó a su conductor a detenerse, ni que habrá sido de él o ella.

Aquí y allá se pueden contemplar enormes montoneras de esqueletos y momias apolilladas, marcando los lugares donde alguien hizo frente a los No Muertos. En todos los casos esas montañas de restos están cerca de un charco de brillantes casquillos de cobre vacíos. Lamentablemente, las montañas de restos, aunque abundantes, son tan solo una pequeña gota de agua comparada con el enorme océano de No Muertos que infesta las calles.

Es un espectáculo singular. Las aceras y las calzadas están plagadas de miles de esos seres, sumidos aparentemente en un estado de trance, o hibernación, o vete tu a saber que. En cierto modo es como contemplar una foto aérea de una calle, un instante congelado en la vida normal de una ciudad. Lo único que rompe esa ilusión son las ropas rasgadas y cubiertas de sangre de los personajes, y eso los que aún conservan algo de ropa que no parezca un montón de harapos. Sólo cuando el ruido de las aspas o la sombra de nuestro helicóptero pasa sobre los No Muertos parecen salir de su estado de suspensión y reaccionar.

-Mirad allí!- gritó Broto, con incredulidad, apuntando hacia un punto en el suelo.

En aquel momento pasábamos al lado del estadio Santiago Bernabeu. Todas las entradas y salidas estaban bloqueadas con vehículos pesados y contenedores industriales, y la concentración de cuerpos apolillados en las aceras que rodeaban el gigantesco campo era mucho mayor que en otras partes. Una especie de andamio recorría la fachada sur a media altura, comunicando dos boquetes abiertos en la cara del estadio, por algún motivo que ninguno de nosotros acababa de comprender. Estaba claro que aquel había sido en su momento un punto de resistencia, pero ya no parecía haber nadie allí. Las gradas estaban cubiertas de multitud de chozas semiderruidas y algunos plásticos harapientos flotaban fantasmagóricamente, colgados de restos oxidados de hierros. El césped del campo se había transformado en un enorme lodazal, cubierto en mas de la mitad de su extensión por docenas de pequeños bultos irregulares, y en una esquina, donde debería haber estado una de las porterías alguien había dibujado un enorme mensaje que rezaba “AYUDA” con sillas arrancadas del graderío

-¿Qué diablos será eso?- pregunté en voz alta, intrigado, señalando los bultos.

-Tumbas- respondió Marcelo quedamente. Su semblante era sombrío, y pude ver una gota de sudor resbalando por su cuello- Es un cementerio-

Callamos todos por un momento, consternados. Me imaginé la angustia de las personas allí sitiadas, a medida que iban transcurriendo los meses, sus provisiones se iban acabando y nadie respondía a su mudo grito de auxilio. Me figuré la desesperación que debieron sentir cada vez que uno de ellos fallecía a causa del hambre, la enfermedad, los No Muertos o sabe dios lo que. Por un instante pude sentir el pánico sofocante que tuvieron que atravesar, a medida que pasaban los días e iban siendo conscientes de que estaban condenados, que nadie iba a acudir en su auxilio. Era espantoso.

-Fíjate- comento Pauli- las ultimas tumbas parecen estar casi a ras de tierra. Supongo que ya no les quedaban fuerzas ni para enterrar a los suyos-

-¿Crees que aún queda alguien ahí?- pregunté

-No lo creo- respondió Marcelo- pero de todas formas, no podemos pararnos a averiguarlo- Me miró de hito en hito- Esto no es una misión de rescate, boludo, vos lo sabés tan bien como yo-

Me callé mi respuesta. Sabía que el argentino tenía razón, pero me rebelaba a aceptarlo tan friamente. Era consciente de que si yo no me hubiese atrevido a salir de mi casa, hacia año y medio, probablemente sería un indigente medio chalado revolcándome en mi propia miseria dentro de los confines de mi carcel-hogar. Y también me imaginaba la sensación tan horrible que supondría ver pasar un helicóptero por encima de mi y que no me rescatasen. Era mejor no pensarlo ni siquiera.

-¡Todo el mundo listo ahí atrás!- sonó la voz de Kurt Tank por el intercomunicador- ¡Hemos llegado!

Estiré el cuello, para ver a través del parabrisas, y al instante me arrepentí de haberlo hecho. La enorme torre del Hospital La Paz se recortaba nítidamente en el horizonte, como un monolito solitario. Y a sus pies, en medio de los restos destrozados de lo que un día había sido el Punto Seguro Tres, una masa rugiente de No Muertos se giraba en aquel momento hacia el origen del ruido que los había sacado de su letargo.

Nos esperaban. Y no era capaz de imaginarme como íbamos a cruzar aquello.
 
 
mundocadaver
03 December 2007 @ 11:24 pm
Hola a todos:

Tras haber hablado esta tarde con Dolmen, ya me han dado la fecha DEFINITIVA de salida del libro: 18 de diciembre. Ese es el día.

Han prometido pasarme una lista de las librerias de toda España donde estará disponible el día de su lanzamiento. En cuanto la tenga en mis manos, la colgaré aquí. Como al final les ha pillado el toro (por motivos que no vienen al caso) tendrán que hacer un lanzamiento limitado estas navidades, con pocos puntos de venta (entre 200 y 400, nada mas), y a partir de enero, harán la distribución como dios manda, por todas las librerías del pais.

Así que, para aquellos que tengais interés en disponer de alguna copia estas Navidades, os recomiendo sinceramente que la reserveis ya, o bien en vuestra librería habitual o bien en alguna de las que figuren en la lista que me va a facilitar Dolmen. Entre lo limitado de la primera distribución y que la primera tirada será de pocos miles de ejemplares, creen que lo mas probable es que se agote rapidamente, así que me han comentado que "mejor reservar por si acaso" porque si no, puede que hasta enero-febrero no podais disponer de un ejemplar.

Para los que esteis interesados, este es el ISBN, el "DNI" de Apocalipsis Z, que es lo que le tendreis que facilitar a vuestro librero para hacer la reserva:

ISBN: 978-84-935370-9-8


Estoy muy contento de que el libro vaya a salir, desde luego, pero al mismo tiempo, terriblemente cabreado con todos los contratiempos y retrasos de ultima hora que han ido surgiendo. De todas formas, bien está lo que bien acaba, y confío en que el 18 podamos ver a nuestro "niño" en las librerías. Despues de tanto tiempo caminado juntos por internet, creo que será una manera muy bonita de celebrarlo.

Un saludo a todos/as

M.

PD1: El libro tambien estará disponible por internet en la web de Dolmen a partir del 18, según me aseguran, por PayPal.

PD2: La presentación será en el FNAC, pero aún no se cuando, ni en que ciudad. En defintiva, os mantendré al corriente de todo....
 
 
mundocadaver
03 December 2007 @ 06:55 pm
Las aspas del Súper Puma iban cobrando velocidad a medida que Prit aumentaba las revoluciones del motor. Dentro del aparato nos instalamos holgadamente los integrantes del equipo, junto con los cinco legionarios que deberían servirnos como grupo de apoyo en tierra y todo nuestro material. En la cabina delantera, Kurt Tank se sentó al lado de Viktor, que iba a los mandos del pesado helicóptero.

Con una sacudida, el aparato se elevó en el aire sobre la pista polvorienta de Cuatro Vientos. Súbitamente una alarma comenzó a ulular de forma estridente en la cabina, mientras un enorme indicador rojo se iluminaba en el tablero de mandos.

-¿Qué coño pasa, Viktor?- pregunté por el intercomunicador, alarmado.

-¡Todo el mundo tranquilo ahí detrás!- respondió relajadamente el ucraniano, mientras se peleaba con las corrientes cruzadas de aire que sacudían el helicóptero- ¡Los sensores de temperatura del motor deben estar obstruidos por el polvo, o se han estropeado por la humedad! Según el tablero de mandos, tenemos la turbina principal a punto de arder, pero eso es imposible ¡Acabamos de despegar!-

-¿Estás seguro de eso?- Inquirí, de nuevo. Era de esperar. Cualquier aparato que encontrásemos de allí en adelante, tras tantos meses de abandono e intemperie, estaría en bastante mal estado.

-¡No puedo estarlo al cien por cien!- replicó Pritchenko, airado- ¡Pero es lo que hay!¡No podemos aterrizar de nuevo para hacer una puesta a punto! ¡Mira ahí abajo!-

Me incliné hacia la ventanilla de mi lado. En torno a la valla del aeropuerto había ya congregada una enorme multitud de varios miles de No Muertos. Todo el perímetro de la pista estaba cubierto, hasta el último centímetro, por esos seres, en una capa de dos o tres en fondo. Se aferraban a la empalizada con furia, mientras un enorme coro de gemidos se elevaba hasta nosotros, cruzando incluso el estrépito de las aspas del helicóptero. Algunos habían introducido sus brazos por los huecos que había entre los soportes de hormigón y la red metálica, mientras que la mayoría simplemente se agarraba a la red zarandeándola con furia. Era un espectáculo inenarrable. Es algo que hay que ver, para poder entenderlo. Había allí todo tipo de seres, jóvenes, mayores, niños, gordos, flacos…. Todos lucían aquel color cerúleo amarillento, y como no, miles de pequeñas venas estalladas salpicaban aquí y allá su piel.
La mayoría vestía ropa en bastante mal estado y no era sorprendente ver salpicado aquí y allá a alguno totalmente desnudo, o cubierto de suciedad por completo. Con pavor, comprobé que a medida que nos elevábamos, cientos de ojos acuosos y sin vida se clavaban en nosotros, mientras estiraban sus brazos hacia el helicóptero. Pude ver el interior de sus bocas, putrefactas y oscuras. Sabían que estábamos allí. Cristo Bendito. No era sólo el ruido. Nos sentían, de alguna manera. A todos los que estábamos a bordo. Notaban nuestra vida, y algo oscuro y malvado en su interior les impulsaba hacia nosotros.

Todos en la cabina estábamos como petrificados, contemplando aquella estampa, sacada de una pesadilla. Oí que alguien murmuraba “Oh, señor”. Otra voz rezaba quedamente un fragmento del Padrenuestro de forma mecánica y repetitiva. Yo por mi parte, tenía la boca demasiado seca como para poder pronunciar nada. Habría matado por un trago de whisky.

Por todas las calles circundantes, No Muertos solitarios o en pequeños grupos continuaban acercándose. La M-40 era un hervidero. Por entre los restos de al menos dos docenas de enormes accidentes veía avanzar pequeños puntos tambaleantes hacia nuestra posición. Éramos como un imán para aquellos seres.

-¿La verja aguantará?- Oí que preguntaba Broto por el intercomunicador, mientras miraba con cara de pocos amigos el espectáculo.

-Esperemos que si- contestó Tank- Los que se han quedado en tierra tienen orden de refugiarse en el interior del Airbus, fuera de la vista de los No Muertos, y procurar hacer el menor ruido posible. Confiamos en que con eso no se acerquen muchos mas al perímetro-

-¿Porqué no dispara?- Le pregunté a Marcelo, que tenía la MG 3 apoyada en el marco de la ventanilla trasera izquierda. El argentino sostenía fríamente al arma, mientras su mirada paseaba de forma mecánica sobre aquella multitud, escrutándola con atención.

-¿Para que?- replicó- Sería malgastar munición. Desde está distancia desperdiciaría la mayor parte de mis disparos- Su mirada se perdió en aquella multitud y una sombra de ¿miedo? cruzó sus ojos- Sería como disparar al mar. No tiene ningún sentido…-

-¡Seis minutos!- La voz de Pauli se cruzó en nuestro silencio- Todo el mundo preparado. Es un vuelo muy corto-
 
 
mundocadaver
30 November 2007 @ 01:12 am
Sin darme cuenta, comencé a correr hacia los helicópteros, con Pritchenko a mi lado. Alguien nos había tendido un largo paquete envuelto en hule, que pesaba una barbaridad. Pronto comencé a jadear, maldiciendo entre dientes cada vez que aquel condenado fardo me resbalaba entre las manos. Íbamos siguiendo a Pauli y a Marcelo, que llevaban entre ambos un par de cajas de madera no menos pesadas que el bulto que nos habían empaquetado a Viktor y a mi. Broto, por su parte nos seguía al trote, cargado con su mochila, y una expresión angustiada pintada en su rostro.

Cuando alcanzamos el helicóptero me desplomé al lado del aparato resoplando como un tren de mercancías. El otro equipo aún estaba corriendo en dirección a las pequeñas avionetas estacionadas en un lateral de la pista de despegue. Intrigado, observé que el pequeño autobús eléctrico se dirigía hacia ellos, transportando una serie de vainas cilíndricas pintadas de rojo. Supuse que serían contenedores de material vacíos, listos para ser cargados de medicamentos en cuanto llegásemos a nuestro destino.

Si llegábamos.

Lo cierto era que cada vez giraba la vista hacia el vallado que delimitaba la pista se me ponía la carne de gallina. Docenas de No Muertos seguían afluyendo de todas partes, incesantemente. Aquella zona estaba densamente poblada antes del Apocalipsis, y a menos de dos kilómetros había un enorme centro comercial. Aquel punto tenía que ser una zona “caliente” a cojones. Hasta a Viktor se le había borrado la sonrisa de la cara.

-Tené, pibe- Marcelo se giró y le tendió algo con el puño cerrado a Broto- Guárdalo por si acaso, y utilízalo bien. Te puede hacer falta-.

El informático cogió lo que el argentino le daba. Por un segundo se quedó contemplando aquel objeto con cara de no entender nada. Lentamente levantó la mirada y abrió la palma de la mano. En ella brillaba un reluciente proyectil de cobre de 9 Mm.

-¿Para que me das esto?- pregunto, extrañado.

-Es la tuya. No se si vos habés dado cuenta, pero ahora mismo tenemos mas podridos a nuestro alrededor que munición disponible. Aún acertando todos y cada uno de los disparos, nos quedaríamos cortos. Así que si te ves en problemas, ya sabés….¡Pum!- remató Marcelo, mientras apuntaba una imaginaria pistola a su sien.

Broto empalideció visiblemente, mientras se guardaba el proyectil en su bolsillo, con manos temblorosas. Era el único en la expedición que iba desarmado, y supongo que en aquel momento había caído en la cuenta que quizás no había sido buena idea rechazar la Glock que le ofrecieron en las Canarias.

-¡Oh, vamos, Marcelo, no seas tan cabrón y deja al chaval en paz!- espetó Pauli, mientras le propinaba un amistoso puñetazo al argentino.

-Pura aritmética, chico- continuó el argentino, haciendo caso omiso de Pauli, mientras señalaba alternativamente nuestras armas y la multitud salvaje del otro lado de la valla- Pura aritmética- Tras esto se giró hacia el helicóptero y comenzó a desempaquetar el bulto que habíamos acarreado Viktor y yo.

-No le hagas caso- dijo Pauli en tono tranquilizador, girándose hacia el tembloroso David- Tan solo quiere meterse contigo. No le gusta estar aquí, no le gustan los No Muertos y no le gusta tener que hacer de niñera de gente inexperta como tu, así que está de mal humor. Si todo va según lo planeado, no estarás mas cerca de los No Muertos de lo que estamos ahora, así que no te preocupes ¿Vale?-

Miré a la pequeña catalana y pude distinguir un brillo de preocupación en sus ojos. Las cosas no iban a ser tan sencillas como le acababa de decir a Broto, y ambos lo sabíamos. Por lo menos sus palabras parecían haber tranquilizado al informático. Algo era algo.

Mientras tanto, Pritchenko se había deslizado en la cabina de mando y pulsaba frenéticamente un montón de controles, mientras comprobaba los niveles de combustible y fluidos del enorme y blanco SuperPuma. Gran parte del panel de mando estaba iluminado, lo que indicaba que al menos el sistema eléctrico y la batería estaban intactos. Menos mal.

Había algo que llamaba inmediatamente la atención en aquel aparato. Pese a ser una nave militar, estaba pintada íntegramente de blanco, desde el morro a la cola, excepto una franja azul y roja que recorría un costado. El lema “Fuerza Aérea Española”, se leía a duras penas debajo de la gruesa costra de polvo y cenizas que cubría todo el SuperPuma, tras meses yaciendo en aquella pista abandonada.

Armándome de valor, tiré de la palanca de apertura de la puerta. Con un gemido, el portón lateral se abrió, transformándose en una escalera de acceso. Amartillando la pistola, subí los tres escalones, mientras notaba como la adrenalina, esa vieja conocida, volvía a rugir en mis venas, como una droga.

Para mi sorpresa, en vez de los asientos corridos comunes había unos confortables sillones de cuero, cubiertos de una capa de polvo mas fina que la del exterior; de algún modo había logrado filtrarse hasta allí.

Me introduje con cautela en el aparato, intrigado. Mis ojos tardaron un par de segundos en adaptarse a la penumbra del interior, ya que las ventanillas estaban cubiertas totalmente de suciedad por el exterior. Casi a ciegas, le propiné una patada a algo caído en el suelo. Era un objeto alargado y cilíndrico, que se fue rodando hasta una esquina con un sonido apagado. Me agaché a recogerlo. Era un bastón de caoba, con una empuñadura de plata repujada y una especie de sello grabado. Extrañado, me acerqué a la puerta, para tratar de distinguir el dibujo.
De golpe, mi mirada se detuvo en una fotografía que campeaba en un marco situado justo encima del mamparo interior. Me quedé congelado por unos segundos, mientras mi mente trataba de asimilar aquel diluvio de información. Ya sabía quien era el dueño del bastón. La hostia puta. Increíble, pero cierto.

Broto entró en aquel momento, arrastrando su pesada mochila, y descubrió la foto a su vez.

-Seguramente los evacuaron desde el Palacio de la Zarzuela hasta aquí en este helicóptero- comentó, como quien habla del partido de ayer- Aquí les esperaría un avión, y después, ya sabes….-

Después, aquel SuperPuma había estado tragando sol, lluvia, polvo y ceniza durante meses, hasta que habíamos llegado. Por eso en Canarias sabían que en Cuatro vientos habría al menos un helicóptero esperando por nosotros. Hasta aquel momento. Que cosas.

-¿Qué coño hacéis ahí atrás?- gritó Pauli, mientras aparecía por la puerta arrastrando una de las cajas de madera- ¡Echad una mano, joder, que estas putas cajas no van a entrar solas!-

Como rayos, Broto y yo nos abalanzamos sobre la primera caja. Un jeroglífico de siglas bailaba sobra la tapa, pero pude distinguir perfectamente las cifras “7,62 X 51 mm” estarcidas en negro sobre la madera. Munición de ametralladora. Levanté la mirada. Marcelo había desenvuelto el paquete de hule que habíamos arrastrado Viktor y yo hasta allí. Una enorme ametralladora MG 3, de aspecto malévolo y aún brillante de aceite reposaba en su interior. Silbé por lo bajo. Desde luego, por potencia de fuego, no iba a ser. Faltaba por saber si aquello sería suficiente.

Un tosido bronco sonó desde las turbinas, acompañado de una nube de humo mezclada con polvo. Las palas de la hélice comenzaron a girar lentamente mientras el motor del Super Puma cobraba vida de nuevo con un silbido.

-¡Todos a bordo!- rugió Prit desde la cabina de mando-¡Nos vamos!-

 
 
mundocadaver
29 November 2007 @ 12:22 am
El tacto de la escalera de mano era áspero, y además se balanceaba violentamente mientras uno a uno íbamos descendiendo por ella hasta la pista del aeropuerto. Justo delante de mí bajaba Marcelo, el alto y silencioso argentino que nos había rescatado en Lanzarote meses antes. Aquel tipo estaba tan hermético como de costumbre, cosa extraña en un argentino, sin duda, pero sin embargo desprendía seguridad en todos sus movimientos. Yo, por mi parte, precedía a Pritchenko, que, excitado por estar de nuevo en el baile, tarareaba por lo bajo una melodía ucraniana indescifrable. Broto, el informático y la pequeña Pauli ya estaban en la pista, esperándonos junto a uno de los enormes trenes de ruedas del tren de aterrizaje.

Despistado, casi pegué un brinco cuando mis pies tropezaron con el cemento de la pista. Ya está, me dije. De nuevo aquí, una vez mas en el follón. Miré añorante hacia arriba, hacia la portilla del avión, hacia la seguridad. Desde la ventanilla lateral de la cabina de mando el copiloto, atento a toda la operación, nos dedicó un saludo burlón, mientras cerraba el plexiglás con gesto brusco. Condenados hijos de puta. Ellos estarían allí, calentitos y seguros mientras nosotros arrastrábamos nuestro culo por medio Madrid plagado de No Muertos. Sin embargo no había otra solución. Apenas quedaban dos docenas de personas en el mundo que supiesen pilotar un aparato de aquel tamaño, y nosotros teníamos allí a dos de ellas. Valían su peso en oro. No merecía la pena darle mas vueltas al asunto. Habría que jugar la partida con las cartas que nos habían tocado.

Me junté con el resto de los miembros de mi grupo, mientras aferraba con manos sudorosas la pistola que me habían entregado para aquella operación. Era una Glock de nueve milímetros, muy parecida a la que había tomado del cadáver del soldado de la Brilat en la puerta de mi casa, hacía un millón de años. Además, llevaba más de una docena de cargadores repartidos por varios bolsillos de mi mochila, así como en un par de fundas cosidas en la pernera de mi neopreno.

Había tenido que aguantar las miradas incrédulas y los comentarios graciosos de los legionarios durante todo el trayecto hasta allí a costa del neopreno, pero algo me decía que era una buena idea seguir vistiendo aquella prenda. Al fin y al cabo, me había mantenido vivo hasta aquel momento, y si algo funciona… ¿Por qué demonios cambiarlo? Además, tenía la convicción irracional de que mientras lo llevase puesto nada malo nos podría pasar ni a Prit ni a mi. De todos modos, hacía que me sintiese mejor, y solo por eso ya merecía la pena.

Observé que uno de los legionarios estaba hablando en aquel momento con Tank, con gesto preocupado. Algo no iba bien. Desde la distancia pude entender que uno de los grupos, el que se había dirigido al acceso que daba al Museo del Aire, no respondía a las llamadas de radio. Mierda.

Sentí que el pánico erizaba el vello de mi nuca. Si no éramos capaces de asegurar todos los accesos de aeropuerto, en poco minutos aquella pista estaría cubierta de miles de No Muertos. Serían tantos que el avión ni siquiera podría rodar para el despegue, no sin que las turbinas aspirasen media docena de cuerpos y reventasen en mil pedazos. Estaríamos atrapados para siempre.

En la valla que rodeaba toda la pista, una alta alambrada de acero reforzado de mas de tres metros de altura, ya se empezaban a congregar las primeras docenas de No Muertos. Eran una multitud de hombres, mujeres y niños que no cesaban de zarandear la empalizada, produciendo un sonido cacofónico y desordenado. Sonaba como si una pandilla de monos borrachos aporrease una malla de acero. Noté el sudor corriendo por mi espalda. Aquella valla de metal y cemento parecía firme, pero si por algún motivo cedía en un punto, estaríamos auténticamente jodidos.
En poco más de diez minutos ya se había congregado una muchedumbre de centenares de No Muertos junto al recinto, hasta donde se extendía la vista. Si no me equivocaba, en el plazo de una hora serían miles, o docenas de miles. Era capaz de imaginarme la enorme procesión de cadáveres que se debían estar acercando en aquel momento hacia Cuatro Vientos por los restos colapsados de la M-30. Lógico. Con el barullo que habíamos montado se nos tenía que haber oído en la otra punta de la ciudad abandonada.

-¡Ustedes!¡Vengan aquí!- Kart Tank nos llamó con un gesto seco, mientras extendía un mapa sobre el suelo- No tenemos mucho tiempo. Alfa Cuatro no da señales de vida y eso significa que deben haber tenido algún contratiempo serio-

“Contratiempo serio”. Bonito eufemismo.

- La puerta que comunica la pista con los hangares del museo está cerrada. Aquí estamos seguros- continuó Tank, mientras echaba un vistazo a aquella puerta a través de sus binoculares- Supongo que se deben haber quedado atrapados al otro lado, pero no tenemos tiempo para comprobarlo. Debemos continuar con el plan, antes de que se congreguen aquí un millón de estos seres-

- La valla parece que aguanta perfectamente- argumentó David Broto, el informático, con voz dubitativa. Se le veía asustado, como al resto.

-Esa valla no ha sido diseñada para aguantar la presión de varios miles de cuerpos contra ella, señor- Replicó el legionario que estaba al lado de Tank, un sargento alto y muy moreno, con profundas arrugas en la cara y expresión seria- Créame, si les damos el suficiente tiempo, se juntarán muchos de esos hijos de puta ahí fuera, y entonces esa jodida valla cederá, y no le va a gustar lo que sucederá entonces, señor-


-¡No tenemos tiempo que perder!- interrumpió Tank, tajante, mientras señalaba dos solitarios helicópteros, que me sonaban vagamente familiares, posados cerca de la torre de control - ¡Corran hacia sus respectivos helicópteros y póngalos en marcha como sea! ¡Me da igual lo que tengan que hacer, pero esos pájaros tienen que estar volando YA! ¡Tienen quince minutos, ni uno mas, o habrá problemas para todos!- Se giró de nuevo hacia el legionario, que permanecía de pie, inmutable, a su lado- ¡Sargento, que sus hombres organicen patrullas por el perímetro, pero que no se acerquen a menos de tres metros de la valla!… ¡y queme esos condenados cuerpos, antes de que empiecen a oler!
 
 
 
mundocadaver
27 November 2007 @ 07:50 pm
Me lancé sobre una de las ventanillas, tratando de ver lo que acontecía en el exterior. Los legionarios, después de tocar tierra al pie del aparato se habían dividido en grupos de tres hombres, y se dirigían a diversos puntos de la pista o del edificio de la terminal. Mientras cuatro de los grupos se desplegaban en las cercanías del Airbus, el quinto correteaba a lo largo de la superficie de cemento, en dirección a la puerta situada en el extremo mas alejado de la base aérea. Sin duda alguna, a los tres tipos de aquel grupo les había tocado bailar con la más fea. La zona a la que se dirigían quedaba fuera de nuestra vista, en dirección a los hangares del cercano Museo del Aire. Si iban a tener algún tipo de problema estarían demasiado lejos como para que alguien pudiese ayudarles a tiempo, y eso era algo que ellos seguramente ya sabían. No les envidiaba.

Una nueva ráfaga me sobresaltó de repente. Giré la cabeza hacia el origen de los disparos, justo junto al edificio de la Terminal. Tres No Muertos habían aparecido tambaleantes, atraídos por nuestra presencia, a través de una de las puertas que daban a la pista. Eran un hombre de edad madura, de unos cincuenta años y amplio mostacho cubierto de grumos de sangre, junto con dos mujeres, a una de las cuales le faltaba un brazo a la altura del hombro.
Allí estaban otra vez, incansables.

Los jodidos No Muertos.

Me estremecí al contemplarlos de nuevo. El paso del tiempo parece afectar muy poco a estos seres. Confiaba en que con el transcurrir de los meses se fuesen degradando, o pudriéndose, pero pese a estar muertos, sus cuerpos parecen aguantar bien. No me cabe duda de que están sufriendo alguna forma de degeneración (no parecen tan “frescos” como al principio del Caos, no se si me entiende), pero es un cambio difícil de explicar, tan sutil, tan lento, que da la sensación de que puede que les lleve años, o siglos, morirse por si mismos. Y los supervivientes no tenemos tanto tiempo. Es aterrador.

En cuanto a aquellos tres, su ropa estaba en muy buen estado, por lo que supuse que debían haber pasado la mayor parte del tiempo dentro de la terminal, sin sufrir los efectos de la intemperie. Uno de ellos, el de los bigotes ensangrentados, aún vestía una especie de mono verde del personal de limpieza del aeropuerto, mientras que las otras dos parecían civiles, o azafatas, o algo por el estilo. La sangre acartonada que cubría sus ropas no me permitía distinguir con mucha precisión.

El grupo de legionarios más cercano a la puerta no pareció ni inmutarse ante su presencia. Con una enorme sangre fría, simplemente dejaron que se acercasen hasta una distancia inferior a dos metros antes de actuar.

El modus operandi de estos grupos es muy peculiar. En cada equipo de tres hay un tirador de largo alcance, un tirador de corto alcance y un jefe-observador. Este último se sitúa en medio de los otros dos y su función es la de asegurarse de que ningún No Muerto se acerca demasiado a ellos sin ser advertido, así como darle apoyo a los tiradores, cargándoles las armas. El tirador de largo alcance y el de corto alcance alternan sus posiciones con frecuencia, y si las circunstancias lo aconsejan actúan los dos en el mismo rol.
Como por ejemplo, en aquel justo momento. Los tres miembros del equipo cruzaron sus HK en la espalda y tras colocarse rápidamente unas gafas protectoras de plástico, desenfundaron sus pistolas. Durante unos interminables segundos, puede que incluso más de un minuto, permitieron que los engendros se fuesen acercando lentamente, casi hasta que llegaron a la distancia de un brazo. Entonces, a la orden del jefe de unidad, todos apretaron el gatillo, casi a quemarropa.

La cabeza de los tres No Muertos explotó casi simultáneamente, en medio de un surtidor de sangre, astillas de hueso y vísceras, empapando a los tiradores, mientras los cuerpos de los No Muertos caían sobre el cemento, sacudidos por una última convulsión. No pude reprimir un sonoro ”¡Joder!”, al tiempo que retrocedía involuntariamente un paso y tropezaba con un asiento. Aquello había sido algo tan inesperado y macabro que de golpe sentí el desayuno subiendo por la garganta, imparable.

-Munición explosiva- murmuró Pitt, con una sonrisa lobuna en la boca, mientras se giraba para ayudarme a levantarme- Hasta un disparo mal colocado se convierte así en algo definitivo. Esta gente sabe lo que hace. No dejan nada al azar-

Los tres legionarios saltaron despreocupadamente sobre los cadáveres y continuaron corriendo hacia el interior del edificio. Otro de los grupos ya había entrado en la torre de control, mientras un tercero se afanaba en colocar un juego de baterías nuevo en uno de los vehículos eléctricos del aeropuerto. Al cabo de un instante, el pequeño autobús cobró vida y comenzó a rodar lentamente sobre sus ruedas deshinchadas, tras largos mees a la intemperie. No serviría para un desplazamiento muy largo, pero valdría para comprobar todo el perímetro.

Nuevos disparos sonaban en el interior de la terminal. Prit saltaba sobre sus pies, inquieto, con la expresión de un cazador hambriento dibujada en su rostro. El ucraniano deseaba salir del avión para, según él, “cazar unos cuantos patos en la charca”. Yo, por mi parte, no tenía tantas ganas de salir. Por lo que a mi respetaba, me sentía muy cómodo dentro del avión.

-¿Pero a que demonios estamos esperando?- gruñía el ucraniano, dirigiéndose hacia la puerta- ¡Vamos allá!-

-No tenga tanta prisa, señor Pritchenko- le detuvo Pauli, mientras estiraba un brazo, sujetando al inquieto ucraniano, que ya se escurría como una anguila por el pasillo del avión, hacia la puerta- Escúcheme, ¡por favor!. Los legionarios han ensayado esta operación durante semanas. Tenemos que quedarnos en el aparato hasta que hayan asegurado el perímetro. Solo entonces podremos salir ¿Entiende?- Había angustia en su cara.

-¡Pueden necesitar nuestra ayuda!- resopló Víctor mientras dirigía miradas urgentes hacia la puerta del avión- ¡Están ahí fuera limpiando la zona mientras nosotros estamos aquí sin hacer nada, maldita sea!-

-Ellos saben que estamos aquí- Intervine, tratando de tranquilizar a mi amigo- Si nos necesitan, nos lo harán saber por radio. Además- añadí- si salimos ahí fuera ahora, corremos el riesgo de que nos peguen un tiro, confundiéndonos con un No Muerto. Tenemos que esperar, Prit. Compréndelo-

El ucraniano se giró enfurruñado, maldiciendo por lo bajo. Estaba deseando salir a cargarse esos bichos y sin embargo le mantenían allí dentro, encerrado, lo que le resultaba enormemente frustrante. Podía entenderlo. A mi los No Muertos me inspiran terror, no tengo reparo en reconocerlo. Él sin embargo no solo no los teme, sino que los odia, y quiere descargar su ira sobre ellos. Son cosas distintas.

Un estrépito de cristales rotos sonó de golpe, atrayendo nuestra atención. Un enorme ventanal de la terminal de pasajeros había volado en pedazos. En medio de la lluvia de cristales pude ver tres o cuatro cuerpos con la cabeza destrozada cayendo al vacío, mientras los destellos de las armas de fuego teñían de un amarillo sulfuroso la habitación de donde habían salido. Con un golpe sordo los cuerpos cayeron sobre el asfalto y finalmente, por un segundo se hizo el silencio. Dentro del avión se podría oír hasta el vuelo de una mosca. De repente, una radió crepitó con violencia, sobresaltándonos a todos.

-Alfa Tres, listo y en posición. Terminal asegurada, puertas cerradas y apuntaladas por el interior. Doce indios caídos, ninguna baja propia. Esperamos instrucciones, cambio-

-Alfa Tres, mantengan posición- respondió Tank levantándose, mientras nos hacía señas para que fuésemos descolgándonos por la escalera de cuerda hasta la pista- Los equipos Dos y Tres van a entrar en el edificio ¡Nicht schießen! ¡No disparen!-

Tank se giró hacia nosotros, amartillando su arma. Por un segundo, sentí su mirada acuosa posada sobre mi antes de pasearse por el resto del grupo. Un escalofrío recorrió mi espalda. Adiviné lo que venía a continuación.

-Es nuestro turno, señores.¡Vamos allá!-
 
 
mundocadaver
21 November 2007 @ 09:34 pm
Creí que sería algo parecido al aroma de la carne asada, pero no. Es un olor más denso, mas pesado, con un punto picante al final que resulta algo inquietante, como si tu pituitaria supiese de algún modo que ese aroma no está bien. Y por extraño que parezca, al cabo de cinco minutos ya ni lo notas. Sin embargo cuando entras en el edificio y vuelves a salir de nuevo al cabo de unos minutos, el olor te asalta de nuevo, asfixiándote, como un abrazo excesivamente fuerte.
Ese olor.
Ese aroma.
El perfume de la carne quemada de docenas de cadáveres arrojados en una pira.

Mientras escribo, veo como los legionarios siguen arrojando cuerpo tras cuerpo a la fosa abierta en un lateral de la pista. Los primeros cuerpos tuvieron que ser rociados con gasolina para que prendiesen, pero ahora la grasa de los cadáveres alimenta el fuego, que ruge con furia cada vez que un nuevo cuerpo cae en las llamas. Parece mentira que solo llevemos tres horas aquí. Me da la sensación de que ha pasado un siglo.

El vuelo fue una experiencia sedante. El rugido de las turbinas llegaba amortiguado a la cabina a través del grueso aislante de las paredes. Todos los presentes parecían sentir una extraña sensación de euforia, totalmente fuera de lugar. Tardé un buen rato en darme cuenta de que era lo que la ocasionaba aquello. Allí arriba, a miles de metros del suelo, estábamos totalmente a salvo de los No muertos. Era completamente imposible que durante la duración del vuelo aquellos malditos seres nos pudiesen alcanzar, y eso hacía que todo el mundo se sintiese extrañamente relajado y despreocupado, posiblemente por primera vez en muchos meses. Quizás, pensé, esto sea como el momento de pausa en una película de terror, ese momento donde los protagonistas charlan tranquilamente a la luz del día, sentados en el porche, tras haber superado los horrores nocturnos de la casa encantada. Sin embargo, pensé para mis adentros, normalmente ese solo es el preludio de una noche de horror aún mayor….. Confiaba en que no fuese el caso.

En el avión viajábamos un pelotón de quince legionarios y dos “equipos de infiltración” de cinco miembros cada uno, según la definición rimbombante que había dado el jefe de la misión. En total, veinticinco personas, que junto con el piloto y el copiloto del Airbus sumábamos un total de 27. Un bonito número. Si no estuviésemos volando directamente hacia el corazón del infierno, aquello parecería un viaje de Paso de Ecuador, a juzgar por la alegría artificial y forzada que reinaba a bordo.

El oficial al mando, al que habíamos conocido en las islas, era un personaje sorprendente, que no deja de llamar mi atención. Su nombre es Kurt Tank, aunque prefiere que le llamen Hauptmann Tank, o Tank, a secas. Era militar en el ejército alemán, y el Apocalipsis le pilló como a otros muchos compatriotas suyos, de vacaciones en las Canarias, donde tenía una casa. Cuando fue evidente que no podría volver a su país (porque ya no existía país a donde volver) el Hauptmann (Capitán) Kurt Tank decidió alistarse en las destrozadas unidades militares supervivientes. Era la opción más lógica, el camino que siguieron muchos, un camino arriesgado y peligroso, sin duda, pero que al menos te permitía estar armado y defender tu propia vida. Que no es poco.

Se podría suponer que un tipo con un nombre tan sonoro, militar, y siendo alemán, por añadidura, debería tener una presencia imponente, pero su aspecto dista mucho de la arquetípica imagen del SuperArio. Tank es más bien delgado, pálido, con unos inquietantes ojos glaucos en su cara que parecen taladrarte cada vez que te mira. De modales pausados y delicados, en conjunto da una imagen suave, blanda. Pero nada mas lejos de la realidad. Por lo que cuentan es un tipo capaz de llevar a sus hombres a los extremos más impensables. Cuentan que de una misión de “infiltración” llevada a cabo hace dos meses en Cádiz, volvieron tan solo él y otros dos miembros de su equipo. Un tipo duro. Un lobo con piel de cordero. Aun no se muy bien que pensar del Hauptmann Tank. El tiempo lo dirá.

El aterrizaje en la pequeña pista de Cuatro Vientos fue una autentica experiencia. Desde un principio sabíamos que un Airbus 320 era un pájaro demasiado grande para aquel pequeño y viejo nido. El tamaño de la pista del aeródromo, construido a principios de los años 20, no permitía su uso por naves civiles de aquel porte. Sin embargo, y teniendo en cuenta que no teníamos que ceñirnos a la normativa de aviación, ni respetar rutas de vuelo, y que además podríamos sobrevolar la ciudad a baja altura sin que nos lloviesen una tonelada de denuncias, se había planeado que la aproximación a la pista sería a muy baja cota y a la mínima velocidad posible, por lo que entonces la operación podría ser viable.

Podría.

Ahí estaba la chispa del asunto.

Así que allí estábamos, dando vueltas a menos de mil metros de altura sobre el extrarradio de un Madrid absolutamente muerto y desolado, mientras enfilábamos nuestra ruta de aproximación a la pista.

A través de la ventanilla podía ver los enormes barrios de las ciudades dormitorio que perlaban el entorno de la antigua capital. Normalmente eran zonas que no solían tener mucha vida de día, mientras la mayor parte de sus residentes estaban en sus puestos de trabajo en la ciudad, pero la total ausencia de movimiento generaba una sensación difícilmente explicable. Los chistes y las risas fáciles que nos habían acompañado todo el camino hacia un buen rato que se habían acabado en el avión. En aquel momento, un silencio denso y espeso como el petróleo lo había sustituido, mientras cada uno se sumergía en sus pensamientos, y el miedo, pegajoso, se instalaba en el corazón de todos y cada uno de los presentes.

Resultaba sorprendente ver como afrontaba cada uno aquella situación. Los militares, como han venido haciendo todos los de su profesión desde hace siglos, eran los que parecían sobrellevar mejor aquel compás de espera, al menos aparentemente. La mayor parte de ellos revisaba concienzudamente su equipo de combate, mientras tres o cuatro, en una esquina, se limitaban a echar una cabezada, aprovechando aquellos últimos momentos de tranquilidad. Aquellos legionarios (El llamado “Equipo Uno”, con muy poca imaginación) serían los que tendrían que salir en primer lugar para asegurar el perímetro e iban a correr un gran riesgo, algo de lo que eran conscientes. Todos sabíamos que si las cosas se descontrolaban y no eran capaces de asegurar la pista y el edificio cercano, la misión tendría que ser abortada, y tendríamos que despegar rápidamente, dejándolos abandonados a su suerte.

En cuanto a los demás, los que tenían experiencia militar, como el bueno de Prit, parecían estar ocupados pensando en otras cosas. El pequeño y flemático ucraniano mascaba chicle ruidosamente, mientras que con su afiladísimo cuchillo (el mismo con el que había degollado a una No Muerta en Vigo, salvándome la vida) tallaba una figurita de madera, con mas buenas intenciones que maña. De todas formas, aquello parecía ayudarle a controlar la ansiedad que estoy seguro, tenía que sentir.

En el asiento de al lado estaban sentadas dos caras conocidas. Tardé un rato en darme cuenta de quienes eran, hasta que la chica se puso a parlotear nerviosamente y reconocí su risa aguda. Eran Marcelo y Pauli, dos de los miembros del equipo de rescate que nos habían sacado in extemis del aeropuerto de Lanzarote. Por lo visto, alguien había decidido en base a algún arcano criterio, que ya que habíamos volado juntos en aquella ocasión, ahora daría buen resultado que formásemos parte del mismo “Equipo de Infiltración”. Inquieto, me pregunté si sería culpa nuestra que les hubiesen destinado a aquella misión, que ciertamente, no era plato de gusto.

El quinto miembro de nuestro equipo era, junto conmigo, el único civil de toda la operación. Se llamaba David Broto y sería nuestra llave a los almacenes de medicamentos del Punto Seguro Dos. Era un catalán callado, tranquilo, de unos veintitantos años, corpulento, de pelo negro y con una intensa mirada profunda, que no podía ocultar un profundo sufrimiento interior que residía en algún lugar de su alma.

Supuse que, como la gran mayoría, habría sufrido alguna perdida personal en los Días Oscuros del caos, y que, por algún motivo, aún no había sido capaz de superarlo. Hay mucha gente así estos días, quizás cerca de la mitad de los supervivientes. Son personas aparentemente normales, sanas y en buen estado, hasta que te asomas a sus ojos y ves que por dentro están totalmente arrasadas. Comen, respiran, hablan, ríen y hasta en ocasiones bromean, pero solo lo hacen mecánicamente. Su espíritu está muerto. Es gente que no ha sido capaz de superar el hecho de haber perdido toda su vida, su familia y su historia personal en el plazo de unas pocas horas. Gente que se siente culpable por haber sobrevivido mientras todos sus seres queridos se quedaban por el camino. Gente que se pregunta cual ha sido el significado de todo esto, o peor aun, que significado puede tener todo ahora. Gente perdida. Gente rota, buscando una razón para vivir.

Stress postraumatico, dicen algunos. Y una mierda. Es algo mucho mas profundo, que nadie es capaz de definir. Alguien me ha contado que pese a esa situación emotiva tan generalizada no se ha dado ni un solo caso de suicidio en las Islas desde que se estabilizó la situación. Ni uno solo. Parece ser que los supervivientes, pese al horror que nos sumerge, estamos dotados de unas inmensas ganas de sobrevivir.

Instinto, quizás. Fe, a lo mejor.

Quien sabe.

El avión pegó un último giro con cierta brusquedad, mientras el ruido nos indicaba que las ruedas del tren de aterrizaje habían salido y ya estaban extendidas. El sonido de los motores se elevó otras dos octavas mientras los reactores gemían tratando de frenar las casi cincuenta toneladas del A320 que se precipitaban sobre la pista de Cuatro Vientos. Preocupado, me di cuenta, como todos los demás, que aquel sonido tenía que estar produciendo un efecto inmediato sobre las docenas de miles de seres que se agolpaban en la ciudad. Si no me equivocaba, justo en aquellos momentos, miles de No Muertos debían estar saliendo de su letargo y levantando sus cabezas mientras el rugiente aparato pasaba volando sobre ellos, casi rozando los tejados de los edificios.

Un timbrazo sonó en el teléfono adosado en un mamparo, al lado de Kurt Tank. Para aligerar peso del aparato habían retirado no solo la mayor parte de los asientos, sino también un montón de material considerado no imprescindible, y eso incluía el sistema de altavoces de la cabina. Aquel teléfono comunicaba directamente con la cabina de los pilotos, unos cuantos metros mas adelante. El Hauptmann Tank cogió el aparato y cabeceó un par de veces, mientras le decían algo a través del teléfono. Con un seco “gracias” colgó y se giró hacia nosotros.

-¡El piloto informa que en menos de un minuto vamos a tocar tierra!- gritó por encima del rugido de las turbinas- ¡Puede que el aterrizaje sea algo movido, así que abróchense los cinturones!

Algo asustado, apreté mi cinturón todo lo que pude, mientras oía a Prit a mi lado mascullando algo en ruso. Supuse que se estaba acordando de la madre del piloto, o de la de Tank, o quizás simplemente le molestase el hecho de estar allí sentado, sin poder pilotar él personalmente. Nunca se puede saber con Víktor.

-¡Esto no va a ser fácil!- continuó arengando el alemán, con su marcado acento, mientras trataba de mantenerse en pie, agarrado a un portaequipajes- ¡En cuanto el aparato se detenga quiero que el Equipo Uno salté inmediatamente a tierra y ocupe las posiciones asignadas! ¡Limpien la zona, comprueben el perímetro y ante la duda disparen primero y pregunten después! ¡Pero como alguno de los helicópteros que están posados en la pista sufra el mas mínimo rasguño les juro por Dios que las sacaré las tripas por la boca a patadas al patán que se la cargue! ¿Entendido?- Rugió.

Un gruñido de asentimiento surgió de quince gargantas, mientras quince pares de manos legionarias húmedas de sudor amartillaban quince HK y se ajustaban las trabillas de los cascos.

Un brusco golpe nos sacudió a todos, acompañado de un terrorífico chillido del tren de aterrizaje. Un rugido sordo se elevó de las turbinas mientras el piloto ponía éstas en modo reverso a máxima potencia, tratando de detener el enorme Airbús en el pequeño espacio disponible. “Demasiado rápido” oí murmurar a Pritchenko, mientras observaba preocupado por la ventanilla como se deslizaban rápidamente las marcas de control de la pista Estaba de acuerdo con él.

Un espeso humo negro empezó a manar de repente de las ruedas del tren de aterrizaje. El piloto había bloqueado los rodamientos, en un intento desesperado por aminorar la velocidad del aparato sobre la pista, y las gomas comenzaban a deshacerse como consecuencia de la fricción, en medio de un intenso olor a caucho quemado. Caí en la cuenta que si sufríamos un reventón a aquella velocidad era probable que el aparato se desnivelase y comenzase a rodar descontroladamente por la pista, hasta acabar convertido en una bola de fuego. Sentí que se me encogían los testículos, de puro terror. En aquel instante estuve convencido de que íbamos a morir irremediablemente.

Parecía que el A320 se iba a desintegrar en pedazos antes de poder detenerse por completo. Sin embargo, poco a poco y de manera gradual, el Airbus fue reduciendo su velocidad, mientras toda la cabina trepidaba violentamente y la estructura del aparato emitía unos sonidos nada tranquilizadores. Algo se desprendió con violencia en la zona de carga, estrellándose ruidosamente contra el suelo, pero eso fue todo. Finalmente, con un maullido quejumbroso, el aparato se detuvo por completo, mientras las turbinas aún maullaban, agotadas por aquel enorme esfuerzo estructural.

En aquel instante, los legionarios se levantaron y coordinadamente se dirigieron hacia la puerta. Mientras dos accionaban el mecanismo de apertura, un tercero fijaba una escala de cuerda en un soporte, para descender hasta la pista. Antes de que fuese capaz de pestañear tres veces los quince se habían descolgado por completo y se repartían en grupos sobre el asfalto agrietado.

Al cabo de pocos segundos oímos el primer disparo, y al poco rato, un par de largas ráfagas y una explosión rompieron el silencio de la pista.

El baile acababa de comenzar.
 
 
mundocadaver
25 October 2007 @ 08:14 pm
Pues si, tal y como dice arriba, las cosas se mueven!!!

El libro ya está definitivamente camino de la imprenta. La distribuidora ha decidido arriesgarse y apostar fuerte por AZ, haciendo una distribución muy importante a nivel nacional. Para ello, la fecha límite de entrega de la imprenta es el 15 de noviembre: Antes de ese día, todos los ejemplares deberán estar en sus almacenes, listos para la distribución.

Asimismo, en Dolmen están preparando el sistema para que quien lo desee pueda adquirir AZ por internet (Opción muy demandada por todos los lectores americanos, que son un montón).

La portada de Enrique Corominas es la que podeis ver en la página web de Dolmen Editorial . A mi, personalmente, me gusta mucho ¿que opinais vosotros?

Por cierto, en una de las solapas interiores de esa portada se desvelará uno de los secretos mejor guardados de AZ: El autentico rostro del Abogado!! ¿Que? ¿Como? No, no, ese abogado no!! Hablaba del rostro del abogado que ha escrito la historia, o sea, yo ;-D.... la descripción fisica del dueño de Lúculo ya es otro cantar...)

Os mantendré puntualmente informados de todo lo que vaya ocurriendo.... Además, tengo que confesaros que esto es una experiencia maravillosa. Ver como algo que has escrito , que ha ido creciendo al calor de la web, con todos vosotros como testigos, finalmente va a dar el salto y transformarse en un libro, es una sensación sumamente gratificante.
Para alguien como yo, lector compulsivo, ser el padre de mi propio libro es algo muy especial. Y no me olvido en ningún momento que esto es posible gracias a todos vosotros, los miembros de la familia AZ. Si no hubieseis estado ahí desde el principio, AZ nunca habría llegado a desarrollarse, y seguiría siendo un relato corto perdido en un cajón. El otro día le eché un vistazo al contador y casi me da un patatús... mas de medio millón de visitas desde que lo instalé en la página, a mediados del año pasado!!!.

Me siento abrumado por este apoyo constante. Disfruto enormemente creando este universo, y descubrir dia a día que hay miles de personas que disfrutan sumergiendose en el es una sensación que no se puede explicar con palabras. Simplemente dejadme deciros que sigo teniendo las mismas ganas de escribir AZ que el primer día (El tiempo que dispongo para poder hacerlo es, sin embargo, una historia completamente diferente).
Mi vida personal ha cambiado mucho a lo largo de estos casi dos años. Ahora, afortunadamente, tengo muchísimo mas trabajo y responsabilidades que entonces, pero eso supone que mi tiempo libre ha desaparecido en gran medida. Si antes le podía dedicar a AZ un par de horas al día, ahora con suerte puedo echarle tres o cuatro horas por semana. Eso hace que el ritmo de publicación flojee hasta lo cansino... pero es que no puedo hacer nada mas!!!

De todas formas, lento, pero constante, AZ sigue, y como podeis ver en www.apocalipsiszombie.com, el número de relatos paralelos no para de crecer, con lo que quien lo desee puede tener No Muertos para un buen rato. Sin darnos apenas cuenta, hemos creado una pequeña comunidad muy activa, numerosa (con varios miles de "socios") y sobre todo, duradera. Encontrar algo en internet que lleve funcionando de forma continuada mas de dos años es muy dificil, y nosotros estamos a punto de conseguirlo. Mi deseo es que superemos con creces esa cifra.

AZ, como todo, acabará algún día, pero confío en que entonces otro relato ocupe su lugar y disfruteis de el tanto como con el primero. Mientras tanto, la historia continua......


Saludos

M.


PD: No puedo despedirme sin dejaros un par de enlaces. El primero es de una pagina web llamada "la hermanda de la cafeina" donde hacen un analisis de AZ que me ha dejado impresionado.

El segundo es de otra página llamada La carcel de papel, propiedad de un insigne lector de este relato,el señor Alvaro Pons, el cual se hace eco de la publicación del libro.No puedo dejar de recomendaros esta página, sobre todo si sois amantes del comic.

http://lahermandaddelacafeina.com/docs/libros/vk_apocalipsiszombie.php

http://www.lacarceldepapel.com/ Escribe tu comentario (0 Comentario[s])
 
 
mundocadaver
24 October 2007 @ 09:10 pm
Es una mañana desacostumbradamente fría, para la temperatura que normalmente hace en Canarias. Es temprano, muy temprano, y aún se puede ver a Venus titilando en el cielo mientras nuestro pequeño grupo se frota las manos y patea en el suelo de cemento del aeropuerto Reina Sofía tratando de combatir el intenso frío matutino.

Ha pasado una semana desde nuestra reunión con Luis Viena. Desde entonces tan solo hemos tenido la oportunidad de volver a nuestro domicilio en tres o cuatro ocasiones, casi siempre de noche y demasiado agotados como para poder hacer cualquier otra cosa que no sea caer desplomados en cama. Lo peor fue la primera noche, cuando le dije a Lucía que nos habían “alistado” en una unidad de apoyo. Desde el momento en que le confesé que Prit y yo tendríamos que volver a la Península, mi chica ha pasado por varias fases: cabreo, indignación, llanto, furia….. y finalmente parece haber aceptado la situación con resignación. Sin embargo, desde entonces la noto mas distante conmigo, mas fría. Y no la culpo.

No se puede decir que me responsabilice a mi de la situación, pero está claro que ahora hay una barrera entre nosotros que antes no existía. He de reconocer que no entendía nada, hasta que Prit me ha explicado lo que hasta el mas ciego podría ver. Lucía perdió a todos sus seres queridos no hace mucho tiempo, e indudablemente fue una experiencia traumática para ella. Todo lo que tiene ahora, sus seres queridos, somos Prit y yo, y resulta que nos vamos en una expedición de alto riesgo. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que teme tener que sufrir de nuevo la misma horrible experiencia de Vigo. Me rompe el corazón verla en este estado, pero no se que demonios puedo hacer al respecto.

La ultima semana no ha sido mucho mas facil para nosotros. Nos hemos pasado encerrados la mayor parte del tiempo en una zona militar acotada en Los Rodeos, el otro aeropuerto de la isla. Allí hemos tenido tiempo para conocer personalmente al resto del equipo, así como adiestrarnos en el uso del material que vamos a utilizar en esta misión.

“En esta misión”…… vaya expresión. Cualquiera que me oyese pensaría que está hablando con un veterano soldado. Jesus. Que ridículo e inútil me siento en medio de todo esto. Y sobre todo, que miedo tengo.

Nos vamos de vuelta a la Peninsula. A Madrid, concretamente. No es precisamente un rincón abandonado y tranquilo, un lugar donde sea difícil encontrarse con uno de esos seres. Antes del Apocalipsis vivían en la ciudad y en sus alrededores casi seis millones de habitantes. Según el censo de residentes actuales de las Canarias, no hay en las Islas mas de quince mil habitantes que sean refugiados de esa zona. Así que es fácil suponer que nos vamos a meter de cabeza en una zona donde hay varios millones de No Muertos esperando por nosotros. Resulta aterrador.

Nuestro objetivo son los restos del Punto Seguro Tres, de los cinco que se crearon en la ciudad. Dicho Punto resistió tan solo cuatro días los asaltos de los No Muertos y se cree que más de tres cuartos de millón de personas perdieron la vida en su interior. Pero no vamos allí para contemplar el paisaje de después de la batalla. Dentro de ese Punto estaba situado el Hospital de La Paz y justo a su lado se instaló el mayor almacén farmacéutico de toda la capital, con la misión de abastecer de medicamentos al resto de Puntos Seguros por vía aérea. Lamentablemente, la marea de No Muertos frustró desde el principio ese plan.

Si las cuentas no fallan, dentro de ese almacén tiene que haber toneladas de medicamentos, decomisados durante los últimos días caóticos de los almacenes que Bayer, Pfeizzer y el resto de las casas fabricantes tenían en los parques industriales cercanos. Esas toneladas de medicamentos son indispensables para nosotros, tanto o mas que el combustible, o las armas. Sin ellos, nuestra asistencia sanitaria, ya de si precaria por la falta de personal médico, retrocederá mas o menos hasta el siglo XVIII. Por lo que nos han contado, la situación empieza a ser angustiosa en los pocos hospitales abiertos en Tenerife. Hacen falta antibióticos, insulina, sueros, opiaceos, analgésicos, sedantes….. la lista es infinita. Las reservas están bajo mínimos, y la producción propia es aún demasiado pequeña. Y eso sin contar que hay determinados productos que es imposible fabricar en las actuales condiciones. Así que no queda otra opción que ir hasta allí.

Todos los hospitales de las islas ya han sido saqueados por equipos parecidos al nuestro, y por desgracia, las bajas propias en cada uno de estos viajes han sido muy altas. Así que ahora han decidido apostar por el premio gordo. Pero al menos no vamos a ciegas.

Hasta poco antes de que se desatase el caos, España y Francia compartían el uso de un satélite espía, el Helios II. Aunque su control central estaba en Francia, existía una subdivisión de control en algún lugar no revelado de la Península.

Tras varios intentos fallidos por parte de los escasísimos técnicos e informáticos supervivientes, finalmente se logró crear una réplica de su base de control aquí, en Tenerife .Ahora, el Helios II y sus cámaras son nuestros ojos sobre el sur de Europa. El hecho de que no hayan tenido ningún problema para tomar el control del satélite me lleva a pensar que en Francia, o no están interesados, o no queda nadie con capacidad para poder tomar decisiones de ese calibre. En fin, supongo que ahora eso no es nuestro problema. Que cada uno cuide su culo.

Las imágenes tomadas por el pájaro sobre Madrid no dejan lugar a dudas. La ciudad está prácticamente intacta, salvo algún barrio que parece haber ardido hasta los cimientos, y desde el aire el almacén parece estar intacto, al menos aparentemente. Lo que nos encontremos allí en persona ya es una incógnita.

Nos vamos en menos de tres horas, coincidiendo con la salida del sol. Volaremos directamente hasta la Península en un Airbus A-320, al que le han quitado prácticamente todos los asientos, menos los de primera clase, para transformarlo en un gigantesco carguero. Nuestro destino es el antiguo aeródromo militar de Cuatro Vientos, a ocho kilómetros de la capital. Alguien, hace algunos meses, se dio cuenta a través del satélite de que el perímetro del aeródromo, totalmente vallado, estaba intacto, y no se apreciaba ningún movimiento en las instalaciones. Tras varias semanas de observación, han llegado a la conclusión de que las instalaciones están desiertas y que “probablemente” son totalmente seguras (El "probablemente" es lo que mas me mosquea). El único acceso posible que puede estar abierto es el edificio principal, y los últimos informes fiables, obtenidos antes de que las comunicaciones cayesen junto con los Puntos Seguros, decían que el aeródromo había sido clausurado a cal y canto, así que si los cálculos no fallan, el aeródromo debería estar cerrado, seguro…… y vacío.

Por lo tanto, nuestro primer objetivo es asegurar el aeropuerto, y sellarlo a cal y canto. Para eso nos acompaña media compañía de legionarios, de los pocos que han sobrevivido al Apocalipsis, con uniforme completo de combate y armados hasta los dientes. Una vez hecho eso, ellos se quedarán allí, controlando el perímetro y será nuestro turno….. y entonces las cosas se pondrán muy movidas, sin duda.

El Airbus acaba de encender los motores y nos indican con gestos que debemos embarcar. Seguiré escribiendo en el avión.
 
 
mundocadaver
11 October 2007 @ 01:00 am
Otra vez al lío. No me lo puedo creer. Apenas hace unas semanas que hemos llegado a tierra y ya estamos de nuevo envueltos en un fregado. Es para echarse a llorar. Tengo tal cabreo que cuando hemos salido del despacho le he sacudido una patada a una papelera que ha caído rodando por las escaleras, montando un jaleo de mil demonios. Con eso solo he conseguido ganarme una mirada fulminante de una secretaria, y que ahora me duela un poco el pie, pero mi frustración era (y es) enorme. Pero una vez más, me estoy adelantando a los acontecimientos.

Tras unas felices semanas de relajación y asueto, que habíamos aprovechado básicamente para comer hasta hartarnos, descansar a pierna suelta y tostarnos en la playa, Prit y yo habíamos sido citados al mediodía de hoy en la antigua sede del MALCAM (Mando y Apoyo Logístico de las Canarias), en la plaza Weyler, muy cerca del centro de la ciudad. Un mensajero se presentó en nuestra residencia por la mañana con una citación urgente para ambos. Adormilado entre las sábanas al lado de Lucía pude oír a Prit en la habitación contigua, mientras discutía con el enlace y finalmente firmaba el comprobante. Me levanté con el pelo revuelto y legañas en los ojos, solo para encontrarme la expresión preocupada del ucraniano pintada en su rostro. Aquello no podía ser bueno.

Tras desayunar y asearnos, emprendimos el camino con una sensación de intranquilidad en el fondo del estómago. No teníamos muy claro que era lo que querían de nosotros, así que decir que ambos íbamos con la mosca detrás de la oreja es quedarse cortos. Y los hechos vinieron finalmente a darnos la razón.

Un maltratado URO nos esperaba en la puerta del antiguo hotel. Su conductor, un chico muy joven vestido de uniforme, no aparentaba tener mas de dieciocho años. Me jugaría un millón de euros a que ese muchacho llevaba poco tiempo alistado. Seguramente hace apenas unos meses era un refugiado mas entre la multitud. Eso me hizo reflexionar. Los militares se habían llevado la peor parte de todo el Apocalipsis, sobre todo durante las primeras semanas, mientras defendían los Puntos Seguros. Con toda seguridad sus bajas fueron espantosas y ahora estaban rellenando los huecos con lo único que había disponible.

Tan solo cinco minutos después de haber salido nos quedó meridianamente claro que aquel chaval que nos habían asignado como conductor no tenía mucha experiencia conduciendo un chisme del tamaño de un URO. Manejaba el pesado vehículo a tirones por las atestadas calles que conducían al centro, aporreando el claxon como un taxista de El Cairo en hora punta, y arrimándose despreocupadamente a carros de tiro, camiones, peatones e incluso montándose en ocasiones sobre las aceras. Cada vez que cambiaba de marcha parecía que deseaba hacer saltar en mil pedazos la transmisión del pesado vehículo militar. Sin embargo, de manera milagrosa, al cabo de cuarenta minutos de trayecto llegamos finalmente de una pieza a la plaza Weyler.

Al bajar del vehículo, Prit y yo echamos un vistazo a nuestro alrededor, sin ser capaces de creernos bien lo que estábamos viendo. Gran parte de los edificios que rodeaban la plaza presentaban claras huellas de haber ardido en mayor o menor grado. Muchas de las paredes estaban marcadas por restos de metralla y huellas de innumerables balazos atestiguaban que la zona había sido objeto de una cruenta batalla. Una profunda mancha negruzca tiznaba el suelo bajo nuestros pies, como una especie de alfombra siniestra. Intrigado, se la señalé silenciosamente al ucraniano. Prit se agachó y rascó parte de la superficie con sus uñas y la olisqueó brevemente con gesto de experto. Sacudiendo la cabeza, se levantó y murmuró “napalm” antes de entrar en el edificio.

El antiguo cuartel estaba atestado de oficinistas correteando apresuradamente de un lado para otro mientras cumplían dios sabe que funciones. Durante un rato nos mantuvieron esperando en una sala de espera, adornada con docenas de banderines de regimientos que después del Apocalipsis probablemente ya no existían mas que sobre el papel, o en el recuerdo. Cuando finalmente un ajetreado sargento nos hizo pasar a un despacho contiguo, el sol ya había avanzado bastante en el cielo.

Sentado en la mesa del escritorio de aquel despacho estaba un tipo pequeño, calvo y con un ligero problema de sobrepeso. Debía rozar la cincuentena, y lucía una arreglada perilla que destacaba como un cañonazo sobre su piel blanca. Aquel hombre vestía de civil, cosa sorprendente en aquel edificio, donde hasta aquel momento los únicos que habíamos visto vestidos de paisano éramos nosotros mismos. En aquel instante hablaba apresuradamente por dos teléfonos a la vez, mientras que sus manos volaban a toda velocidad por el teclado del ordenador que tenía delante de si. A su lado, un ujier sostenía un motón de carpetas, mientras otro ayudante revolvía como un poseso entre un montón de documentación apilada en una mesa auxiliar. El tráfago de gente entrando y saliendo de aquel despacho era incesante, pero con un sistema, como en un ordenado hormiguero.

Nada mas vernos, el tipo de la perilla nos hizo un gesto a Pritchenko y a mí para que nos sentásemos en unas sillas situadas enfrente de su escritorio, mientras no paraba de ladrar órdenes por teléfono.

Mientras esperábamos a que acabase sus varias conferencias simultáneas me dio tiempo a echarle un vistazo al marasmo que nos rodeaba. La mayoría de las carpetas llevaban un sello que las identificaba como pertenecientes al 2º Grupo Operacional de Intendencia. Por el contexto de las conversaciones intuí que aquella parte del edificio debía ser la sede administrativa de dicha unidad, de la que hasta entonces no habíamos tenido ninguna noticia. En aquel momento nuestro anfitrión, tras identificarse ante alguien como “Luís Viena, responsable de administración del 2º de Intendencia”, comenzó a discutir vivamente con la persona al otro lado del teléfono. Por lo visto había algún tipo de problema con la disponibilidad de unos cuantos cientos de litros de combustible de helicóptero, que él quería de manera inmediata y que del otro lado por lo visto se negaban a facilitarle. Finalmente pareció llegar a algún tipo de acuerdo, tras mencionar algo llamado “Prioridad Presidencial” y colgó el teléfono con aire satisfecho.

Por un instante quedó en silencio, sumido en sus pensamientos. Tras unos interminables segundos parpadeó, se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente, mientras se volvía hacia nosotros con una amplia sonrisa en la boca.

-Buenos días, buenos días- comenzó a hablar apresuradamente- Les ruego que me perdonen haberles hecho esperar tanto tiempo, pero es que organizar una operación de este calibre es difícil, muy difícil, si señor, sobre todo con tan pocos medios disponibles, y el personal, el personal…- lanzó un bufido despectivo, mientras hacía un gesto con la mano- La mayoría son buena gente, oh, si señor, hombres y mujeres trabajadores y entregados, desde luego muy entregados pero la formación y la experiencia, ¿saben? no se improvisa de la noche a la mañana, no señor- concluyó bajando la mano como si fuese una hacha imaginaria- Y así no hay manera –

Prit y yo nos mantuvimos en silencio, mientras aquel hiperactivo hombrecillo se levantaba y sin parar de despotricar revolvía en uno de los archivadores. Finalmente encontró un par de carpetas con nuestros nombres escritos en las portadas y se giró triunfalmente con ellas en la mano, mientras las agitaba en el aire como si fuesen unos abanicos.

-Organización- dijo ufano- Organización y sistema. Esas son las palabras clave, oh, si, oh, si señor- repitió mientras se sentaba de nuevo en su silla y apartaba distraído una montaña de informes para apoyar los documentos que tenía en sus manos.

Leyó nuestros nombres en voz alta y durante los siguientes diez minutos se sumergió en una lectura de los expedientes (de un grosor considerable) a una velocidad sorprendente. De vez en cuando soltaba un “uhum” o un “ajá” e incluso en un par de ocasiones emitió un perfectamente audible “oh” de sorpresa, mientras levantaba la cabeza para observar nuestros rostros. Finalmente, cuando considero que había leído lo suficiente, dejó las carpetas sobre la mesa. El hombre apoyó sus gafas y se frotó los ojos con un gesto de increíble cansancio y finalmente comenzó a hablar con nosotros.

Se llamaba Luis Viena y era el responsable de administración de aquel grupo operativo. No vestía uniforme porque, pese a estar prestando servicios dentro de una unidad del ejército, no era militar. Hasta antes del Apocalipsis, Luis había sido un ejecutivo de Inditex, con más de quince años de experiencia dirigiendo uno de los gigantescos centros logísticos de distribución de ropa que la compañía poseía en Zaragoza. Estaba disfrutando de unas tranquilas vacaciones en su casa de las islas, con su mujer y sus hijas, cuando el mundo empezó a irse al carajo. Desde allí asistió impotente al derrumbe del mundo y a la derrota de la humanidad a manos de los No Muertos, así como a la llegada de los restos destrozados de los grupos de supervivientes, primero como una tromba y después, y poco a poco, como un leve goteo, que había acabado, de momento, en nosotros. Una vez que las cosas comenzaron a calmarse en Canarias, el ejercito lo reclutó rápidamente para que se encargase de ordenar los trozos rotos en los que se había convertido su intendencia. Era la persona indicada, debido a su profesión, y la única que tenía alguna experiencia en organización de recursos considerables, y por lo visto, su trabajo había sido notable hasta el momento.

No pude evitar sentir una profunda envidia por aquel tipo parlanchín y nervioso que se sentaba frente a nosostros. No solo había sobrevivido al Apocalipsis tranquilamente sentado en las Canarias, en su propia casa y rodeado de su familia, si no que además su puesto estaba justo allí, confortablemente situado detrás de un escritorio, a cientos de kilómetros del no Muerto mas cercano. Comparado con nuestra experiencia, una bicoca.

Además, algo me decía que Prit y yo íbamos a tener que oler la mierda mucho mas de cerca que él. De hecho, y si mi instinto no me engañaba, en primera fila.

Evidentemente, el TSJ no había tenido la delicadeza de llevarse por delante tan solo a los inútiles o malhechores, sino que desgraciadamente gran parte de los caídos eran personas con conocimientos o habilidades imprescindibles para la supervivencia del resto de la sociedad. Ingenieros, arquitectos, Técnicos agrícolas, enfermeras, pilotos, médicos, soldados… de todo eso faltaba en grandes números, sobre todo de los últimos. El personal médico y los militares se habían llevado la peor parte en el reparto de muerte, al haber constituido la primera línea de defensa en la batalla perdida contra el TSJ. Ahora el gobierno estaba tratando de reconstruir las unidades militares y sanitarias a marchas forzadas, pero para eso hacía falta tiempo, sobre todo para el personal médico.

Y ahí era donde por lo visto entrábamos nosotros. Prit era uno de los pilotos de helicóptero con más horas de vuelo que habían sobrevivido al caos, lo que lo convertía automáticamente en un elemento de un valor incalculable. Por mi parte, y a los ojos burocráticos del sistema, el hecho de haber pasado mas de un año en “territorio comanche” (así llamaban en el argot militar a las zonas infestadas de No Muertos) me convertía en un veterano experimentado, capacitado no solo para sobrevivir en un entorno hostil, sino para cuidar de la gente menos experimentada de mi equipo.

Mientras Viena hablaba, notaba como la sangre se iba escapando paulatinamente de mi rostro. Aquel tipo no podía estar hablando en serio. ¿ Yo, un “veterano experimentado”?. ¿De que demonios estaba hablando? ¡Si me había pasado la mayor parte de aquel año corriendo como un conejo de un lugar a otro, o escondido bajo tierra en el sótano-bunker del Meixoeiro!. Desde luego, no era ningún Rambo, tal y como ellos parecían pensar. Educadamente le hice todas estas observaciones al señor Viena (y de paso le comenté que por si no se había dado cuenta, Víktor Pritchenko, aunque sin duda un excepcional piloto, había perdido media mano en una explosión). No éramos quienes ellos creían. Tan solo éramos dos supervivientes, agotados y exhaustos, que pretendían comenzar una nueva vida allí, nada más. Haríamos cualquier trabajo que se nos encomendase, pero no éramos soldados, y ni por todo el oro del mundo volveríamos al llamado Territorio Comanche. Dije todo esto en una larga parrafada y finalmente me arrellané en la silla, contemplando a mi interlocutor, muy satisfecho.

Viena se nos quedó mirando por unos instantes, totalmente inmóvil. A continuación carraspeó y se dirigió a ambos.

-Señores, creo que no lo han entendido bien. Lo que les estoy planteando no es una oferta, sino una orden, y no mía, sino de mucho más arriba. Si por alguna extraña casualidad pensasen que siguen instalados en su ordenada vida previa al Apocalipsis, es mejor que vayan abandonando esa idea cuanto antes. El mundo ha cambiado por completo, y ese cambio nos afecta a todos. A todos, señores. Y eso les incluye a ustedes- Se giró hacia Prit y continuó- El señor Pritchenko posiblemente no haya caído en que se encuentra en una situación muy delicada. Es cierto que, como dije antes, es posiblemente uno de los pilotos mas experimentados que actualmente hay en las islas, y solo dios sabe lo necesitados que estamos de buenos pilotos. Pero también está ese feo asunto de la monja….-

Agarré a Prit por el brazo, para evitar que saltase sobre la mesa, mientras el ucraniano barbotaba una ristra de palabrotas ininteligibles en ruso.

-Lo cual nos lleva a la siguiente situación- Viena cabeceó con aire pensativo, indiferente a la reacción del eslavo- Si el señor Pritchenko se alista voluntariamente en este cuerpo de intendencia, supongo que podríamos ¿Cómo decirlo? Buscar una solución amistosa y agradable para todas las partes en el incidente del Galicia, lo cual equivaldría sin duda a la retirada de cargos y a que no tuviese lugar un juicio. En cuanto a usted- esta vez se giró hacia mi- no hace falta que le diga lo necesaria que es una persona dotada de su experiencia enfrentándose a esas cosas. La mayoría de los miembros de nuestros grupos de incursión han estado como mucho tres o cuatro veces en Territorio Comanche desde que huyeron de sus puntos seguros. Usted, sin embargo- se interrumpió para ojear mi expediente- Ha sobrevivido junto con sus amigos durante mas de un año ahí fuera- sonrió- y eso es algo que no muchos pueden decir por aquí.

Me quedé en silencio, por unos segundos. En su boca todo aquello tenía sentido, por mas que supiese que no era del todo verdad. Y además sabía que Prit estaba cogido por los huevos y no tendría mas remedio que aceptar. La sola idea de dejar a mi único amigo en la estacada me revolvía el estómago. Además, y por otra parte, si no aceptaba aquel puesto no sabía de que demonios iba a vivir. No hacían falta muchos abogados en aquel momento, tal y como había tenido la oportunidad de comprobar. La decisión estaba clara.

Miré hacia Prit y tropecé con la mirada resignada del pequeño eslavo. Que le vamos a hacer, decían sus ojos.

-Por lo menos iremos juntos ¿verdad?- me preguntó resignado, mientras me apoyaba la mano en el hombro-

- Por supuesto- respondí, tratando de que no se notase mi angustia.- Iremos juntos, Prit, no lo dudes- Sin embargo, mi mente no paraba de pensar a toda velocidad. Otra vez al lío. Joder.


-¡Estupendo, señores!- palmoteó alegre Viena, mientras sellaba rápidamente unos impresos y nos los ponía delante para su firma- En cuanto salgan de aquí les llevarán al cuartel de su grupo. Si tienen algo que arreglar en casa, háganlo con urgencia- Nos miró con seriedad, sobre el cristal de sus gafas mientras cambiaba el tono de su voz - Salen mañana hacia la Península. Y no hace falta que les diga que es lo que se van a encontrar allí-.